El futuro de los ecoparques

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El futuro de los ecoparques

Noviembre 22, 2019 - 11:55 p. m. Por: Editorial .

Tener diez parques ecológicos dentro del perímetro urbano es un privilegio con el que pueden contar muy pocas ciudades del mundo. Cali, que es una de ellas, está obligada a entender esos regalos de la naturaleza y su deber de protegerlos para que se mantengan como oasis ambientales para la capital del Valle y lugares para la sana recreación de sus comunidades.

Basta observar en un mapa urbano la ubicación de cada una de esas diez reservas naturales, que suman entre todas 16,81 kilómetros de puro verde, para comprender por qué esos espacios se convierten en guardianes protectores que rodean a Cali o que emergen en medio del caos citadino para ayudarla a respirar un aire más puro y a encontrar el solaz que a veces le es tan esquivo. El problema es que pocos son capaces de verlos y comprender la importancia que tienen.

El mayor riesgo al que se enfrentan hoy los ecoparques es la indiferencia de quienes son sus mayores beneficiarios: los habitantes de la ciudad. Son pocos los que los conocen y muchos menos quienes los cuidan; no de otra manera se pueden entender los múltiples males que los acosan, como las invasiones cada vez más frecuentes a sus terrenos, como sucede en Bataclán, en el Parque de la Vida, en el cerro de la Bandera o en el parque de Pizamos.

Charco Azul y el Pondaje, dos lagunas imponentes en el oriente de la ciudad y que antaño fueran refugio de aves que emigraban del norte del continente durante el invierno, hoy están ahogadas por las basuras que las rodean y por los olores nauseabundos que espantan a cualquiera que se acerque. Ya ni siquiera cumplen su función de ser reguladoras de los caudales que arrastran los canales de aguas lluvias y proteger así a Cali de las inundaciones.

Como sucede con sus siete ríos, otro privilegio que poco parece importar, los parques ecológicos tienen pocos dolientes. Es lo que suele suceder en una ciudad de inmigrantes como Cali, donde el sentido de pertenencia se ha perdido con el tiempo y no existe una vocación ambiental real. Tampoco son suficientes los esfuerzos hechos por el Dagma, la CVC o el municipio, que invierten escasos recursos para su conservación, para convertir esos espacios en verdaderos lugares de recreación en comunión con la naturaleza o en educar a la comunidad para que aprenda a cuidarlos y conservarlos.

El futuro de los diez ecoparques de Cali es incierto. Su deterioro es evidente como se observa a simple vista por ejemplo en los cerros de las Tres Cruces y Cristo Rey, mientras que las intervenciones para protegerlos y restablecer sus funciones ambientales son escasas. El daño se verá con el tiempo cuando no existan pulmones verdes que ayuden a absorber los gases dañinos como el dióxido de carbono o el metano, a producir el oxígeno limpio que necesita respirar la capital del Valle o a mitigar los efectos del cambio climático.

¿Se conformarán con ello los caleños?

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