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Cuando el mundo decidió encontrarse
En aquellas tribunas convivían idiomas, culturas, edades y costumbres distintas, recordándonos que es posible disfrutar de nuestras diferencias sin convertirlas en motivo de enfrentamiento.
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26 de jul de 2026, 01:04 a. m.
Actualizado el 26 de jul de 2026, 01:04 a. m.
El fútbol es un pretexto para la alegría. Esa es la sensación que siempre me ha dejado la obra de Eduardo Galeano. Aunque no soy una gran conocedora de este deporte, al terminar la Copa Mundial comprendí que el verdadero espectáculo no estaba solo en la cancha, sino también en las personas.
Durante varias semanas el mundo pareció latir al mismo ritmo. En hogares, parques, plazas, clubes, cafés, restaurantes y espacios públicos, familias, amigos e incluso desconocidos hicieron una pausa en sus rutinas para compartir una misma emoción. Por unas horas, las preocupaciones cedieron su lugar a la ilusión y la esperanza.
Confieso que apenas vi algunos partidos: los de Colombia y los cuartos de final. Sin embargo, lo que realmente captó mi atención no fueron los goles ni los resultados, sino lo que ocurría alrededor de ellos.
Los estadios eran un reflejo de esa maravillosa diversidad humana. Repletos de niños, jóvenes, adultos y personas mayores, reunían a miles de aficionados unidos por una misma pasión. Vestían camisetas de diferentes selecciones, cantaban sus himnos con orgullo, reían, lloraban y celebraban con una intensidad contagiosa.
Me conmovió comprobar que, aun rodeados de camisetas rivales, las diferencias parecían quedar a un lado. Durante noventa minutos importaba más el respeto que la rivalidad, más la emoción compartida que el resultado. En aquellas tribunas convivían idiomas, culturas, edades y costumbres distintas, recordándonos que es posible disfrutar de nuestras diferencias sin convertirlas en motivo de enfrentamiento.
Observé abrazos entre desconocidos, sonrisas sinceras y conversaciones que nacían con absoluta naturalidad. Personas que quizás nunca volverían a encontrarse compartían un momento de alegría, unidas por la emoción de un partido. El fútbol se transformaba en un lenguaje universal que no necesitaba traducción porque hablaba directamente al corazón.
Entonces pensé en el contraste. Vivimos tiempos marcados por guerras, violencia e intolerancia. Con frecuencia, las noticias parecen empeñadas en mostrarnos todo aquello que nos divide. Sin embargo, durante este Mundial vimos otra cara de la humanidad: personas capaces de convivir, respetarse y celebrar juntas, compartiendo tanto la alegría de una victoria como la tristeza de una derrota.
Quizá ese sea el verdadero triunfo de un Mundial. No el equipo que levanta la copa ni el gol que queda para la historia. El mayor triunfo es recordarnos que, antes que rivales, somos seres humanos con la necesidad de encontrarnos, emocionarnos y sentir que pertenecemos a una comunidad.
Cuando el árbitro señaló el final del último partido, el campeonato terminó. Las banderas se guardaron, los estadios quedaron en silencio y la copa encontró un nuevo dueño. Pero hubo algo que permaneció: la certeza de que todavía somos capaces de reunirnos alrededor de una emoción compartida. Ojalá no tuviéramos que esperar un evento deportivo de esta magnitud para recordarlo. La vida cotidiana también está llena de oportunidades para acercarnos, escuchar al otro y reconocer que detrás de cada diferencia existe una historia humana. El deporte nos muestra que competir no significa dejar de respetar, y que defender unos colores no tiene por qué convertirse en una razón para rechazar a quienes llevan otros.
En un mundo donde muchas veces parecen imponerse la división y el enfrentamiento, el Mundial nos regaló una imagen distinta: miles de personas compartiendo un mismo espacio, celebrando, sufriendo y emocionándose juntas. Esa convivencia, aunque haya durado solo unos días, nos recordó que es posible construir puentes incluso entre quienes piensan, viven o sienten de manera diferente.
Tal vez por eso el fútbol permanece en la memoria de tantas personas más allá de los resultados. Porque, en el fondo, no se trata únicamente de goles, campeonatos o estadísticas. Se trata de esos momentos en los que descubrimos que todavía tenemos la capacidad de encontrarnos, de celebrar juntos y de sentir que hacemos parte de algo más grande.
Quizá Galeano tenía razón: el fútbol es un pretexto para la alegría. Y esa alegría, cuando es compartida, puede convertirse en una de las formas más sencillas y poderosas de recordarnos nuestra humanidad.

Psicóloga de la Universidad del Valle con Maestría en Ciencia Política de la Universidad Javeriana, Estudios en Negociación de Conflictos, Mediación y Asuntos Internacionales. Columnista, concejal de Cali durante 2 períodos y senadora de la República durante 16 años. Presidenta del Congreso de la República, Ex embajadora de Colombia ante las Naciones Unidas, Ex ministra de Relaciones Exteriores.






