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Abelardo de la Espriella y el ocaso de un oficio

Aun cuando nuestras democracias se estén decantando por la fe en los novatos, hay una ley natural para todo oficio : no hay forma de desempeñar una buena profesión sin los conocimientos que ofrecen la práctica y la educación.

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Andrés Restrepo Gil
Andrés Restrepo Gil | Foto: El País.

28 de jul de 2026, 12:47 a. m.

Actualizado el 28 de jul de 2026, 12:47 a. m.

Le ocurrió a Venezuela, a Estados Unidos, a Argentina, a El Salvador. Esta historia ya se contó en Guatemala, en Ucrania y en Perú: un personaje carismático, sin un solo día de experiencia, es catapultado con la fuerza de millones de votos hasta el primer cargo de un gobierno: la presidencia. Como fenómeno global, también Colombia se rindió ante el espectáculo mesiánico de un hombre. Con su saludo militar, sus ínfulas de tigre y su uniforme amarillo conquistó la esperanza de millones y alimentó los sueños de medio país, elogiando su propia inexperiencia como político. Precisamente por esto, su elección fue una apología a la ignorancia, una alabanza al desconocimiento y un elogio a la improvisación.

Según esta lógica, cualquiera puede ser presidente e, independientemente del oficio, la experticia y la experiencia, la presidencia de una nación está diseñada para cualquiera: para un militar como Chávez, para un empresario como Trump, para un comediante como Zelenski o para un agrónomo como Fujimori. Hemos cambiado la experiencia por el espectáculo. Y lo que pasó allá, ahora nos pasa acá: hemos caído también nosotros, seducidos por la parafernalia y las luces de un circo, cuyo payaso protagonista es un tigre.

Aun cuando nuestras democracias se estén decantando por la fe en los novatos, hay una ley natural para todo oficio y una norma inviolable para cualquier trabajo: no hay forma de desempeñar una buena profesión sin los conocimientos que ofrece la práctica y sin las lecciones que brinda la educación. Antiquísima y natural, esta ley es inviolable: nadie puede dedicarse a labores complejas para las que no estaba preparado. Es difícil diagnosticar la enfermedad de un cuerpo sin haber pasado por una facultad de medicina o calcular la resistencia de un edificio sin haber pasado por una de ingeniería. La alfabetización de las generaciones más jóvenes requiere una formación en pedagogía. Se necesitan años de estudio, de investigación y de experiencia para el desarrollo de una vacuna, para el diseño de un vehículo o para la programación de un sistema operativo. No hay atajos en el proceso: a esculpir se aprende esculpiendo y a pintar, pintando.

Decantándose por el más peligroso de los caminos, a los políticos sin experiencia les queda el más ambiguo de los senderos: la improvisación. Ante la inexperiencia, no quedan otras opciones: las intuiciones, las suposiciones y las ocurrencias. Lo cierto es que le hemos ofrecido la presidencia a un abogado que se ufanó durante toda su campaña de no ser un político y de nunca haber gobernado. Con millones de esperanzas tras de sí, Abelardo de la Espriella gobernará con la inexperiencia de la que se jactó y con las ocurrencias de las que ya fuimos testigos. Sin embargo, yo no estoy tan seguro de que los problemas de un país tan complejo como Colombia se arreglen con clichés simplistas y propuestas plagiadas: la construcción de cárceles, los recortes de Estado y la reducción de impuestos pueden ser más útiles para sumar votos, que para restar problemas.

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