El genio llegó a las 3:20 de la tarde del viernes 9 de julio de 1965. Ciego y canoso, con sus enormes ojos fijos en “la vana superficie de las cosas”, Jorge Luis Borges ya no era solo un excéntrico escritor argentino, la crítica mundial lo acababa de consagrar como el creador literario en lengua española más importante del Siglo XX.
Ya había visitado Colombia en una ocasión anterior, entre el 11 y 17 de diciembre de 1963, cuando recibió un título Honoris Causa de parte de la Universidad de los Andes. Durante esos días estuvo en Bogotá y, al parecer, en otras ciudades, pero no hay registro de que haya salido de la región andina central del país.
Dos años después regresó, esta vez como invitado de honor para participar como conferencista en las celebraciones culturales del mes colomboargentino, organizadas por la diplomacia de ambos países, gobernados para la época por el conservador colombiano Guillermo León Valencia y Arturo Umberto Illia, un radical elegido durante la dictadura militar gaucha.
En su libro Ser colombiano es un acto de fe, el investigador y periodista bogotano Juan Camilo Rincón Bermúdez detalla las múltiples relaciones de Borges y Colombia, analizando cómo aparecen reflejadas en su obra y, además, describiendo los pormenores de sus tres visitas a nuestro país.
“Borges regresó el 7 de julio de 1965 (...) Se alojó en el Hotel Continental (de Bogotá) para luego trasladarse a Cartagena, Barranquilla, Medellín y Cali, donde se encontró con intelectuales de diferentes regiones para hablar de la vida cultural argentina”, apunta Rincón en su libro.
La segunda ciudad programada en su gira de conferencias, teniendo en cuenta el registro de la prensa nacional, fue Cali, adonde el escritor porteño arribó por primera vez aquella tarde, acompañado de Esther Zemborain de Torres Duggan. Llegaron en un vuelo comercial procedente de Bogotá y aterrizaron en el antiguo Calipuerto, que estaba ubicado en la salida de la ciudad hacia Candelaria, donde hoy funciona la central de abastos Cavasa.
Allí fueron recibidos por los que serían sus anfitriones en la ciudad: el periodista Alfonso Bonilla Aragón (Bonar) y el arquitecto Manolo Lago.
Al respecto, el escritor bonaverense Medardo Arias cuenta, en un artículo del 2011 publicado en la revista Gaceta, de El País, que la gestión para traer al autor de Fervor de Buenos Aires y El Aleph a la capital vallecaucana estuvo encabezada por el mismo Bonar y Manuel Carvajal, entonces rector de la Universidad del Valle.
Mientras, para Fernando Cruz Kronfly, quien era docente de la Universidad Santiago de Cali y asistió a la conferencia que ese día —al anochecer— dio Borges en el Teatro Municipal, fue muy importante la mediación de Amparo Sinisterra de Carvajal para lograr este acontecimiento cultural en Cali.
Borges y Esther Zemborain, quien —no hay que olvidar— fue una reconocida intelectual argentina cuyo nombre quedó inmortalizado en la dedicatoria de Ficciones, se hospedaron en el emblemático y hoy desaparecido Hotel Alférez Real, que estaba ubicado justo enfrente de la iglesia La Ermita.
Debido a esto, Borges, que por su visión limitada no podía admirar el paisaje local, “alabó el rumor del río Cali como un arrullo en las noches”, asegura Arias en su artículo, partiendo del relato de Manolo Lago.
El itinerario de Borges en la ciudad quedó descrito en el periódico El País que circuló el día de su llegada, allí aclaraban que se trataba de una visita oficial, organizada por las embajadas, en coordinación con miembros del Centro Colombo-Argentino, “que preside el médico Rubén Grinberg”.
El escritor tenía el compromiso de “intervenir en los actos culturales programados en esta ciudad para conmemorar el 149 aniversario de la libertad de Argentina”, agregaban.
A continuación precisaron que “el maestro Borges dictará hoy a las seis de la tarde en el Teatro Municipal su primera conferencia sobre el tema: Filosofía del Arrabal. Previamente y en el proscenio de este Teatro se cumplirá un acto académico conmemorativo del día clásico de Argentina, en desarrollo del cual llevarán la palabra Rubén Grinberg, Luis Enrique Borrero, secretario de educación, y Libardo Lozano Guerrero, rector de la Universidad Santiago de Cali”.
Al día siguiente, el sábado 10 de julio, “la ensayista Esther Zamborain de Torres Duggan pronunciará, a las diez y media a. m. en la bilioteca del Colegio Santa Librada, una conferencia que versará sobre La Importancia de la Mujer en la Vida Pública Argentina. Posteriormente Borges, a partir de las siete de la noche, dictará una segunda conferencia en La Tertulia, con el título Poesía Argentina y Gauchesca. Al finalizar esta disertación será objeto de un agasajo ofrecido por varios intelectuales caleños. Al día siguiente el maestro y Esther Zemborain emprenderán el viaje a Medellín, prosiguiendo su correría por este país”, concluye la noticia.
Durante los dos días que estuvo Borges en Cali, y la semana que pasó en Colombia, los medios lo trataron como a una estrella pop, a pesar de que, en medio de la gira nacional, murió el dirigente derechista y expresidente Laureano Gómez, causando un decreto de luto oficial en el país.
Una de las anécdotas más recordadas de Borges en Cali fue propiciada por José Pardo Llada, quien, según su propia versión, lo convenció de dar un borondo por la ciudad, pese a que el escritor estaba ciego.
Contaba el periodista cubano exiliado en Cali que en el recorrido los acompañó el doctor Grinberg, compatriota de Borges, que para la especial ocasión dispuso de la camioneta en la que transportaban a los pacientes del Hospital Psiquiátrico San Isidro.
Según el recuento de Medardo Arias, Borges estaba fascinado por este detalle: “Cuando diga en Buenos Aires que fui transportado en un carro de locos en Colombia, no me lo van a creer”.
Un mes después, el 9 de agosto, como confirmó Juan Camilo Rincón en su investigación hemerográfica, la revista Cromos publicó la entrevista que Pardo Llada realizó a Borges en el recorrido. Allí, entre diversos comentarios literarios, cuenta que el escritor comió dulce de papaya y estaba intrigado por esa palabra tan tropical: “¿No será de origen indio?”, y que consideró “bello que digan en Colombia oriente y occidente, y no este y oeste, como en la Argentina”.
El título de la entrevista apuntaba a una polémica declaración que el invitado de honor había dejado: ‘Preguntó Jorge Luis Borges en Cali: ¿Todavía hay alguien que lea La María?’.
Para comprender este escándalo menor, que en su momento comprometió el orgullo literario local, pero que hoy resulta caricaturesco —y hasta divertido—, hay que devolverse al lunes 12 de julio, un día después de que Borges abandonara Cali, cuando El País abrió el debate, acusándolo de que durante una conversación informal había lanzado “un juicio apenas peyorativo, que no analítico”, sobre María, la obra fundacional de Jorge Isaacs y “auténtica gloria de esta comarca” vallecaucana.
Con su afilada ironía y, en un acto de provocación muy punk, el argentino se había atrevido a preguntar si en la actualidad —aplica para aquel momento y ahora— alguien aún leía “La María”. Al parecer, esto se había filtrado de una conversación de Borges con jóvenes universitarios caleños que, apartándolo por un momento de los círculos oficiales, lo incitaron a bromear.
De inmediato reaccionaron los defensores del canon valluno con argumentos muy sólidos -hay que reconocerlo- de la importancia de nuestra magna obra, aunque delatando algo de complejo de inferioridad con la insistencia en las numerosas ediciones y traducciones que tenía María para la época, estando a dos años de cumplirse su centenario de publicación.
A pesar de que el domingo Borges había aparecido con foto en la primera página del periódico, donde celebraban su nombramiento como ateneísta de Santiago de Cali y en el suplemento cultural habían publicado una larga entrevista con él, realizada por el periodista francés Gilles Lapuoge, traducida por Armando Romero Lozano, ya para el lunes había cambiado la imagen que tenían del escritor: ahora lo rechazaban.
El reconocido cronista José Gerardo Ramírez Serna, colaborador de este periódico y quien firmaba como José Gers, dedicó toda la semana a consultar académicos y literatos locales sobre la opinión sacrílega de Borges.
El primero en responder fue Mario Carvajal: “Déjeme agregar una observación en torno a la opinión del señor Borges: la de que no es posible exigir a él, por desconocimiento de nuestro medio natural, en cuya interpretación palpita -aunque no falten, por lo visto, en el mundo contradictorio de la literatura, voces adversas- lo genial de María, la apreciación exacta de ese libro que sigue dando motivo no solo para que se le exalte sino también para que se le desconozca. Prueba radical, por cierto, de su indeclinable vitalidad. El señor Borges, al juzgarlo, se queda en la fábula de la novela, en la anécdota romántica”.
El martes 13 de julio quien se pronunció fue el académico Luis Carlos Velasco Madriñán, en un artículo donde faltó poco para calificarlo de enemigo público número uno de Cali.
“Los círculos literarios del Valle del Cauca rechazan las afirmaciones del escritor argentino contra la inmortal e histórica obra de Jorge Isaacs”, dice la introducción a la entrevista.
“Ya lo dije, que era un acto de mala educación. Quizás, para disculpar un poco los malos modales, diría que de mala educación intelectual. Es, por demás, una actitud desairada. No se puede hablar mal de los dueños de casa, cuando se es invitado de honor. Y esto ha hecho el Sr. Borges cuando ha pretendido restarle méritos y hasta insinuar el ridículo de la novela María”, se despachó Velasco.
A pesar de su celo parroquial, el entrevistado lanzó un dardo de maledicencia contra el argentino, que en vez de ofenderlo habría provocado una sonora carcajada: “No podría decirse que Borges adolece de miopía literaria, puesto que es uno de los grandes escritores de habla castellana. Pero respecto a su concepto sobre María, le diré que ha resultado ciego por dentro y por fuera”, touché.
El miércoles 14 de julio, día en que murió Laureano Gómez, entre todo el despliegue mediático hubo espacio para que Luisé incluyera una caricatura titulada Regaño, donde Jorge Isaacs mira severamente a Borges y le dice: “Has cometido un desaire con María”.
Bienaventurados los que vivieron en tiempos cuando un rifirrafe local tenía semejante altura intelectual y artística, bien le dijo Manolo Lago a Medardo Arias, “Cali era una ciudad más pequeña, pero más culta”.
Para el viernes, 16 de julio, la polémica no se agotaba. Incluso un erudito como Armando Romero Lozano no pudo evitar reprobar las opiniones de Borges.
“Valiéndome del mismo sistema que usa este renombradísimo escritor de la pampa, que es el de hacer malabarismos, muy inteligentes por cierto con los vocablos, me atrevo a calificarlo no como crítico, sino como BLIOMÁNTICO Y ANACRONISTA, es decir que no es bibliófilo ni bibliómano, sino una especie de encantador de libros y un anacronista, es decir, que juega con los espejos y espejismos del tiempo. En todo caso ese ‘Otro Borges’ que quedó cautivo en las páginas de sus libros nos gusta más que el que repitió, palabra por palabra, el reportaje de L’Figaro en el Teatro Municipal”, sentenció Romero.
Lo más curioso de todo es que el mismo Borges ya había defendido mejor que nadie la novela vallecaucana en su ensayo ‘Vindicación de La María de Jorge Isaacs’, publicado originalmente en 1937, en la revista para señoras El Hogar, pero que quizá aún no se conocía entre los letrados caleños. Solo hasta 1986, cuando se publicó en el libro Textos Cautivos, antología de El Hogar, esta pieza maestra de la crítica borgesiana comenzó a circular por Latinoamérica.
Sin duda, la visita del escritor argentino sacudió la cultura local. Tal vez nos faltó sentido del humor, aunque lo cierto es que Borges no volvió a Cali.
Antes de irse al Calipuerto, el escritor concedió una última entrevista a la periodista Blanca Lucía Vallejo, publicada a los pocos días. A la pregunta: ¿Qué le recomendaría a un joven lector? Respondió lo que parece ser una conclusión al malentendido caleño: “Le diría que leyera únicamente los libros que le produjeran placer; la lectura obligatoria despierta una reacción contraria en el joven y no deja restos en la memoria”.