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Educación cívica

Se trata de una educación cívica actualizada, que, una vez que la mayoría de los habitantes de una ciudad la adquieren y practican, los nuevos que lleguen a ella la seguirán...

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Benjamín Barney Caldas.
Benjamín Barney Caldas. | Foto: El País

12 de feb de 2026, 02:14 a. m.

Actualizado el 12 de feb de 2026, 02:14 a. m.

Para que los habitantes de la ciudad logren convivir mucho mejor en ella y en sus barrios, conjuntos residenciales y calles, en tanto hacerlo con placer y significado, es preciso que puedan compartir en armonía sus respectivos espacios urbanos públicos y los entornos vinculados a ellos, para lo cual es prioritaria su educación cívica. Es decir, información en tanto sus deberes y derechos, en los que el respeto por los otros, el comedimiento y la colaboración son fundamentales para que el vivir en la ciudad sea seguro, funcional y grato, e incluso ocasionalmente emocionante, tanto al permanecer en sus barrios, conjuntos residenciales, edificios y casas, como circulando, a pie o en un vehículo, por sus distintas vías, plazas, parques y zonas verdes.

En la ciudad, en sus calles, conjuntos residenciales y barrios, el respeto por todos sus habitantes para su convivencia pacífica y respetuosa y en un entorno más apacible, comienza por unas normas de urbanidad actualmente comunes en todo el mundo. Estas normas se centran en el respeto a las personas, opiniones y espacios; en la cortesía en tanto saludar, dar las gracias, usar el ‘por favor’; en el cuidado del entorno, no tirar basura al suelo, no pintar grafitis, no abandonar objetos en la calle; y en la empatía, no invadir el espacio de los otros, ceder el paso a personas mayores o con problemas de movilidad o transportando maletas u objetos grandes, respetar el turno de los demás, ser puntual y moderar el volumen de la voz en público.

Al circular por la ciudad a pie, hacerlo siempre por los andenes y cruzar únicamente por los pasos peatonales, o por las esquinas si no están señalizados; y al circular en un vehículo, las normas se centran en el respeto a los demás (peatones, ciclistas, motocicletas, automóviles) en el cumplimiento de las normas de tránsito (semáforos, señalizaciones, demarcaciones) y además hay otras exigencias para los conductores de vehículos, ya sean bicicletas, motos o automóviles, como ceder el paso a niños, adultos mayores o con problemas de movilidad, respetar los pasos peatonales y la prioridad total de estos en los pasos pompeyanos, usar las luces direccionales y de estacionamiento, y el cinturón de seguridad, no conducir ebrios, y no usar el celular.

La evolución histórica de las normas cívicas de convivencia y buenos modales se inicia desde las ciudades antiguas en Grecia y Roma, en tanto diferenciadoras sociales de sus habitantes, entre sus élites y los demás; pero ya en el siglo XIX, compendios, como el Manual de urbanidad y buenas maneras, 1853, de Manuel Antonio Carreño, contienen lecciones y consejos sobre cómo deben comportarse todas las personas, ya sin diferenciaciones sociales entre ellas, en todos los lugares públicos y privados. Manuales que tuvieron su auge en Occidente a principios del siglo xx, en ediciones francesas e inglesas, y que ya en el XXI son base para la formación de urbanitas, llevando a la armonía social y el bienestar colectivo en las ciudades.

Se trata de una educación cívica actualizada, que, una vez que la mayoría de los habitantes de una ciudad la adquieren y practican, los nuevos que lleguen a ella la seguirán, igual como lo suelen hacer los turistas educados y cultos por todas partes del mundo. De ahí que en las ciudades en las que, por diversas circunstancias, es preocupante la carencia de una educación cívica por parte de sus habitantes, principalmente cuando aquellas crecen mucho y muy rápido, y sus autoridades municipales deciden iniciar directamente su educación cívica, esta debe ser la adecuada, y de manera permanente y por varios años, procurando que así se convierta en una costumbre más para la mayoría de los habitantes de la ciudad, debido a su repetición cotidiana.

Arquitecto de la Universidad de los Andes con maestría en historia de la Universidad del Valle. Ha sido docente en Cali en Univalle, la San Buenaventura y la Javeriana, y en el Taller Internacional de Cartagena, de los Andes, y continua siéndolo en la Escuela de arquitectura y diseño, Isthmus, en Panamá. Miembro de la Sociedad Colombiana de Arquitectos, la Sociedad de Mejoras Públicas de Cali y la Fundación Salmona. Escribe en El País desde 1998.

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