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Mi pie sobre el gigante

El gigante de cartón, sostenido por miedo y propaganda, cayó cuando dejó de ser útil. Para un país exhausto, fue quizá lo mejor que podía ocurrir: el fin del mito de la intocabilidad.

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David Rosenthal
David Rosenthal. Columnista | Foto: El País

8 de ene de 2026, 01:35 a. m.

Actualizado el 8 de ene de 2026, 01:35 a. m.

Aquella noche del 27 de diciembre de 2025, en Bogotá, cuando el pastor Rodríguez evocó desde la plataforma de la iglesia Avivamiento el mensaje ‘Mi pie sobre el gigante’, no hablaba de mitología ni de metáforas dulces. Hablaba de una ley antigua y despiadadamente vigente: los gigantes no caen por falta de fuerza, sino por exceso de soberbia. La Biblia no edulcora el poder; lo desnuda. Goliat no perdió por débil, sino por bocón. Y Hamán no cayó por ingenuo, sino por creerse dueño del destino ajeno.

La escena de Ester y Mardoqueo, recordada con fuerza aquella noche, es quizá la más incómoda para los amantes del moralismo superficial. Hamán, convencido de su impunidad, mandó construir una horca para Mardoqueo, el judío que se negaba a inclinarse ante él. El giro bíblico es tan elegante como cruel: Hamán terminó colgado en la misma horca, junto con sus hijos. No hubo negociación ni pedagogía blanda. Hubo justicia poética y tiempo exacto. Ester no gritó, no marchó, no improvisó. Esperó. Mardoqueo no conspiró: resistió. La fe bíblica, cuando es auténtica, no es histérica; es estratégica.

Ese patrón volvió a aparecer con nitidez cuando uno observa el tablero global reciente. Israel dejó de justificarse y pasó a ejercer soberanía. Los líderes de las organizaciones terroristas que hicieron del exterminio judío un proyecto político fueron cayendo uno tras otro, algunos de forma estrepitosa, otros en silencios quirúrgicos. El ruido se apagó. Los hechos hablaron. No fue épica, fue eficacia.

En ese reordenamiento incómodo del mundo, Donald Trump volvió al centro del escenario con la delicadeza de un bulldozer y la claridad que incomoda a los relativistas. Su entendimiento con Benjamín Netanyahu no es sentimental ni retórico: es operativo. Cero ambigüedades frente al terrorismo, cero paciencia con quienes confunden causa con barbarie. A su alrededor, Marco Rubio emergió como algo más que un senador: un arquitecto hemisférico. Junto a él, un bloque latino —Salazar, Giménez, Díaz-Balart— demostró que identidad latina no es sinónimo de ingenuidad ideológica ni de antisemitismo disfrazado de sensibilidad social.

Venezuela fue la parábola moderna. El régimen que se creyó eterno terminó reducido a expediente. El gigante de cartón, sostenido por miedo y propaganda, cayó cuando dejó de ser útil. Para un país exhausto, fue quizá lo mejor que podía ocurrir: el fin del mito de la intocabilidad. A veces la misericordia histórica llega con guantes quirúrgicos y sin pedir permiso.

Y entonces aparece Colombia, siempre tan creativa para equivocarse a destiempo. Gustavo Petro decidió retar a Trump como Maduro creyó poder hacerlo; retó a Israel como si la historia fuera un foro universitario. Apostó por causas que dan aplausos digitales y restan aliados reales. Es el error clásico del falso David: confundir honda con megáfono. La Biblia es clara y poco indulgente con esa confusión.

Cuba y Nicaragua ya conocen el final del libreto. Son vitrinas del gigantismo fallido: mucha consigna, poco pan; mucha épica, ninguna salida. Petro parece decidido a aprender la lección por inmersión, arrastrando consigo candidatos y seguidores que creen que la política exterior se escribe con pureza moral y no con cálculo. La historia no castiga las ideas; castiga la torpeza estratégica.

Hay, además, una ironía exquisita en la izquierda woke y el pro-palestinismo de salón: invocan a Jesús mientras borran que fue judío; hablan de derechos mientras relativizan el terror; denuncian imperios mientras sueñan con borrar a Israel del mapa. Cinismo bien redactado, muy eficaz en redes, completamente inútil frente a la realidad.

Y el mensaje se extiende más allá. Irán muestra grietas visibles; ningún régimen sostenido por miedo es eterno. En Washington y Jerusalén se habla cada vez menos de contener y cada vez más de liberar pueblos. El desenlace, también en Colombia, queda abierto. La advertencia es bíblica y sin anestesia: como Hamán, quien construye la horca para el judío suele terminar probándola. El gigante cae, alguien pone el pie sobre él… y la historia sigue, sin pedir disculpas.

X: @rosenthaaldavid

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