Crimen macabro

Crimen macabro

Octubre 23, 2018 - 11:55 p.m. Por: Editorial .

Descuartizado y enterrado en el jardín del consulado de su país. Así terminó Jamal Khashoggi, el periodista que se atrevió a criticar el régimen que gobierna en Arabia Saudita, autor de la venganza más sangrienta contra quien pedía una apertura y un cambio en su país.

El periodismo de Khashoggi no era de investigación ni tenía grandes denuncias. Su papel era el de opinar sobre lo que ocurría en uno de los países más ricos y más cerrados del planeta, el de llamar la atención sobre el fracaso de la primavera islámica y el de alertar sobre la manera en que el príncipe heredero Mohammed Bin Salmán usaba decisiones como darles pase de conducción a las mujeres o permitir la proyección de cine en Riad, como mascarón para encubrir sus siniestros designios.

Al parecer, el valor civil de la víctima para decir lo que opinaba en sus escritos que eran publicados en el Washington Post, lo convirtió en un peligro para el inestable heredero, célebre por sus arranques de ira y sus decisiones atrabiliarias incluso contra la familia de su padre, el rey Salmán. Según Recep Tayyip Erdogan, presidente de Turquía y conocido por su persecución a la prensa libre, lo ocurrido fue un crimen de una atrocidad sin límite, cometido por 18 integrantes de los cuerpos de seguridad del gobierno saudí que lo planearon durante quince días, llegaron a su país el 2 de octubre, cumplieron su misión y salieron el mismo día con destino a Arabia Saudita.

Hoy, el mundo occidental protesta por el asesinato del periodista, el gobierno de los Estados Unidos anuncia sanciones contra los 18 acusados mientras los negocios con el país petrolero continúan viento en popa, como sucedió en el foro ‘El futuro de Iniciativas de Inversión’, que el príncipe inauguró con gran pompa en Riad, el mismo día que debió reconocer el horrible crimen. Y junto con el rey Salmán, el príncipe Mohamed se reúne con el hijo de su víctima para expresarle su rechazo y su solidaridad.

Esa actitud contrasta con lo ocurrido en las semanas anteriores, cuando la embajada fue escenario del peor de los crímenes, alguno de los integrantes del grupo de asesinos trató de suplantar a la víctima para crear confusión y los voceros oficiales, contra las evidencias que brotaban por todas partes y a cada minuto, insistieron en que no existió tal crimen. Solo cuando la prensa mundial mantuvo la denuncia y profundizó las investigaciones, y ante la decisión del Presidente turco de destapar la macabra trama, los funcionarios saudíes reconocieron los hechos, aunque lo calificaron en forma cínica de ‘error’.

“Encubrir esta clase de salvajismo herirá la conciencia de toda la humanidad”, dijo Recep Erdogan, quien también es conocido por perseguir al periodismo independiente que denuncia sus atropellos. Lo que queda claro, además del espíritu aterrador que parece tomarse a Arabia Saudita con su príncipe heredero, es el peligro que corre todo aquel que en cualquier parte del mundo se atreva a criticar y a revelar los abusos y los excesos de las dictaduras y el totalitarismo que son descubiertos por la prensa libre.

VER COMENTARIOS
Columnistas