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Eventos inexplicables
¿Estamos viendo una campaña diseñada para conquistar nuevos votantes? ¿O estamos viendo una campaña estratégicamente diseñada para perder?
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11 de jun de 2026, 02:21 a. m.
Actualizado el 11 de jun de 2026, 02:21 a. m.
Hay algo que no deja de llamarme la atención en esta recta final de la campaña presidencial. No es un hecho aislado. Es la acumulación de hechos. Más exactamente, la velocidad con la que han ocurrido.
Todo ha pasado en apenas diez u once días.
La lógica de cualquier segunda vuelta es bastante conocida. Quien necesita crecer busca el centro. Modera el discurso. Reduce los temores. Amplía apoyos. Intenta parecer una opción de tranquilidad para quienes todavía no han tomado una decisión.
Por eso resulta tan difícil entender lo que hemos visto recientemente.
En cuestión de días, el discurso sobre la Constituyente, una de las principales banderas políticas del Gobierno, perdió protagonismo. Luego apareció la polémica por el uso de la camiseta de la Selección Colombia en medio de la campaña. Lo que parecía una discusión menor terminó convirtiéndose en una controversia nacional, acompañada de demandas, reclamos y debates que mantuvieron el tema durante varios días en la agenda pública.
Después vino una participación cada vez más directa del presidente en la campaña. Incluso llegaron a circular versiones y discusiones sobre una eventual renuncia para asumir un papel político más activo. Independientemente de la viabilidad de esa posibilidad, el simple hecho de que se instalara la discusión produjo más incertidumbre que tranquilidad.
A eso se sumó una radicalización evidente del lenguaje político. En lugar de observar una estrategia orientada a conquistar votantes moderados, la sensación fue la contraria: más confrontación, más tensión y más mensajes dirigidos a quienes ya están convencidos, denuncias y versiones sobre posibles movilizaciones, bloqueos y tomas de ciudades después del 21 de junio. Algunos sectores lo negaron, otros lo denunciaron, pero el resultado fue el mismo: el país comenzó a discutir qué podría pasar después de las elecciones incluso antes de que estas ocurran.
Y mientras esa conversación crecía, llegaron los actos violentos e incendiarios ocurridos esta semana en Cali y otras zonas del país. No corresponde establecer relaciones que no tengan sustento. Pero sí resulta imposible ignorar que estos episodios ocurren en medio de un ambiente político particularmente tensionado y de advertencias cada vez más frecuentes sobre posibles escenarios de conflictividad.
Como si todo esto fuera poco, la controversia alrededor de la Comisión de Acusaciones volvió a colocar al presidente en el centro de la discusión institucional. Una vez más, la conversación dejó de ser sobre propuestas de gobierno o sobre el candidato oficialista y pasó a concentrarse en las actuaciones del propio jefe de Estado.
Y ahí surge la pregunta.
¿Estamos viendo una campaña diseñada para conquistar nuevos votantes?
¿O estamos viendo una campaña estratégicamente diseñada para perder?
No afirmo que alguien quiera perder. No tengo evidencia para sostener algo así. Pero sí encuentro legítimo preguntarse por qué una campaña que necesita crecer hacia el centro parece tomar decisiones que generan exactamente el efecto contrario.
Porque vistos de manera aislada, cada uno de estos hechos podría explicarse por sí mismo. Pero vistos en conjunto, y sobre todo concentrados en apenas diez u once días, dibujan un patrón difícil de ignorar.
Tal vez se trate de errores, improvisación o nerviosismo. Tal vez exista una lógica estratégica que todavía no alcanzamos a comprender. Lo cierto es que, cuando una campaña parece hablar cada vez menos a quienes necesita convencer y cada vez más a quienes ya están convencidos, vale la pena prestar atención.
No necesariamente al resultado del 21 de junio. Sino a los diez días que lo precedieron.
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