La ausencia de poder suele ser un dolor de cabeza para los caudillos populistas. Esta semana, el expresidente Petro anunció la formación de un gabinete alternativo –bajo el nombre de un gabinete a la sombra, como ocurre con los dirigentes de países que logran escapar de una invasión y buscan ser liberados–. La gran pregunta es si este gabinete de papel que anuncia el señor Petro será tan inestable como el de su presidencia.
Porque el expresidente Petro lideró uno de los mandatos más caóticos y erráticos, y nadie que cuente con una elemental memoria política debería ahora creer en las lecciones de quien viene a dar cátedra de cómo gobernar después de tantos escándalos y errores. Colombia sobrevivió a cuatro años de un charlatán en el poder y hay una larga lista de momentos de la administración saliente que nadie extrañará durante este nuevo periodo que empieza.
Empiezo por la permanente batalla narrativa que dio el gobierno pasado y que de tantas formas buscó reescribir la historia del país. Lejos de cambiar el orden de la memoria y los hechos, lo que sí logró esto fue un enorme desgaste en el debate público, luego de cuatro años de agravios diarios contra el sector privado, las altas cortes, el Congreso y los medios de comunicación. En nada extrañarán los colombianos esta batalla narrativa del gobierno pasado, con su horrorosa exaltación de los símbolos de las guerrillas. La derrota del petrismo en estas elecciones mandó un mensaje de claro rechazo frente a su deseo de imponer como nuevos símbolos nacionales la bandera del M19, la sotana de Camilo Torres y el sombrero de Pizarro, o las elogiosas notas en la televisión pública sobre alias Tirofijo.
Y en la misma materia de la lucha por la narrativa, los colombianos no quieren ver que se repita que las lecturas extremistas y ridículas de las bodegas digitales, responsables de tanto matoneo y maltrato digital, sean convertidas en posiciones oficiales de estado. Es una gran noticia que las bodegas pagadas con los impuestos de la ciudadanía sean desmontadas del aparato estatal, especialmente después de la forma en que el sistema de medios públicos fue convertido en una caja de resonancia para esa antipática figura. Por eso, leer al expresidente Petro presentándose como una víctima de las bodegas digitales es de lo más absurdo que leeremos esta semana, pues fue él quien las empoderó, con toda su hostilidad y agresividad Y, para colmo, las contrató por prestación de servicios en decenas de entidades.
Tampoco extrañaremos los colombianos ese cuatrienio de llamados a desenvainar espadas de Bolívar y de amenazas permanentes con paros y bloqueos. Colombia es, en su inmensa mayoría, –y esto nunca lo logró entender el señor Petro– una nación de ciudadanos trabajadores y con deseos de progresar. Lejos de ser el caso de una ciudadanía que está a la espera de cualquier llamado de un caudillo para salir a las calles a protestar y bloquear el país, los colombianos saben del enorme costo de un paro nacional como el de 2021. Los paros y las protestas suelen ser un recurso final usado por la ciudadanía en situaciones extremas y no un comodín eternamente disponible para que los populistas amenacen cada vez que una decisión institucional no es de su gusto.
Pero tengo una mala noticia para quienes creen, como yo, que Petro y su discurso de constituyentes y guerras a muerte es la peor amenaza que enfrenta la institucionalidad de nuestro país, y que celebran que con el fin su gobierno el expresidente perdería relevancia: hasta ahora empieza un nuevo capítulo de su carrera política, desde la comodidad del despacho de un expresidente y con el regreso a su labor como opositor. Desde su tarea como líder de la oposición al presidente De la Espriella, Petro podrá llenar de discursos al país y ofrecer sus ya conocidas fórmulas mágicas, sin la necesidad de ejecutar ni administrar. Y será a partir de esa labor como opositor que Petro buscará reducir la gravedad de tantos escándalos durante su mandato, y que con la gracia del tiempo algunos ciudadanos olviden el tamaño de crisis que dejó con su salida.
Por eso, lejos de tener que ignorar al expresidente, quienes nos oponemos a su liderazgo anti institucional y a su visión divisiva tendremos la tarea permanente de recordarle a la nación lo desastroso que fue su mandato.
FERNANDO POSADA