Podcast literario Que Vivan Los Libros

Rey Guerrero no tiene editorial. De hecho, acudió a varias. Le dijeron que quizá no sería comercial un libro que combinara recetas e historia de vida, o que tendría que pagar más de 90 millones de pesos para que lo editaran y publicaran.

Sin perder la fe en su proyecto, autopublicó y ganó el prestigioso Premio Gourmand, que se entrega a los mejores libros de cocina del mundo. Los jueces destacaron su apasionante historia de vida, desde su lucha de niño por sobrevivir en las calles hasta la llegada a los grandes manteles del mundo, de la mano de la Cancillería colombiana, como embajador de la exquisita cocina del Pacífico. Esta es la historia detrás de su libro.

‘Sabores de Resistencia’ no es solo un libro de recetas. Intercala tu historia de vida, tus luchas de adolescencia, hasta el hoy. ¿Por qué elegiste esa “receta” literaria mixta?

Yo he sido muy creativo, escribo, leo. Pensé hacer algo diferente y comencé a escribir mi historia, pero después agregué recetas porque mi vida está ligada a la cocina. Cuando lo leyeron en Europa les gustó.

“Más que un recetario, este libro es un testimonio íntimo y colectivo”, dice Rey Guerrero sobre Sabores de Resistencia. | Foto: El País

El libro ganó un premio importantísimo. El Gourmand World Cookbook Award es como el “Óscar” de la literatura gastronómica. Ya se lo había ganado el creador del Petronio Álvarez, Germán Patiño, nada más y nada menos…

Este libro ganó como mejor libro de Cultura Gastronómica Afroamericana en los Gourmand. La premiación fue el 29 de noviembre de 2025 en Arabia Saudita, hay videos de mí llorando al ganar el premio, fotos, mucho registro. Germán Patiño ha sido inspiración para muchos cocineros en el Valle del Cauca, yo tengo como tres ejemplares de ese ensayo suyo, porque él ha sido clave.

¿Cuántos contendores tuviste?

Se escogió la obra ganadora entre 15.000 libros, de 205 países.

Escribir un libro es difícil, requiere no solo habilidad sino mucha paciencia, disciplina, perseverancia y tiempo. ¿Cómo administraste todos estos factores para escribir tu obra?

Para mí, escribir es como cocinar. Los escritores me dicen que escribir es muy difícil, pero yo solo me senté y comencé a relatar la vida como la he vivido desde mi infancia y se me hizo fácil. Yo he leído mucho desde muchacho, he sido muy buen lector. Cuando prestaba el servicio militar, yo escribía las cartas de los soldados para las novias y las mamás, se las redactaba muy bien. Por eso digo que escribir es como cocinar, porque cuando lo haces con amor, con sentimiento y desde el corazón, es muy fácil. Yo no sé cómo inventarme una ficción o escribir la vida de otra persona, tardé ocho años en escribir este libro que, simplemente, es mi vida.

Vienes de la oralidad del Pacífico, que hace narradores puros…

Sí esa es una de las tantas cualidades del Pacífico. La narrativa nos viene de la oralidad, legada generacionalmente y desde la memoria. Cuando uno va al Pacífico y las mujeres narran esas historias asombrosas, es como si estuvieran contando un cuento, y suena igual que leer un libro.

A los 14 años dijiste: “Mamá, quiero proveer para la casa”, y te fuiste solo a Cartagena. ¿Cómo te marcó esa experiencia tan temprana?

Mi mamá, en ese esfuerzo de llevar la comida a la mesa, la pasaba difícil. Yo estudiaba en la noche porque quería terminar el bachillerato pronto, quería ser ese hombre que ayuda a proveer en la casa. Decidí irme a Cartagena y me encontré con una realidad muy fuerte, a mis 14 años la ciudad me castigaba con látigos de indiferencia y me decía “la vida no te regala nada, uno tiene que trabajar por lo que quiere”. Con mi mente infantil pensé que iba a ser fácil, pero Cartagena me aterrizó, me hizo entender que tenía que prepararme para aspirar a tener algo propio.

Viviste en la calle, dormiste en aceras, pasaste situaciones de peligro, pero también te dio la mano mucha gente…

Cuando buscaba algún ingreso, le pedí a unos lancheros que me dejaran pescar con ellos, con la esperanza de que al final del día me dieran algo. Yo pensaba que podía trabajar como un hombre fuerte cuando era un niño escuálido, que no sabía nada de la vida, entonces las personas me ayudaban pero era para darme una lección. Me llevaron a trabajar mar adentro, donde el sol te azota y te golpea la piel, y es muy duro... En mi casa tenía todo humildemente, pero en Cartagena aguanté hambre, dormí en la calle, me cobijaban solo las estrellas. Cuando el estómago se endurece y las tripas se retuercen, uno dice: “En mi casa tengo desayuno”, tengo calor de hogar. Cuando veo eso y lo siento, regreso a Cali.

En el libro cuentas el otro polo y es que, tras una carrera ascendente como chef, te reclutó Colombia para llevar los sabores del Pacífico por Asia y Europa. Háblanos de esa travesía...

Después de comenzar a tener reconocimiento como chef, empecé a representar a Colombia en un programa que tenía la Cancillería, de promoción cultural en el exterior. Consiste en que un grupo de cocineros viajamos mostrando la cocina de las regiones de Colombia. A mí me correspondía la del Pacífico. Íbamos a los países a cocinar para el cuerpo diplomático y los invitados del embajador, empresarios, entre otros. Conocí Vietnam, China, Filipinas, Alemania, Bélgica, Venezuela, Estados Unidos, Paraguay, Uruguay, Bolivia, Ecuador. En total visité 25 países.

¿Qué país te causó mayor impacto?

China, es uno de los países de cultura milenaria más contundentes, el país con más historia. La forma en que ellos tratan sus productos lo hace el mejor país del mundo, el más desarrollado y el que le va a dar en la cabeza a todo el mundo. Los chinos, y los asiáticos en general, son muy locales, les gusta mucho lo de ellos. Yo fui con mi esposa a maridar los vinos (de un viñedo chino) con nuestros platos. Ellos no eran tan receptivos inicialmente pero poco a poco nuestros sabores los fueron enamorando. Nuestros sabores se asemejan a los de ellos en que son fuertes y generan recordación.

Tu libro hace denuncias. No solo es sobre los sabores más exquisitos y las historias más épicas, sino que muestras cómo en tu carrera has enfrentado la duda, el escepticismo y el racismo.

Para nadie es un secreto que Colombia es uno de los países más racistas de América latina. Y sus ciudades, igual de racistas. Cali, a pesar de ser mi ciudad, es una de las más racistas, y eso que tiene una de las poblaciones afro más importantes del continente. Bogotá también es muy racista y clasista, pero comienzo con esas frases fuertes para luego decir que Bogotá le abre las puertas a todo el mundo, me las abrió a mí y amo Bogotá, pero el hecho de amarla no quiere decir que no reconozca las dificultades que hay en la sociedad. En esta ciudad conocí a una mujer maravillosa que hoy es mi esposa, mi socia, mi amante, eso me lo dio Bogotá, y me dio la oportunidad de desarrollarme como persona y profesional. Pero no solo Bogotá y Cali tienen un racismo estructural, también Medellín, Bucaramanga, no solo racismo hacia las personas de tez oscura sino hacia los indígenas, las minorías, hay exclusión y eso yo lo he vivido.

La ceremonia de entrega de premios Gourmand donde el chef caleño Rey Guerrero ganó, tuvo lugar en la ciudad de Riad, Arabia Saudita. | Foto: El País

Dices en tu libro que los eventos gastronómicos estaban dominados por chefs que veían la cocina del Pacífico “como inferior o más casera” o que la relegaban a “expresiones coloquiales y étnicas”.

Así es. Nosotros, los afro, sentimos ese rechazo, nos hacen creer que pertenecemos pero como por cumplir un requisito, eso se llama tokenización. Esa parte del libro narra eso, cómo una gastronomía como la nuestra, que es la que le da identidad a la cocina colombiana, ha sido mirada de soslayo y de relleno. Te dicen “ven, pero no tanto”. También hay extractivismo, cuando van a las comunidades y sacan el conocimiento pero no dejan nada, eso pasa en nuestra cultura, la apropiación cultural.

Tu libro habla de historia negra, de racismo y de literatura. Pero también de grandes recetas. ¿Cómo fue la selección?

A medida que contaba mi historia desde la infancia, comencé a narrar las recetas que vi, las papas rellenas, los cangrejos del patio trasero de la casa de mi abuela, el arroz con longaniza y lentejas, el tamal de piangua que me preparaba mi mamá…

¿Entonces esto no es una selección de recetas, sino la vida siendo marcada por unos sabores?

Exactamente, cuento mi vida y la receta que preparé en ese momento de mi vida. No fui al Pacífico a seleccionar, nunca me puse a buscar libros y a decir esta receta va, esta otra también, sino que las recetas iban ocurriendo. En el restaurante hicimos la curaduría de los platos, yo hice las recetas y para las fotografías contratamos a un muchacho de promoción cultural. Yo mismo emplaté, él puso luz y tomó las fotos, sin maquillaje, ni retoques.

Mejor dicho, aquí no hay photoshop ni Inteligencia Artificial

Nada, son fotos reales. Por ejemplo la foto de los cangrejos, en la olla hirviendo, es real. Yo quería que fuera un plano cercano, que se viera el detalle real de la foto.

¿En Colombia hemos hablado mucho de la cocina andina y muy poco de la negra?

Nuestras madres y matronas esclavizadas eran las que cocinaban en las casas de los amos y llevaban la comida a la mesa en las haciendas. En la cocina colombiana hubo una negra esclavizada. Esa mano moldeó el sabor de la cocina que llamamos colombiana, puso el sello, moldeó el gusto. La impronta de la cocina colombiana es la mano negra, la mano indígena, y los sabores que trajeron los europeos hicieron un mestizaje.

A Germán Patiño Ossa, que en paz descanse, le pregunté cuál era el plato que mejor sintetiza a Colombia y dijo que el aborrajado porque está el plátano del indígena, la harina y el queso del español, y la fritura africana de lo dulce y lo salado. Para ti, ¿cuál es el plato más colombiano?

Una pregunta bastante difícil… Yo creo que los sancochos. Hace miles de años, en África se cocinaban caldos de carnes, pescados y mariscos. En la Colonia esos caldos se llamaban “olla podrida” u “olla de poder”. Podrida porque un ingrediente se deshacía y pensaban que estaba podrido, o la olla de poderío porque solo se podía comprar si tenías poder adquisitivo. A América se trae ese conocimiento y se mezcla con todo lo andino e indígena y nace una variedad inmensa de sancochos, y toda clase de caldos. El sancocho es ese plato que nos representa a todos como regiones y como nación. Hay más de 200 variedades de sancochos en el país.

¿Cómo sería la Última Cena de Rey Guerrero?

Tendría un entrada de biche curado para abrir el apetito y que me recuerde esos sabores que ya no voy a tener. Luego me iría con un aborrajado a la manera de Rey Guerrero, lleno de pescado ahumado con queso, hierbas de azotea, orégano, albaca, cimarrón, y apanado en coco.

Literalmente, de muerte lenta para la Última Cena…

(Risas) Exacto, luego seguiría con una cazuela, con hierbas de azotea, achiote, leche de coco. Quizás un arroz, porque soy muy arrocero, uno con longaniza chocoana y queso, y remato con una cocada artesanal melcochuda y un helado de chontaduro.

Por favor nos invitas a tu Última Cena dentro de 80 años. No te vayas nunca y gracias por esta charla que nos invita a aprender más de gastronomía colombiana.

Gracias por la invitación y que a las personas este libro les sirva como camino para entender nuestra gastronomía y una cultura que resiste, una cultura fuerte que, pese a todo, no se deja avasallar. Somos resiliencia y este libro es un espacio de conquista, pues nosotros, como afrocolombianos, hemos empezado a narrar nuestra historia, que antes era contada por otros.

“Muchas de las preparaciones que hoy la gente cree que vienen de España o que son de Europa, en realidad tuvieron origen en las manos de los cocineros negros”.