Hay momentos en la historia de un país en los que la tragedia, de manera paradójica, abre una grieta por donde entra la luz. El terremoto que sacudió al suroccidente colombiano no puede reducirse a una cifra en la escala de Richter, a una lista de daños materiales ni a un balance frío de víctimas y damnificados. Un desastre natural destruye mucho más que edificios y carreteras: pone a prueba la capacidad institucional, la coordinación del Estado, la solidaridad ciudadana y, sobre todo, la disposición de un país para pedir ayuda y recibirla sin vergüenza ni cálculo.

Cali amaneció partida. No solo la tierra tembló: tembló también la certeza de que la vida cotidiana es un dato adquirido, no un derecho garantizado. Y en esa fractura, como ocurre siempre que lo humano se enfrenta a lo inconmensurable, apareció algo que no estaba en ningún libreto oficial.

Para el nuevo Gobierno, el sismo constituye su primer gran examen. No solo debe responder a la emergencia inmediata con eficacia, transparencia y sensibilidad, sino hacerlo sin permitir que la burocracia, la improvisación o la mezquindad política retrasen el auxilio. En una catástrofe de estas dimensiones, cada hora cuenta y cada decisión puede significar la diferencia entre la esperanza y la pérdida. No hay margen para la solemnidad vacía ni para el comunicado que llega después de que la urgencia ya pasó.

Sin embargo, en medio del dolor surgió un fenómeno poco habitual: una suerte de serendipia diplomática. Colombia, de pronto, volvió a estar en el centro de la atención internacional y reabrió canales con países cuya relación había sido limitada, distante o —en algunos casos— deliberadamente clausurada por gobiernos anteriores. La tragedia, sin proponérselo, recordó que incluso en los momentos más oscuros pueden encenderse puentes que la política ordinaria se empeñó en apagar.

Cuando ocurre una catástrofe, las fronteras pierden peso y la geopolítica cede ante la humanidad más elemental. Equipos especializados, rescatistas, médicos e ingenieros recorren miles de kilómetros para buscar una vida entre los escombros. En esos instantes, la diplomacia deja de ser retórica y se convierte en logística: coordinar vuelos, facilitar permisos, compartir información, integrar equipos y poner todos los recursos disponibles al servicio de una misma causa. Como escribió Gramsci desde otro contexto, el pesimismo de la razón no impide el optimismo de la voluntad; y en Cali, esa voluntad tuvo nombre propio, uniforme y horario de trabajo ininterrumpido.

Esa ha sido la tarea de la Cancillería, bajo la conducción del canciller Ómar Bula: convertir la política exterior en un instrumento concreto de la emergencia nacional. La ayuda internacional no debe entenderse como un gesto de condescendencia, sino como una expresión de cooperación entre naciones que reconocen que ningún Estado está completamente preparado para enfrentar solo una tragedia de semejante magnitud. Colombia también puede integrarse, con naturalidad y sin complejos, a esa red humanitaria global de la que durante años se automarginó por prejuicio ideológico.

Entre las imágenes más conmovedoras de esta crisis están las de los equipos internacionales trabajando en silencio, casi en penumbra, ajenos al ruido de la política. Israel, con décadas de experiencia acumulada en la atención de catástrofes complejas —de Haití a Turquía, de Nepal a México—, desplegó en Cali una brigada de 82 personas bajo la misión humanitaria Brit Re’im. No llegaron para posar ante las cámaras ni para convertir el dolor ajeno en propaganda. Llegaron para ingresar en estructuras colapsadas, evaluar riesgos estructurales y buscar sobrevivientes con la misma disciplina técnica con la que Israel ha enfrentado, durante décadas, su propia y constante emergencia existencial.

A esa labor se sumaron figuras como Roni Kaplan y Yossi Pinto, quienes recordaron que la solidaridad también tiene un rostro humano y una dimensión espiritual que ningún protocolo logístico alcanza a capturar del todo. En medio de la devastación, sostener la esperanza es ya una forma de servicio. La ayuda genuina no pregunta primero por ideologías, credos o afinidades políticas. Pregunta dónde hace falta una mano, un médico, una herramienta o una palabra de aliento pronunciada en un idioma que la víctima quizás ni siquiera reconoce, pero cuyo tono entiende de inmediato.

Las relaciones internacionales también se construyen así: salvando vidas, no firmando comunicados.

México hizo lo propio al enviar a los emblemáticos Topos Azteca. Quienes alguna vez necesitaron que el mundo acudiera a su territorio tras el terremoto de 1985 cruzaron ahora las fronteras para devolver aquel gesto con los mismos escombros distintos, la misma urgencia intacta. En esa decisión hay una lección que trasciende la emergencia: los pueblos recuerdan la solidaridad recibida, pero también tienen la capacidad —no siempre ejercida— de transformarla en solidaridad ofrecida.

Frente a la tragedia, la voluntad de rescatar a un ser humano demostró ser más fuerte que cualquier división política. Ojalá esa lección resultara igual de evidente cuando la tierra deja de temblar.

Para el Gobierno, el rescate es apenas el comienzo. Después vendrá la reconstrucción de viviendas, hospitales, escuelas y carreteras en el Valle del Cauca. Vendrá también la pregunta inevitable, la que ninguna rueda de prensa logrará esquivar del todo: ¿estaba Colombia preparada?

Los terremotos no pueden evitarse, pero sus consecuencias sí pueden mitigarse. Esta emergencia debe servir para revisar y actualizar los códigos de construcción, fortalecer los sistemas de alerta, profesionalizar los organismos de socorro y consolidar una red permanente de cooperación internacional. No podemos esperar al próximo temblor para descubrir quién está dispuesto a ayudar ni para preguntarnos, con la conciencia tardía de siempre, qué debimos haber hecho antes.

La solidaridad no puede ser únicamente reactiva. Debe convertirse en política de Estado, no en reflejo de emergencia.

Algún día los equipos extranjeros regresarán a sus hogares y las cámaras internacionales se apagarán. Los titulares cambiarán y la atención del mundo se dirigirá hacia otra crisis, como ocurre siempre. Pero Cali —y Colombia entera— debería recordar quién estuvo presente cuando la tierra tembló, y quién, en cambio, se limitó a observar desde la distancia cómoda de la indiferencia.

La diplomacia inteligente no consiste en tener amigos únicamente cuando todo marcha bien. Consiste en reconocer a quienes acompañan en la adversidad y transformar esa cercanía circunstancial en relaciones duraderas: cooperación técnica, intercambio de conocimientos, confianza mutua construida escombro a escombro.

El terremoto ha sido una herida nacional, pero también la prueba de que Colombia no está sola cuando decide no estarlo. Ahora corresponde al Estado convertir la solidaridad de estos días en cooperación permanente, y demostrar que la política exterior sirve para algo mucho más importante que emitir comunicados: sirve para construir confianza, acercar a los pueblos y proteger la vida cuando más se necesita.

@rosenthaaldavid