Columnista

Una vejez con esperanza

De la manera como la persona batalla contra circunstancias superables, se deja guiar y las va solucionando, depende la calidad de vida del resto del tiempo.

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Carlos E. Climent
Carlos E. Climent | Foto: El País

26 de abr de 2026, 12:59 a. m.

Actualizado el 26 de abr de 2026, 12:59 a. m.

La gran diferencia entre una vejez con sentido y una desesperanzada tiene mucho que ver con la manera como la persona se enfrenta a circunstancias relativamente sencillas, o a revelaciones de más profundo calado.

Muchas personas, cuando se van envejeciendo o se sienten impedidas, “se entregan” sin haber dado la pelea por una mejor supervivencia. Salvo aquellos individuos con trastornos o circunstancias insuperables, a la persona de edad que le va mejor es a la que está abierta a nuevas alternativas. En contraste, la que más sufre es aquella que frente a cada propuesta decide que “no puede”.

Esta situación se ve con frecuencia en quien, habiendo superado una crisis depresiva, considera cualquier dificultad como una verdadera desgracia. De la manera como la persona batalla contra circunstancias superables, se deja guiar y las va solucionando, depende la calidad de vida del resto del tiempo. En su proceso de adaptación, cada cual, dentro de sus capacidades e intereses, acepta tomar la iniciativa en asuntos cotidianos sencillos. Pueden ser, entre muchos otros, realizar programas de ejercicio, retomar actividades abandonadas, aficionarse a un determinado programa social que implique un cambio de rutinas previas, participar en nuevas actividades o tertulias cotidianas, interesarse por algún arte u oficio no probado previamente, darse gustos y hacer cosas que nunca antes se permitió, como por ejemplo gastarse unos ahorros celosamente guardados.

Los que intentan alguno de esos cambios en su cotidianidad y logran persistir, se sorprenden de la forma como tales acciones se convierten en experiencias positivas.

La creencia en un ser superior o el llamado tardío a una fe jamás profesada pueden constituirse en un apoyo importante cuando todo lo demás parece estarse derrumbando. Lo anterior aplica a los menos escépticos, para quienes tal cambio puede obrar como un bálsamo protector.

Lo que más sorprende a las personas sensibles en trance de encontrarle un sentido a su vida, y que hace parte de asuntos de más fondo, es tomar algunas decisiones y ponerlas en práctica. Algunos ejemplos:

* Hacer un balance que permita traer al presente los asuntos positivos del pasado. Y salir de la tendencia a recordar con amargura solo los aspectos negativos.

* Sacar a la luz situaciones conflictivas que han permanecido ‘mal enterradas’ haciendo mucho daño. No para ensañarse en ellas, sino para llegar a algún acuerdo que permita su ‘entierro’ definitivo.

* Tener el valor de dar y recibir una información completa sobre hechos ocultos o distorsionados por mucho tiempo, con el objetivo de tratar de enderezarlos.

* Llevar a cabo finalmente la ansiada conversación con un ser querido sobre algo pendiente.

* Reconciliarse con quien ha ocurrido un distanciamiento por razones que pueden mirarse, ahora, desde una perspectiva diferente. Se trata de sanar viejas heridas y dejar a un lado el rencor. Todo lo anterior se puede lograr si han obrado la aceptación franca, la justicia y la reparación.

La sensación de paz que acompaña a cualquiera de estas acciones puede ser el factor definitivo para cambiarle la cara a una vejez sin esperanza.

Carlos E. Climent es médico de la Universidad del Valle y psiquiatra de la Universidad de Harvard. Durante30 años trabajó en el Departamento de Psiquiatría de la Universidad del Valle, y durante 20 se desempeñó como miembro del Panel de Expertos en Salud Mental de la Organización Mundial de la Salud.

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