Bien por Chucho

Escuchar este artículo

Bien por Chucho

Enero 26, 2020 - 11:55 p. m. Por: Guillermo Puyana Ramos

Fue una iluminación la sentencia de la Corte Constitucional sobre el habeas corpus al oso Chucho, una de esas decisiones sabias que ponen las cosas en orden y nos permiten ver la realidad, como el grito del niño en el cortejo del rey que delató su desnudez. Chucho no tiene derechos, pero hay que protegerlo.

Da pena la obviedad del pronunciamiento y da vergüenza que la discusión haya llegado hasta las más altas torres de la justicia porque en los antecedentes un magistrado de la Corte Suprema y la ponente inicial en la Constitucional Diana Fajardo, la misma detrás de la sentencia que tumbó las funciones de la policía para impedir el consumo de alcohol y drogas en los parques y que justificó que eso era como prohibir los pellizcos para proteger a las mujeres.

Este país ha dedicado tiempo y recursos gigantescos a complacer al ala radical del animalismo y el naturalismo declarando inoficiosamente a animales, bosques y ríos como sujetos de derechos sin que eso signifique una sola solución viable de nada. Un vicio que tiene antecedentes preocupantes, como la declaración por ley de los animales como seres sintientes o su calificación como marginados del contrato social igual que, óigase bien, “los negros y las mujeres” en palabras del exmagistrado Enrique Gil Botero.

El ser humano tiene una capacidad infinita de ridículo y codicia y curiosamente las dos encontraron un nicho prolífico en las mascotas. Mucho más que los bebés y mucho más que los novios o las mamás, el amor de las personas por sus mascotas ha creado un enorme negocio basado en la ridiculez. Hay sicólogos, terapistas de lenguaje, salones de spa, dietas macrobióticas, astrólogos, médiums, resorts; hace poco supe de un club de lectura cuya última ‘reunión’ fue sobre poesía. Todo ello parte de la idea de que las mascotas son como los humanos, aunque la evidencia científica y la vida cotidiana muestra tozudamente una y otra vez que solo son animales.

Esperemos que el caso del oso Chucho sirva de baremo para que jueces y magistrados se dediquen a lo que importa en vez de estar administrando justicia para animales. Supongo que el juez que tiene la disputa por el régimen de visitas de la mascota de una pareja en divorcio, tiene casos realmente graves para resolver: niños que no comen porque sus papás no aportan, mamás violentadas, patrimonios en manos de disolutos. En cualquier juzgado hay casos pendientes con problemas serios que afectan de verdad a familias enteras, puede tener que ver con la viabilidad de empresas o la supervivencia de alguien.

Creo que en este episodio pocos pensaron de verdad en Chucho, el oso andino recluido en el zoológico de Barranquilla, que personalmente creo que preferiría estar en la más andina Manizales y seguramente de no ser cautivo, estar en su páramo, porque cautivos por años los animales pierden sus instintos y retornarlos a la vida silvestre suele ser muy difícil y peligroso para ellos mismos.

Chucho es el gran silente del episodio, que todo estuvo protagonizado por abogados desocupados, desde el querulante que trivializó una de las herramientas más importantes para la protección de la libertad humana, hasta los altísimos dignatarios que le pusieron atención en vez de zanjar la disputa en sus primeros pasos y evitar semejante desgaste, que es inútil porque insisto el problema de verdad es otro, es la depredación del páramo y la caza furtiva. Para eso se necesita política, no habeas corpus. Y lo mismo pienso de los ríos, los bosques y los insectos que sucesivamente se han declarado ‘sujetos de derechos’.

Conecta con la verdad. Suscríbete a elpais.com.co
VER COMENTARIOS