Polarización

Polarización

Febrero 20, 2019 - 11:40 p.m. Por: Jorge Restrepo Potes

La ventaja de contar con una vida larga -y con buena memoria- es que permite al longevo y al memorioso ser testigo directo, y no solo de oídas, de muchos acontecimientos que dejaron huella en la historia de Colombia, en mi caso, de los últimos 70 años, que son de los que puedo dar cuenta pues desde niño me interesó estar enterado de lo que pasaba en nuestra patria, mejor concebida entre los pliegues del corazón que en la renuente naturaleza de los hechos.

Ahora se habla mucho de la polarización y con esa palabra se pretende significar la pugnacidad que se observa en plurales escenarios, aún los familiares en los que parece que la agresividad y el odio se impusieran sobre todos los sentimientos afectivos de la gente, que parece dividida en tribus antagónicas que todos los días se muestran los dientes, como si viviéramos en permanente confrontación.

Pero ahí entran en juego las vivencias de quienes hemos observado el panorama nacional por tantos años que nos permiten decir, sin temor de ser rebatidos, que esa tal polarización, de grado superior a la de los vidrios de los vehículos de alta gama de los ostentosos, no es flor reciente del pensil criollo.

Es cierto que hace años no se hablaba de polarización, pero debo decir que en Colombia, especialmente en la política, siempre ha habido odio larvado de los que creen ver enemigos en todos aquellos que piensan diferente, en los contradictores, en los contestatarios.

Para no meterme en el cercado ajeno, me concreto a lo que ha pasado siempre en el Partido Liberal. Esta colectividad, desaparecida del mapa político durante los 45 años de la hegemonía conservadora (1885-1930) renació en este último año, y en los 16 que estuvo en el poder convirtió en leyes y reformas constitucionales muchos temas que enardecieron a los recios exponentes de la derecha, que veían en los liberales el fantasma del demonio comunista, lo que degeneró, una vez caído el partido, en una violencia atroz que pretendió que esas ideas no regresaran jamás al Gobierno.

De allí surgió una tremenda ‘polarización’ pues la escena política se convirtió en campo de batalla, que cubrió de sangre toda la geografía colombiana, hemorragia que taponó el Frente Nacional, pero que liquidó a los partidos tradicionales, que se convirtieron hasta hoy en simples agencias de empleo.

Esta polarización de ahora comienza cuando Juan Manuel Santos resuelve emanciparse de Álvaro Uribe, quien creía que iba a ser su presidente de bolsillo. Cuando vio que lo de Santos era en serio le armó con su séquito el frontal ataque con el caballito del acuerdo con las Farc. Esa es la polarización de ahora, idéntica a la que los mayores vivimos en el pasado.

Desmovilizadas las Farc y salido Santos del Gobierno, la derecha requería otra motivación de combate, y allí estaba Gustavo Petro para movilizar un nuevo aparato de odio. En eso estamos.

Así que eso de la ‘polarización’ es cuento viejo. Las agrias disputas en el Tuluá de 1940 de mi padre Federico Restrepo, líder del liberalismo santista -por Eduardo Santos- con Roberto Quintero, comandante del lopismo -por López Pumarejo- fueron terribles pues trascendían los encendidos discursos en el Concejo para instalarse en las plazas y en los cafés de mi pueblo.

Hoy Colombia sigue polarizada, y eso no es bueno para el país. Sueño que algún día nos despolaricemos, para que alguien invente un trabalenguas jocoso con ese juego de palabras.

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