Columnistas
La verdad murió
Lo que murió fue la verdad gratuita, aquella que llegaba hasta nosotros sin exigir ningún esfuerzo. Ahora la verdad requiere trabajo, y esa tarea nos corresponde a todos.
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20 de jul de 2026, 01:35 a. m.
Actualizado el 20 de jul de 2026, 01:35 a. m.
Hace casi siglo y medio, Nietzsche escandalizó a Europa al proclamar que Dios había muerto. Hoy, con menos estruendo, pero quizá con más víctimas, podríamos firmar otro certificado de defunción: el de la verdad.
Durante buena parte de la historia humana, ver era creer. Una fotografía servía como prueba; un video, como evidencia; una voz reconocible, como testimonio. Ya no es así. La inteligencia artificial puede fabricar rostros, voces y escenas cada vez más difíciles de distinguir de la realidad. Por primera vez, incluso el testimonio de nuestros propios ojos ha quedado en entredicho.
No es una preocupación menor ni nueva. Henry Kissinger, Eric Schmidt y Daniel Huttenlocher advirtieron que esta tecnología está transformando nuestra relación con la realidad y el conocimiento como no ocurría desde la Ilustración: por primera vez, máquinas que no razonan como nosotros participan en definir lo que percibimos como cierto. Sostienen, incluso, que esta era necesita su propio Descartes y su propio Kant para comprender lo que estamos creando.
Este no es un debate académico. Es el nuevo campo de batalla.
El terrorismo siempre ha sido, en esencia, un fenómeno psicológico. Su objetivo no es únicamente la víctima directa, sino el miedo que provoca en quienes observan. Hoy, sin embargo, ya no se necesita una bomba para paralizar una ciudad: puede bastar una cadena de WhatsApp.
El ciberterrorismo y su pariente más silencioso, el terrorismo informativo, encontraron en las redes sociales el vehículo más barato y eficaz que haya existido. Un audio manipulado, un video fuera de contexto o una imagen falsa pueden lograr que, en cuestión de minutos, una comunidad entera entre en pánico.
En el Valle del Cauca ya lo hemos vivido. Han circulado rumores sobre atentados que nunca ocurrieron; supuestos ‘toques de queda’ que ninguna autoridad decretó, pero que vaciaron calles y cerraron comercios; y videos de hechos ocurridos en otros países o en años anteriores, presentados como si sucedieran en Cali o en nuestros municipios.
Las consecuencias son reales: el tendero que baja la reja más temprano, los padres que retiran a sus hijos del colegio, la inversión que se aplaza. El pánico digital también tiene un costo económico. Y la tercera economía del país, un Valle del Cauca que acaba de ratificarse como el tercer departamento más competitivo de Colombia, no puede permitir que una percepción fabricada destruya lo que el trabajo de su gente ha construido.
¿Por qué funciona tan bien la mentira? Porque la arquitectura de las plataformas premia la indignación y el miedo, no la exactitud. El algoritmo no pregunta si algo es cierto; pregunta si genera una reacción. Y nosotros colaboramos cuando compartimos antes de verificar, muchas veces porque el miedo se disfraza de deber ciudadano de ‘informar’.
Así, sin proponérnoslo, podemos terminar convertidos en repetidores del terrorismo informativo. La mentira no necesita convencernos: le basta con que la reenviemos.
Pero permítanme corregir el titular. La verdad no murió. Lo que murió fue la verdad gratuita, aquella que llegaba hasta nosotros sin exigir ningún esfuerzo. Ahora la verdad requiere trabajo, y esa tarea nos corresponde a todos.
Al ciudadano le corresponde adoptar el nuevo alfabetismo de nuestro tiempo: verificar antes de compartir. Bastan treinta segundos para preguntarse: ¿quién publica la información?, ¿cuándo ocurrió?, ¿alguna autoridad o un medio serio la confirma? Verificar es hoy un acto de responsabilidad cívica.
A las instituciones les corresponde entender que, en la era digital, desmentir varios días después equivale casi a no desmentir. Se necesitan protocolos de respuesta en minutos y canales oficiales sólidos y reconocidos por la ciudadanía.
Al sector empresarial y gremial también le corresponde asumir su responsabilidad como emisor de información confiable. Desde el Comité Intergremial y Empresarial del Valle del Cauca hemosdefendido una disciplina sencilla: comunicar únicamente con datos verificables. Ese rigor, que puede parecer técnico, es en realidad una forma de proteger la confianza.
Si la verdad murió, nos corresponde resucitarla todos los días.
Este 20 de julio, mientras conmemoramos la Independencia y se instala el nuevo Congreso de la República, debemos respetar a quienes ejerzan de manera pacífica su derecho a manifestarse y evitar cualquier confrontación. Pero también debemos cerrarles el paso a la desinformación y a la manipulación digital que buscan sembrar miedo y alterar la convivencia.
En la era de la inteligencia artificial, verificar antes de compartir también es una manera de defender la democracia. El Valle que queremos se construye con serenidad, respeto y la decisión colectiva de no prestarle nuestros dedos a la mentira.

Tulueño, actual director ejecutivo del Comité Intergremial y Empresarial del Valle del Cauca. Ingeniero Agroindustrial (USB Cali), Especialista en Economia (PUJ Bogotá) y Magíster en Desarrollo Rural (PUJ Bogotá).
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