La adicción al juego o ludopatía es una “adicción sin sustancia” caracterizada por la incapacidad irracional de controlar el impulso de apostar que puede llevar a graves problemas emocionales, económicos, personales y laborales.
Hace un año en este mismo espacio, publiqué una columna titulada ‘Nuevas adicciones en el Siglo XXI’ para referirme a las apuestas en línea convertidas en una fuente de adicciones en el mundo entero y en especial en Colombia. Las apuestas en línea se hacen con muchísima facilidad porque la persona lleva el casino en su bolsillo: el teléfono celular. Y la inmensa mayoría de las propagandas de televisión, invitan a jugar en línea.
En Colombia, debido a la regulación de Coljuegos en el 2018, el crecimiento de las casas de apuesta fue enorme. Esta reglamentación legalizó las apuestas y dejó para el mundial de Rusia millones de apuestas que representaron réditos económicos muy grandes y unos generosos impuestos para el sector salud. Es de imaginar que para el mundial 2026 las apuestas aumenten por la participación de la selección de nuestro país.
La reglamentación mencionada incluye el control sobre las poblaciones de niños y adolescentes, cosa que en la práctica no se ha podido cumplir porque los jóvenes se las arreglan para entrar a los portales de apuestas de muchas maneras, como por ejemplo usando los documentos de identidad de un adulto.
Se estima que el 1,2 % de la población mundial y el 2,7 % de los colombianos sufre de ludopatía. Las estadísticas con relación a las apuestas en línea de los jóvenes, son más preocupantes. A nivel global un meta análisis del 2024 encontró que el 18 % de los adolescentes entre los 13 y los 18 años había apostado en línea en los últimos 12 meses.
Sabemos que el fútbol engancha más que el casino porque todos saben de fútbol. Todo el mundo conoce a Luis Díaz y le da la sensación a la persona de ser experta en la materia. Eso estimula la dopamina a nivel cerebral y refuerza la necesidad de apostar. Adicionalmente, cómo se puede apostar no solamente por el resultado final, sino por las diferentes circunstancias que ocurren durante un partido, el estado de excitación del adicto aumenta en la medida en que se frustra o estimula con los resultados, y se constituye en un refuerzo permanente para seguir apostando: “Si sigo intentando, puedo ganar”.
El estrés que se genera en el apostador es enorme. Los jóvenes con su corteza frontal en desarrollo no tienen la capacidad del adulto para frenar sus impulsos y su sistema límbico toma el control y quedan atrapados en la invitación a seguir apostando. El estrés se asocia a angustia, desconcierto, confusión, actos irresponsables, mentiras para conseguir más dinero, sufrimiento y eventualmente depresión con sus graves consecuencias.
Es necesario, por lo tanto, que el Estado atienda este riesgo y no se quede de brazos cruzados mientras miles de ciudadanos caen en las garras de una temible adicción. Los padres deben estar atentos a posibles conductas adictivas en los jóvenes para intervenirlas antes de que sea demasiado tarde. Y en cuanto a los adultos, que se revisen para determinar si las apuestas en línea se les están saliendo de control.