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‘Heil Hitler’ y la banalización del mal en Colombia

“El lenguaje es el vehículo mediante el cual se normaliza la barbarie”, Victor Klemperer, filólogo alemán.

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David Rosenthal
David Rosenthal. Columnista | Foto: El País

11 de jun de 2026, 02:32 a. m.

Actualizado el 11 de jun de 2026, 02:32 a. m.

“Las palabras pueden ser pequeñas dosis de arsénico: se tragan sin darse cuenta, parecen no surtir efecto alguno, y al cabo de un tiempo el veneno actúa.”

— Victor Klemperer

El 20 de enero de 1942, en una villa a orillas del lago Wannsee, quince altos funcionarios del Tercer Reich se reunieron durante poco más de una hora. No hubo gritos ni arengas; solo documentos, lenguaje burocrático y una decisión administrativa: coordinar la ‘Solución Final’. La maquinaria del genocidio no comenzó con disparos. Comenzó cuando las palabras perdieron sus límites morales.

Victor Klemperer, filólogo alemán que sobrevivió al nazismo, lo resumió con una imagen que no envejece: el lenguaje es el vehículo mediante el cual se normaliza la barbarie. Esa advertencia resuena con urgencia ante el deterioro del debate público en Colombia, donde el uso de referentes históricos ha sido despojado de toda responsabilidad. El reciente uso de la expresión ‘Heil Hitler’ en respuesta a una columna periodística —lanzado desde el círculo presidencial o avalado en silencio por sus seguidores— no es una anécdota digital ni una ironía inofensiva. Es la evidencia de un problema moral: la banalización activa del horror.

La actitud del mandatario no ocurre en el vacío. Ya en el pasado, esta inclinación a instrumentalizar el Holocausto chocó frontalmente con la realidad institucional global. Deborah Lipstadt, enviada especial de Estados Unidos para el Monitoreo y Combate del Antisemitismo —una de las mayores autoridades mundiales en la materia—, señaló con razón que comparar la situación en Gaza con los campos de concentración nazis trivializa el Holocausto y alimenta discursos antisemitas. La respuesta presidencial fue el rechazo y la exigencia de ‘respeto’. En aquel episodio, el presidente no solo ignoró la advertencia sino que intentó redefinir el antisemitismo a su conveniencia, alegando que ‘semitas’ son los palestinos y que, por tanto, oponerse a Israel era un acto antirracista.

Esta pirueta retórica es, en sí misma, una forma de banalización: se utiliza el peso histórico del sufrimiento judío como escudo estratégico, vaciando de significado el término “antisemitismo” hasta convertirlo en una palabra hueca al servicio de una agenda.

Cuando un Jefe de Estado utiliza el saludo oficial de un régimen genocida para atacar a un medio de comunicación, está enviando un mensaje peligroso a la ciudadanía. La paradoja es elocuente: durante años, el presidente Petro ha invocado la etiqueta de ‘nazismo’ para descalificar a sus adversarios políticos.

Ahora, al ser él quien juguetea con la simbología hitleriana, sus seguidores optan por el silencio cómplice o la justificación. Es la indignación selectiva convertida en dogma de fe. Hannah Arendt explicó cómo la ‘banalidad del mal’ se instala cuando actos atroces dejan de ser percibidos como tales por efecto de la repetición y la ausencia de juicio moral. En Colombia hoy vivimos una versión de esa advertencia. Cuando todo es nazismo, nada es nazismo; cuando Hitler se convierte en referencia cotidiana del debate político, se desactiva la memoria de Auschwitz y Treblinka. Las categorías morales pierden eficacia, y con ellas se diluye la capacidad colectiva de identificar y resistir verdaderas amenazas al tejido democrático.

Este episodio no es aislado; es parte de la degradación progresiva de la conversación pública colombiana, donde la agresión desplaza al argumento y la diplomacia —incluida la ruptura de lazos estratégicos con Israel— se sacrifica en nombre de afinidades ideológicas. La política exterior tampoco es un asunto semántico: esas rupturas acarrean costos geopolíticos y humanitarios reales. Mientras el país enfrenta desafíos acuciantes —inseguridad, recomposición de grupos armados, erosión institucional—, la política del gobierno parece estar atrapada en una retórica de confrontación permanente. En el escenario electoral que se abre, la pregunta central no es solo quién ganará: es en qué estado quedará el tejido moral de nuestra democracia.

Si las palabras son pequeñas dosis de veneno, la defensa es necesariamente colectiva. Instituciones, prensa, líderes de opinión y ciudadanos deben restablecer los límites éticos del lenguaje público, rechazar la instrumentalización del sufrimiento histórico y rescatar la memoria como deber cívico. No se trata de censura. Se trata de responsabilidad. La democracia no se derrumba de la noche a la mañana: se erosiona cuando la ciudadanía deja de interrogar el lenguaje que la gobierna. Como bien demostró Klemperer, la tragedia no empieza cuando la sociedad reacciona; empieza en el momento exacto en que, por costumbre o indiferencia, deja de hacerlo.

@rosenthaaldavid

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