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Armonía de lo Sagrado

Nuestra verdadera naturaleza no es la derrota ni el cinismo, sino la eterna posibilidad de renacer a través de la belleza.

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Rodrigo Obonaga Pineda.
Rodrigo Obonaga Pineda. | Foto: El País.

18 de mar de 2026, 01:36 a. m.

Actualizado el 18 de mar de 2026, 01:36 a. m.

“El hombre que no tiene música en sí mismo, ni se conmueve con la armonía de los dulces sonidos, es apto para traiciones, estratagemas y saqueos”. — William Shakespeare

Estas palabras, pronunciadas en El mercader de Venecia, nos recuerdan que la música no es un simple adorno estético, sino el eco de una armonía más profunda que habita en el alma humana, aunque nuestra “lodosa vestimenta de decadencia” a menudo nos impida percibirla.

La música se convierte así en un refugio interior donde el espíritu puede hallar una paz que el mundo, por sí solo, difícilmente puede ofrecer.

Esta paz no es ausencia de conflicto, sino la presencia de un orden superior que comienza a respirar en la arquitectura del absoluto que encontramos en la obra de Johann Sebastián Bach. Para Johann Wolfgang von Goethe, sumergirse en la obra del Cantor de Leipzig era presenciar “el diálogo de Dios consigo mismo antes de la Creación”.

Bach parece trascender lo profano de la vida cotidiana y situarse en el rigor sagrado que sostiene el cosmos.

Esta estructura de paz se expande hacia el barroco veneciano en el Largo del Concierto para dos violines en la menor, RV 522, de Antonio Vivaldi, donde la armonía parece levitar sobre la fragilidad humana con una ligereza divina.

Tal soberanía del espíritu alcanza su culminación en la exuberancia de George Frideric Handel, cuyo coro ‘Worthy is the Lamb’ (Digno es el Cordero) en el oratorio El Mesías es la prueba irrefutable de que el júbilo no es una emoción pasajera, sino una categoría del alma heroica que se reconoce eterna.

Desde la solidez de este altar barroco, la música evoluciona hacia una forma de resistencia más sutil: la gracia. Emil Cioran sostenía con devoción mística que “Mozart es la música oficial del Paraíso.” En la figura de Wolfgang Amadeus Mozart, la pureza no nace de la ignorancia del dolor, sino de su transmutación absoluta en una sonrisa que desafía a la muerte.

Su Quinteto para clarinete en la mayor, K. 581 es una catedral de cristal donde cada nota es una lágrima de alegría purificada.

Esta claridad encuentra su eco en Joseph Haydn, el titán de la transparencia, quien en el movimiento lento de su Sinfonía n.º 88 nos otorga una nobleza tan vasta que el orden sinfónico se vuelve luz pura.

Haydn nos recuerda que el intelecto humano fue diseñado para la majestad y la simetría, nunca para el caos.

“Si la música es el alimento del amor, seguid tocando; dadme de ella en exceso”. — William Shakespeare - Noche de Reyes.

Bajo esta nueva premisa la historia de la redención exige que ese ‘alimento’ se enfrente a la tormenta, y es aquí donde el recorrido cobra un pulso épico bajo el fuego de la voluntad.

Ludwig van Beethoven, en las fraguas del destino, nos obliga a arrodillarnos ante la magnitud de la entereza humana. Es en el Adagio molto e cantabile de su Sinfonía n.º 9 donde despliega una ternura que no es debilidad, sino la calma que precede al triunfo final sobre la desesperación.

Este consuelo se funde con la elegancia eterna de Felix Mendelssohn y la melancolía brumosa de Edvard Grieg, quien en The Death of Åse (La muerte de Ase) logra que la fragilidad de la tierra se convierta en un canto de despedida lleno de dignidad.

En este denso tejido romántico, la voz de Gabriel Fauré emerge para elevar el espíritu con el In Paradisum (Al Paraíso) de su Réquiem, Op. 48, una página donde el miedo ancestral se disuelve en una caricia de seda celestial, asegurándonos que el final no es un muro, sino un umbral.

La búsqueda de este umbral nos conduce inevitablemente a la confesión última y a la transfiguración del yo. Es Gustav Mahler, el visionario que caminó sobre el abismo de la modernidad, quien nos entrega la llave del consuelo definitivo.

En su místico lied Ich bin der Welt abhanden gekommen (Estoy apartado del mundo), no hallamos una soledad amarga, sino una dulce compañía espiritual. Al cantar: “Estoy muerto para el ajetreo del mundo / y descanso en un lugar de paz / vivo solo en mi cielo, en mi amor y en mi canción”, Mahler nos revela que la música es el hogar metafísico donde el alma jamás queda huérfana.

Esta soledad mahleriana es el abrazo más profundo: el instante en que el estrépito de la vida cesa y el sonido se convierte en la dulce compañía que nos susurra al oído que todo está en su sitio.

Como bien sentenció Victor Hugo: “La música expresa aquello que no puede decirse con palabras pero que no puede permanecer en silencio”.

Al asombrarnos ante la inmensidad de una sinfonía, el diálogo íntimo de un concierto o la devoción de una cantata, recuperamos la memoria de nuestra propia nobleza: recordamos que somos capaces de transformar el llanto en una armonía de luz. Nuestra verdadera naturaleza no es la derrota ni el cinismo, sino la eterna posibilidad de renacer a través de la belleza.

Y así, cada vez que la música vuelve a sonar, el ser humano recuerda que incluso en medio de la historia más turbulenta, la belleza sigue siendo su forma más alta de verdad.

Docente pedagogo y especialista en Filosofía y Letras, con experiencia en relaciones humanas, ética empresarial y gestión cultural. Divulgador de la música culta, integra rigor académico y sensibilidad artística. Su labor impulsa la formación cultural del país.

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