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Volver a levantarse
La música, el dolor y la esperanza.
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2 de sept de 2026, 12:29 a. m.
Actualizado el 2 de sept de 2026, 12:29 a. m.
Cuando el mundo tiembla
Hay momentos en que la realidad parece quebrarse. Un terremoto no solamente hace temblar la tierra: hace temblar también aquello que creíamos seguro, nuestra casa, nuestras calles, los lugares conocidos, la sensación de protección. En unos segundos, aquello que parecía firme puede convertirse en incertidumbre.
Después quedan el silencio, el polvo, las ruinas, la memoria de quienes ya no están y la necesidad de comenzar nuevamente. Pero también queda algo que ninguna catástrofe puede destruir fácilmente: la voluntad de vivir.
Es precisamente allí donde comienza este recorrido por la música. Porque la música ha acompañado al ser humano frente a la muerte desde siempre. Ha llorado a sus muertos, ha consolado a quienes permanecen, ha expresado el miedo y, muchas veces, ha encontrado una manera de transformar el dolor en esperanza.
Chopin: el dolor que camina
La Marcha fúnebre de la Sonata n.º 2 parece caminar lentamente entre las ruinas de la existencia. El piano no grita. No necesita hacerlo. Su dolor es íntimo, contenido, profundamente humano.
Cada paso parece una despedida y, sin embargo, la música continúa avanzando.
Chopin nos enseña que el duelo también es un camino. No podemos borrar la pérdida, pero podemos aprender a caminar con ella.
Y ese caminar nos conduce hacia una de las experiencias más estremecedoras de toda la música occidental: el encuentro con la muerte en el Réquiem de Mozart.
Mozart: el llanto ante la eternidad
Con Mozart, la muerte adquiere una dimensión diferente. Ya no estamos solamente ante el dolor de quien contempla una pérdida, sino ante el ser humano colocado frente al misterio de su propia existencia.
El Réquiem en re menor, K. 626 parece surgir desde un territorio situado entre la tierra y la eternidad. Hay en él oscuridad, temor, súplica, juicio y esperanza. Es una música que parece preguntarse qué sucede cuando la vida humana llega a su límite.
Y entonces aparece el Lacrimosa.
Pocas páginas de la historia de la música han expresado con tanta intensidad la fragilidad humana. El coro parece llorar no solamente por los muertos, sino por todos nosotros: por nuestra condición mortal, por aquello que amamos y podemos perder, por la incertidumbre que nos acompaña desde que nacemos.
El Lacrimosa no es simplemente una música triste. Es un llanto convertido en oración.
La melodía asciende y desciende como si el alma buscara una respuesta que todavía no puede encontrar. Hay dolor, pero también una súplica. Hay miedo, pero también una esperanza apenas insinuada. La música no cierra la puerta: permanece abierta ante el misterio.
Y quizá por eso el Lacrimosa resulta tan profundamente humano. Porque cuando todo se derrumba, cuando la muerte nos coloca frente a aquello que no podemos controlar, todavía queda la posibilidad de elevar una súplica.
Mozart nos deja allí, frente al misterio.
Y después de ese llanto, aparece Brahms.
Brahms: el consuelo de quienes permanecen
Entonces aparece Johannes Brahms con Un réquiem alemán. Aquí la muerte adquiere otra dimensión. Brahms no dirige su mirada solamente hacia quienes han muerto, sino hacia quienes sufren su ausencia.
Su Réquiem es, ante todo, una obra de consuelo. No elimina el dolor: lo abraza. Frente a una tragedia, su música parece decirnos que quien sufre no está solo.
Y esa compañía constituye ya una primera forma de esperanza.
Si Mozart nos coloca frente al misterio de la muerte, Brahms se acerca al ser humano que permanece después de ella. Ya no se trata únicamente de preguntar qué hay al final, sino de acompañar a quien debe continuar viviendo.
La música comienza así a cambiar de dirección: del llanto hacia el consuelo.
Mahler: la muerte entra en la sinfonía
Con Mahler, el horizonte se hace mucho más amplio. En la Primera Sinfonía, la muerte aparece en aquella extraña marcha fúnebre construida sobre la melodía de “Frère Jacques”. Una melodía sencilla, asociada con la infancia, se transforma aquí en una marcha lenta y sombría. Mahler convierte así un recuerdo de inocencia en una reflexión sobre la fragilidad de la vida y el paso del tiempo. La muerte aparece como memoria, despedida y conciencia de nuestra propia condición humana.
En la Quinta Sinfonía, en cambio, la marcha fúnebre adquiere una gravedad monumental. La trompeta anuncia el destino y la orquesta parece avanzar lentamente hacia el interior de la condición humana.
Pero Mahler no escribe para permanecer en la muerte. En él, la muerte se convierte en una pregunta.
Shostakovich: resistir entre las ruinas
Ese recorrido nos lleva después a Dmitri Shostakovich y a su Séptima Sinfonía, “Leningrado”. Aquí la destrucción deja de ser solamente interior y se convierte en histórica y colectiva.
La obra nace en medio de la guerra, frente a una ciudad sometida al hambre, al miedo y a la devastación. Pero Shostakovich no escribe únicamente sobre la destrucción: escribe sobre la resistencia.
Su música avanza frente a aquello que intenta destruirla.
Y nos recuerda que la esperanza no siempre tiene una voz dulce. A veces la esperanza lucha. A veces grita. A veces simplemente consiste en continuar.
Mahler y el abismo
Y regresamos entonces a Mahler y a su Décima Sinfonía, quizá el punto más profundo de este viaje.
Mahler la dejó inconclusa a su muerte. El primer movimiento, el Adagio, quedó prácticamente terminado, mientras que los restantes permanecieron en distintos grados de elaboración y fueron posteriormente objeto de reconstrucciones.
En el comienzo del Adagio, las cuerdas construyen un espacio de enorme tensión hasta llegar a aquel célebre acorde disonante que parece abrir una grieta en la realidad musical.
La tonalidad se resquebraja, las certezas desaparecen y la música parece quedar suspendida frente a un abismo.
No es todavía Schoenberg, pero la puerta hacia el siglo XX está abierta. La música parece venir del futuro, pero habla desde el abismo más íntimo del ser humano.
Cuando la tierra deja de ser firme
Y aquí la experiencia de un terremoto encuentra una resonancia poderosa.
Porque cuando la tierra deja de ser firme, no solamente tiembla el suelo: también se derrumba nuestra sensación de seguridad.
Descubrimos, en unos segundos, que aquello que considerábamos permanente puede desaparecer.
Algo semejante ocurre en Mahler: la música pierde poco a poco el centro que la sostenía, la armonía se vuelve inestable y aparece la sensación de estar frente a algo que ya no podemos controlar.
Pero Mahler no convierte el abismo en el final.
Esa es la diferencia esencial.
Su música atraviesa la oscuridad y continúa buscando. Después del estremecimiento queda una especie de silencio interior, como si el alma, después de haberlo perdido todo, tuviera que aprender nuevamente a respirar.
Mahler: la luz después de la oscuridad
Y entonces regresamos a la Segunda Sinfonía.
Ahora la escuchamos de otra manera.
Hemos pasado por el dolor íntimo de Chopin, por el llanto de Mozart, por el consuelo de Brahms, por las marchas fúnebres de Mahler, por la resistencia de Shostakovich y por el abismo de la Décima. Todo parece conducir hacia este momento.
El silencio comienza lentamente a transformarse. Las voces aparecen. El coro entra. Aquello que había comenzado como una pregunta se convierte finalmente en una afirmación.
La «Resurrección» no ofrece una esperanza ingenua. No niega la muerte, no borra el sufrimiento y no pretende que las ruinas no existan. Su esperanza es más profunda porque ha atravesado el dolor.
Pero el viaje todavía guarda una última palabra.
No una palabra de triunfo.
Una palabra de paz.
Fauré: cuando la esperanza aprende a descansar
Después de haber atravesado el abismo de Mahler y la afirmación de la “resurrección”, llegamos finalmente a Gabriel Fauré.
Su Réquiem parece pertenecer a otro espacio interior. Aquí la muerte no aparece dominada por el terror. Tampoco encontramos una desesperación que necesite ser vencida.
Hay serenidad. Hay recogimiento. Hay una confianza silenciosa.
Fauré parece contemplar la muerte desde el otro lado del dolor.
Y por eso su música resulta tan importante para este recorrido: nos demuestra que un Réquiem no tiene necesariamente que terminar en el llanto.
Mozart nos había colocado ante el misterio y la súplica. Brahms nos había ofrecido el consuelo. Mahler nos había llevado hasta el abismo y después hacia la Resurrección. Fauré nos conduce finalmente hacia la paz.
Y en el “In Paradisum”, que cierra su Réquiem, las voces parecen elevarse suavemente, sin dramatismo, como si atravesaran el umbral de la muerte hacia un lugar de descanso.
No hay aquí una victoria estruendosa.
Hay luz.
Hay una música que parece respirar.
Hay una esperanza que no necesita gritar.
Y quizá esa sea la respuesta más hermosa después de la tragedia: no olvidar lo ocurrido, no negar el dolor, no fingir que nada sucedió, sino aprender a mirar nuevamente hacia adelante.
Después de la tragedia
Después de una tragedia, tampoco nosotros volvemos a ser exactamente los mismos. Quedan ausencias, recuerdos, heridas y preguntas. Pero también puede surgir una fuerza nueva: la voluntad de reconstruir, de acompañarnos unos a otros, de volver a levantar aquello que cayó y de creer nuevamente en el futuro.
Por eso la música tiene tanto que decirnos después de una tragedia. No puede reconstruir una casa ni devolver a quien hemos perdido. Pero puede recordarnos algo esencial: que seguimos vivos.
Y mientras exista vida, existe la posibilidad de comenzar nuevamente.
Después de la tragedia queda la memoria.
Después de la memoria, la voluntad.
Después del silencio, la música.
Y después del dolor, la esperanza.
Porque, al final, la música no nos promete que nunca volveremos a caer.
Nos recuerda algo más profundo:
que todavía podemos volver a levantarnos.

Docente pedagogo y especialista en Filosofía y Letras, con experiencia en relaciones humanas, ética empresarial y gestión cultural. Divulgador de la música culta, integra rigor académico y sensibilidad artística. Su labor impulsa la formación cultural del país.







