Aporofobia

Julio 09, 2017 - 06:55 a.m. Por: Gustavo Gómez Córdoba

Durante años en las redes sociales, paraíso de la intolerancia, todo cuestionamiento a la situación política (y económica) de Venezuela era respondido con agresividad. Aún hoy, algunos despistados recurren al lugar común de pensar que los problemas de los venezolanos son de ellos y no nos competen.

Quienes esto sostienen olvidan que nuestro destino, si se quiere por cuestiones de realidad geográfica, está para siempre ligado al de Venezuela. Nos unen 2.219 kilómetros, una frontera que desde los años 50 ha permitido la emigración colombiana, con mucha fuerza sobre todo en los 70, y que ahora es escenario de desplazamientos hacia Colombia.

Las primeras oleadas fueron de la clase media alta y alta. Los que no se fueron directamente a Miami, escogieron Colombia como destino provisional, a la espera de la caída de la revolución bolivariana. Venían con recursos y, viéndolos sentados en los restaurantes de moda, nadie dijo nada, ni cuestionó su presencia en el país.

Hoy las cosas son a otro precio. El defensor del pueblo, Carlos Negret, ha dicho que no sabemos cuántos más van a venir “pero se nos están quedando más o menos cinco mil personas diarias”. El defensor hizo el ejercicio de pararse en el puente internacional Simón Bolívar, sobre el río Táchira, y sabe que cada día lo cruzan cincuenta mil personas, de las cuales sólo 45 mil regresan.

La mayoría de estos emigrantes se quedan en busca de trabajo, y lo consiguen. Y ahora sí se nota la preocupación de la gente. Dentro y fuera de redes. El fenómeno que vivimos y la manera en que muchos comienzan a incomodarse con los venezolanos (incluso con los colombianos que regresan después de muchos años), tiene nombre. Se llama aporofobia.

La filósofa española Adela Cortina echó mano del griego para armar esta palabra de profundo significado: del matrimonio entre “áporos” (pobreza, ausencia de algo) y la palabra de origen grecolatino “fobia” (aversión) nació la aporofobia, que titula su nuevo libro: ‘Aporofobia, el rechazo al pobre’.

Cortina no se esconde detrás de lo que significa su apellido y dice las cosas sin ambages: nuestras fobias reales no son tanto a la diferencia de raza o nacionalidad, como a la llegada de personas sin recursos. Los extranjeros pudientes son siempre bien vistos y se los recibe incluso con cierta emoción. Los extranjeros que generan malestar, reticencias y desprecio son los pobres.

La aporofobia puede combatirse con educación, con la generación de condiciones económicas justas para todos y con el respaldo a democracias que fomenten la igualdad. Sí, pero los seres humanos tenemos una predisposición a la aporofobia y es una realidad social innegable.

Vale más que nos concentremos en combatirla y mantenerla a raya, así como a la xenofobia, que también comienza a flotar en las conversaciones alrededor de los venezolanos. Ellos necesitan de nosotros y es ahora mismo que debemos tenderles la mano, más allá de cualquier tipo de consideración política.

Como me recordaba un amigo al que mucho respeto: los colombianos, que hemos llegado a todos los rincones del mundo (y no precisamente en condiciones de opulencia), no tenemos autoridad moral para rechazar a los venezolanos que vienen, como dice el Defensor del Pueblo en entrevista con El Heraldo, “a buscar comida para mandársela a su familia en Venezuela”.

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Ultimátum.
Ahora que nos la pasamos regalando firmas para todo, habrá que introducir el estilógrafo al escudo.

Sigue en Twitter @gusgomez1701

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