Columnista

Maestra tierra

La ‘ciencia’ debe entender por qué un hombre del campo puede curar con saliva y clorofila una mordedura de serpiente, o un pescador sabe el secreto para conjurar la picadura de una aguamala.

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Medardo Arias Satizábal
'A este lado del estero', poemario de Medardo Arias Satizábal. | Foto: Medardo Arias Satizábal / Ser Zanja

12 de feb de 2026, 02:08 a. m.

Actualizado el 12 de feb de 2026, 02:08 a. m.

Concluimos entonces que el idioma es también hijo de la necesidad y sus armonías, sus elipsis rítmicas, sus contextos interiores, se relacionan con la tradición o la costumbre, de la que surgen nuevos vocablos, profundas acepciones.

El español que se habla hoy en California ha sido permeado por el inglés y el que se habla en la frontera entre Argentina y Brasil lleva de manera irrefrenable el timbre de Machado de Assís.

Entre las comunidades negras e indígenas del Pacífico colombiano prevalecen suficientes arcaísmos como para volver a escribir, desde una óptica de sudor y selva, nuestra propia Fuenteovejuna, nuestro Lazarillo de monte adentro o una nueva versión del Buscón Don Pablos.

Que la vida es sueño nos enseñó Pedro Calderón de La Barca y a darnos palos con tahúres y oligofrénicos en caminos mal avenidos, el glorioso Manco, el creador del loco más lúcido y divertido, don Alonso Quejana o Quexada, Señor de Argamasilla de Calatrava, más conocido en las fondas de La Mancha como don Quijote, hidalgo ingenioso, honra y prez de los caballeros que el mundo han sido.

Tenemos, pues, desde la América nueva y mestiza, los siglos XVI y XVII completos en la memoria, como tiempo detenido. Rondas, minués, entremeses, contradanzas, leyendas moras y cristianas nos llaman encendidas desde el ‘obscuro Pacífico’, como lo llamaba el Sabio Caldas, para reafirmarnos la sentencia de Juana de Ibarbouru cuando nos recordó que nuestra lengua es “ardiente como una llama y viva como el agua”. En nuestro Pacífico, los pescadores sueñan todavía con los Caballeros de la Mesa Redonda, con la espada de Roldán y las pícaras aventuras de Turpín El Nigromante o el inquieto Fierabrás de Alejandría.

Para quienes nacimos entre lluvia persistente y el sol de hierro, el relato encantado en las noches, traído por nanas de Zimbawe, aquellas historias de ‘irás y no volverás’, percuten en la memoria, con la necesidad de recuperar el paraíso, el edén perdido del gozo, del tributo a la invención de la palabra.

La misma historia prende por toda América Latina, la palabra de Quevedo de la mano del Inca Garcilaso, por quien los senadores peruanos se trenzaron en un debate acerca de si había nacido en El Cuzco o en El Cozco. Qué edificante que estos espacios no se discuta solamente la burda política, sino la historia significante de los pueblos.

Lindo saber que en el mundo de los Incas, bajo el imperio de Viracocha, una noche de truenos y relámpagos tenía la exacta equivalencia musical de una palabra como ‘cuñununún’, prez y sello de la onomatopeya en nuestra lengua. Una palabra nace de ese instante fulgurante cuando el relámpago precipita un rayo sobre los árboles.

Fieles al ‘Pacha Cámac’, es decir, a la realización del hombre con su alma y con el universo, los Incas nos legaron, a través de Garcilaso, hombre de casta aborigen y castellana, no solo la configuración geográfica de los reinos y provincias del grande y rico imperio del Perú, sino su visión de las antípodas, el paisaje verbal, intacto, del siglo XVI.

Fue uno de los primeros americanos que vio su obra impresa en España. Sus libros se leen como una enciclopedia del nuevo mundo, donde el herbario aporta un camino en la curación de dolencias.

Hoy, cuando el mundo reconoce la partería del Pacífico como patrimonio humano, es menester volver al Inca Garcilaso para unirnos desde Colombia al propósito sanador del Perú, donde ya existen hospitales en los que los medicamentos químicos no existen, y se trata a los pacientes con los secretos del monte.

La ‘ciencia’ debe entender por qué un hombre del campo puede curar con saliva y clorofila una mordedura de serpiente, o un pescador sabe el secreto para conjurar la picadura de una aguamala. Volver a estar en contacto real con la tierra, volver a ser ‘mágicos’; ahí está el secreto.

Medardo Arias Satizábal, periodista, novelista, poeta. En 1982 recibió el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar en la categoría Mejor Investigación. En tres ocasiones fue honrado con el Premio Alfonso Bonilla Aragón de la Alcaldía de Cali. Es Premio Nacional de Poesía de la Universidad de Antioquia, 1987, y en 2017 recibió el Premio Internacional de Literaturas Africanas en Madrid, España.

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