Columnista

Saber callar

Cuando un jefe de Estado tuitea antes de consultar, las consecuencias pueden ser devastadoras para millones de ciudadanos que dependen del comercio internacional y de la cooperación bilateral.

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José Félix Escobar
José Félix Escobar | Foto: El País

2 de feb de 2026, 12:44 a. m.

Actualizado el 2 de feb de 2026, 12:44 a. m.

La historia de la moderna monarquía española está marcada por dos momentos en los cuales el rey Juan Carlos I supo cuándo debía hablar. El primero, el 23 de febrero de 1981, cuando el coronel Antonio Tejero y sus guardias irrumpieron armados en el Congreso de los Diputados con la intención de reinstaurar un régimen autoritario. Aquella noche el rey dejó claro que la Corona respaldaba la democracia.

Fue un acto de evidente valentía. España salía de la larga noche franquista y en 1978 se había logrado consensuar una Constitución moderna.

El segundo momento fue en la Cumbre Iberoamericana de 2007, cuando el presidente Hugo Chávez interrumpía sistemáticamente a otros. Tras soportar las interrupciones durante un tiempo, Juan Carlos le espetó la frase que se haría célebre: “¿Por qué no te callas?”. Palabras que resonaron en todo el mundo. En ambos casos, el rey supo cuándo era el momento de hablar.

Pero esa sabiduría incluye también la de saber callar y cómo comportarse. Los últimos años del rey Juan Carlos mostraron a una figura en franco deterioro. Lo cual culminó en 2014 con su abdicación y la correspondiente asunción del trono por parte del actual Felipe VI.

La habilidad de saber hablar y saber callar parece haberse perdido en la era de las redes sociales. El acceso directo que los gobernantes poseen a estos medios modernos de comunicación ha creado un problema grave: la tentación de opinar sobre todo, sin filtro institucional alguno. Lo que antes pasaba por asesores, cancillerías y protocolos diplomáticos, ahora se publica en segundos desde un teléfono móvil.

El más reciente ejemplo en nuestra región es la escalada de tensiones entre Colombia y Ecuador. El actual Presidente de Colombia, fiel a su costumbre de gobernar desde las redes sociales, se involucró en el caso del político ecuatoriano Jorge Glas, condenado por corrupción. No conforme con opinar sobre política interna ecuatoriana, se recuerda ahora que nuestro Presidente le había otorgado la nacionalidad colombiana a Glas.

El presidente Daniel Noboa, en un impulso imprudente, respondió con aranceles del 30 % a productos colombianos. Colombia cortó el suministro eléctrico a Ecuador. Todo esto sucedió mediante raudos mensajes de datos. Y como resultado hay millones de dólares en riesgo y relaciones diplomáticas al borde del abismo, todo por declaraciones que pudieron evitarse en ambos lados.

Esta falta de autocontrol no es un problema de modales o estilo. Es una cuestión que afecta la seguridad nacional, las relaciones comerciales y la estabilidad democrática. Cuando un jefe de Estado tuitea antes de consultar, las consecuencias pueden ser devastadoras para millones de ciudadanos que dependen del comercio internacional y la cooperación bilateral.

Es imperativo que las democracias adapten sus mecanismos institucionales a esta nueva realidad. No se trata de censurar a los gobernantes ni de limitar su libertad de expresión, sino de establecer filtros institucionales para evitar que los impulsos personales se conviertan en crisis diplomáticas. La rivalidad de los egos nunca produce nada bueno.

Lástima que algunos presidentes, como el actual de Colombia, no entiendan de prudencia; sus últimas declaraciones sobre Jesús y María Magdalena provienen de alguien que cree más en el ‘Código da Vinci’ que en la Biblia.

Doctor en Jurisprudencia del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario. Abogado en ejercicio. Colaborador de EL PAÍS desde hace 15 años.

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