Un error afortunado

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Un error afortunado

Noviembre 11, 2019 - 11:55 p. m. Por: Editorial .

Hace 30 años, el 9 de noviembre de 1989, el fracaso del régimen que asfixió a Europa Oriental se derrumbó. Al muro de Berlín lo tumbaron las ansias de libertad, las necesidades de millones de personas oprimidas por la dictadura y el fracaso rotundo del comunismo que desde el fin de la Segunda Guerra Mundial usó la Unión Soviética para mantener su imperio.

No fue una revolución, y aunque la presión económica y política del mundo libre encabezados por el entonces Presidente de los Estados Unidos y la Primera Ministra de Inglaterra sirvieron para propiciar el derrumbamiento, fueron los errores y el desgaste de la República Democrática Alemana los que condujeron a la inesperada salida.

La alternativa era la represión para contener la oleada de personas que de muchas maneras huían por las fronteras de la RDA con Checoslovaquia o Polonia, escapando del absurdo sistema en el cual no parecían seres humanos. Ello necesitaría de la orden y el apoyo de Rusia, el núcleo de la poderosa Unión Soviética, encabezada entonces por un reformista, Mijail Gorbachov, quien enfrentaba la ruina económica, moral y política del comunismo.

Y dejaría miles de muertos, además de conducir a un estado de guerra inaceptable y espeluznante, donde el poder nuclear era el gran protagonista. Entonces, Gorbachov se negó a apoyar la represión que le pedían los gobernantes de Alemania Oriental, los grandes aliados y el modelo a mostrar de ese comunismo.

A partir de allí, lo que sucedió fue una afortunada cadena de desaciertos que culminó con el inesperado anuncio de un funcionario desinformado, quien en una rueda de prensa reconoció que sus jefes autorizaban la migración masiva y libre de los alemanes del este. En cuestión de horas, el muro que encerraba a millones de berlineses y por el cual fueron asesinadas cientos de personas que querían escapar hacia Berlín Oriental pasó a ser apenas el símbolo de la insensatez y el fin del “telón de acero”, la cortina de hierro descrita por Winston Churchil en 1946.

Treinta años han pasado de lo que es ante todo el fin del horror. Es el muro que dividió al mundo, impidiendo el desplazamiento y la comunicación y condenando a la pobreza y al atraso a millones de personas en aras de las ideologías que pretenden imponer el totalitarismo sobre la libertad, esencia del ser humano.

Hoy, y aunque el comunismo parece cosa del pasado, en América aún subsisten rastros de ese absurdo. Son Cuba y Venezuela, cuya estrategia es distinta pero el objetivo es el mismo del que fracasó. Aunque ahora no se construyen muros y por el contrario se expulsa a millones de personas sin importar su destino, sus dictadores se obsesionan en mantener el poder y someter a sus pueblos a la tiranía.

Después del muro cayó la Unión Soviética y con ello Europa Oriental, incluso Rusia, recuperaron su autonomía y sus posibilidades de progreso. Con variados resultados, sus situación cambió para bien, y aunque aún existen recelos y problemas, puede decirse que la caída del muro de Berlín fue producto un afortunado error de la vetusta dictadura comunista y cambió el destino del mundo.

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