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Después del sismo, entender para actuar
Esta tragedia nos recordó con crudeza que la crisis no concluye cuando el suelo deja de temblar...
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5 de sept de 2026, 12:48 a. m.
Actualizado el 5 de sept de 2026, 12:48 a. m.
El sismo del pasado 10 de agosto expuso de manera implacable la vulnerabilidad del suroccidente colombiano. Más allá de la destrucción física y el dolor de las pérdidas humanas, la emergencia golpeó el corazón productivo de una región históricamente marcada por la desigualdad. Esta tragedia nos recordó con crudeza que la crisis no concluye cuando el suelo deja de temblar, sino que apenas comienza en la cotidianidad de las familias cuya supervivencia depende del día a día de su micronegocio.
Frente a un dolor tan cercano, la inercia suele empujarnos a responder desde la prisa o la intuición. Sin embargo, la verdadera empatía y la innovación social caminan juntas: cuidar a las comunidades exige poner el conocimiento riguroso al servicio de las decisiones, garantizando que la ayuda no llegue a ciegas, sino con la precisión y el respeto que los territorios merecen.
Durante años he defendido una premisa que hoy cobra máxima vigencia: el conocimiento debe tener rostro, nombre y territorio. Superemos la costumbre de diagnosticar ‘sobre’ las comunidades como receptores pasivos para empezar a investigar ‘con’ ellas. Este cambio de preposición representa la diferencia entre una asistencia desconectada y una respuesta verdaderamente transformadora.
Para entender la magnitud del impacto sin caer en especulaciones, desde la Fundación WWB Colombia escuchamos de primera mano a miles de nuestras beneficiarias en la región. Los hallazgos revelan una herida profunda: tres de cada cuatro negocios se detuvieron por completo. La parálisis responde tanto al daño en la infraestructura como al colapso de la demanda local y a una fragilidad habitacional previa, ya que la gran mayoría de estos emprendimientos operaba dentro de la misma vivienda. Cuando las paredes de un hogar colapsan, se destruye simultáneamente el espacio de trabajo y el único sustento familiar.
Esta realidad azota con especial dureza a las mujeres. En Colombia, casi la mitad de los hogares están encabezados por jefaturas femeninas que emprenden impulsadas por la pura supervivencia. Ellas ya competían en una cancha profundamente desigual, enfrentando barreras históricas de ingresos y sobrecargas extenuantes de trabajo de cuidado no remunerado. Hoy, tras la tragedia, la parálisis de sus actividades productivas significa un riesgo inminente de retornar a la pobreza extrema y perder la autonomía económica que tanto esfuerzo les costó construir.
Democratizar el saber y socializar esta evidencia actúa como una herramienta de eficiencia social, alejada de un mero trámite académico. Visibilizar con precisión que la prioridad de las emprendedoras se concentra en capital para reactivarse, reparación de vivienda y acompañamiento psicosocial entrega una hoja de ruta clara. Se trata de ofrecer insumos para que el sector público, la empresa privada y las organizaciones de cooperación enfoquen sus recursos donde el impacto sea real, sin partir de cero ni duplicar esfuerzos.
La reconstrucción del suroccidente exige superar los esquemas asistencialistas inmediatos.
Necesitamos una estrategia de recuperación con enfoque diferencial que combine capital productivo, conexiones de mercado y asistencia técnica con el fortalecimiento del tejido comunitario. A la par, resulta urgente consolidar un Sistema Nacional de Cuidados que alivie la sobrecarga del hogar, permitiendo que las mujeres dispongan del tiempo necesario para reconstruir su patrimonio y su proyecto de vida.
Hoy más que nunca, nuestro acto de responsabilidad más firme debe ser la articulación. Que la democratización del conocimiento sea el polo a tierra que proteja a las familias que no pueden esperar. Convertir la investigación en acción colectiva es el camino para garantizar que la reconstrucción se traduzca en un cimiento real hacia la equidad y el desarrollo territorial.

Presidente de la Fundación WWB Colombia







