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Ruge, luego existe, II

Todo hay que decirlo; en política, antes de consolidarse como opción, los fenómenos primero se vuelven inevitables, y De la Espriella ya lo es.

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Álvaro Benedetti
Álvaro Benedetti | Foto: El País

18 de may de 2026, 01:22 a. m.

Actualizado el 18 de may de 2026, 01:22 a. m.

Hace unas semanas escribí en este espacio que el rugido de Abelardo De la Espriella todavía no alcanzaba estatura política suficiente. Hoy no estoy tan seguro. Y no porque haya perfeccionado el programa, aclarado las cifras o aterrizado el libreto, sino porque, como es típico en la recta final de campañas, el país parece haber entrado en una fase emocional donde la estridencia empieza a importar más que la arquitectura del discurso.

Es revelador que no existe conversación donde su nombre no aparezca —empresarios, taxistas, abogados, jóvenes despolitizados, antiguos uribistas decepcionados y hasta electores de centro lo mencionan. A veces con entusiasmo, otras con ironía, muchas con resignada curiosidad, ¡pero lo mencionan! Que soberbio estratega tiene a cuestas y que portentoso candidato es. Todo hay que decirlo; en política, antes de consolidarse como opción, los fenómenos primero se vuelven inevitables, y De la Espriella ya lo es.

Eso obliga a mirar el momento colombiano con menos suficiencia intelectual y más honestidad analítica. El ascenso de ‘El Tigre’ no habla únicamente de él; habla del agotamiento de un sistema que logró convencer a millones de ciudadanos de que la política tradicional y las instituciones producen más frustración que soluciones.

El dilema de fondo es que el país se disputa entre dos modelos distintos de ruptura institucional. De un lado, la nostalgia tropical por modelos que fracasaron incluso donde fueron inventados — el socialismo de sobremesa, radical en el discurso y burgués en las costumbres, esa izquierda de Petro y Cepeda que me rehúso a llamar progresista, que confunde empresa con pecado y déficit con justicia social.

Del otro lado empieza a incubarse el voto útil, incluso —para mi sorpresa— entre algunos intelectuales con quienes converso y que ven en De la Espriella no solo un antídoto, sino la posibilidad de ensayar algo completamente ajeno a la política tradicional. El voto útil más clásico, el de manual, el voto del cansancio; el del ciudadano que termina escogiendo al candidato que percibe capaz de sacar al país de una deriva dogmática, fatigosa y económicamente incierta, no porque lo considere perfecto, sino porque lo siente menos riesgoso frente a un proyecto atrapado entre la retórica y el experimento permanente.

Montado en alta gama, es intuitivo, emocional, provocador, dueño de un lenguaje mucho más eficaz para canalizar rabias que para construir consensos. Su apuesta no consiste en refinar las instituciones sino en desacreditarlas frente al electorado, instalando la idea de que el problema ya no es quién gobierna el sistema, sino el sistema mismo, como lo capitalizó Rodolfo Hernández hace cuatro años con las latas de un R4.

La paradoja es que un legalista acérrimo como él, llegado al poder con ese mandato de ruptura, enfrentaría la misma tentación que han caído todos los populismos cuando ganan —descubrir que las instituciones no se destruyen, se capturan.

Reducirlo al personaje extravagante es un error, comprendamos que es su ropaje de campaña, una que lleva al menos 15 años en construcción. Su éxito parcial viene de haber entendido que buena parte de la sociedad no quiere pedagogía política sino reivindicación emocional; que no hay que convencer desde la técnica sino conectar desde la confrontación.

A quienes lo comparan con Bukele les recomiendo no agotar el análisis en el tema carcelario, repetido hasta el cansancio por analistas perezosos. El parecido más relevante está en que ambos comprenden que la crisis contemporánea de la democracia liberal no nace solamente de la inseguridad o la pobreza, sino de la pérdida de legitimidad emocional de las dirigencias tradicionales. Bukele convirtió el desafío al establecimiento en identidad política; De la Espriella parece intentar exactamente lo mismo.

Al final, la pregunta ya no es si su candidatura tiene sustancia suficiente para gobernar, más bien sería por qué tantos colombianos parecen dispuestos a aceptar que quizá eso ya no importe tanto.

***

Claridades: Cómo se parecen los populismos, ¿no creen? Uno llega prometiendo la revolución desde la izquierda; el otro, prometiendo salvarla desde la derecha. Ambos necesitan un enemigo, ambos desconfían de los contrapesos y ambos le piden al ciudadano el mismo acto de fe —que suspenda el juicio crítico y confíe en el caudillo.

Consultor internacional, estructurador de proyectos y líder de la firma BAC Consulting. Analista político, profesor universitario.

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