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El regalo que Cali se debe

Vivir con gozo no exige invadir lo que le pertenece al vecino, y esa distinción es otra forma, quizás la más urgente hoy.

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Álvaro Benedetti
Álvaro Benedetti | Foto: El País

27 de jul de 2026, 12:42 a. m.

Actualizado el 27 de jul de 2026, 12:42 a. m.

El sábado pasado Cali cumplió 490 años, y estas y otras páginas se llenaron de orgullo, con la salsa, la Sucursal del Cielo, el Pacífico y esa alegría que nos inventamos en los años difíciles. La siento con más fuerza cuando la vivo desde lejos, deseando que la realidad doliera menos, aunque ese anhelo no esconda la pregunta de si la ciudad que presumimos es la misma que caminamos a diario, algo que casi nunca hacemos en medio de la fiesta.

No hablemos esta vez de empleo, ni de obras, ni de los favores de siempre en la administración, y tampoco de las pilatunas de nuestros ‘líderes’. Pensemos si la identidad que nos enaltece es solo un nombre, o si se mide en la brecha entre esa etiqueta y la realidad de quienes recorren sus calles; una distancia visible en el cuidado del espacio público y en el respeto al bien común.

Eso se nota en un parque bien pensado, un andén sin tropiezos, un hito que cualquiera reconoce antes de saber su nombre, como ese gato de bronce que Tejada regaló al río hace treinta años y sigue siendo, sin que nadie lo planeara, el símbolo más popular de todos. Esa belleza no depende del gusto, es armonía y dignidad compartida, la misma naturalidad con que antes cuidábamos el ornato sin llamarlo vanidad, y que se nos fue olvidando.

Cali tiene ahora mismo varios ejemplos pequeños de lo que ocurre cuando esa intención se queda a medio camino. En San Antonio, el piloto de urbanismo táctico que debía cuidar el paso lleva más de dos años sin evaluarse, mientras el barrio convive con el ruido de negocios que no respetan el descanso. En decenas de avenidas, ventas de comida y talleres de motos ocupan hoy el mismo andén que alguna vez se pensó sólo para caminar.

Vale la pena detenerse ahí un momento. La algarabía, ese bullicio que tanto queremos, no tiene por qué confundirse con el irrespeto que cruza la frontera del otro, un quiebre de la cortesía ciudadana que aparece por igual en el barrio más humilde y en el más adinerado. Vivir con gozo no exige invadir lo que le pertenece al vecino, y esa distinción es otra forma, quizás la más urgente hoy.

Lo mismo vale, a otra escala, para una violencia que no deja de asomarse, sobre todo en la conversación política, donde discrepar dejó de bastar y hace falta además ofender, rompiendo una convivencia que ninguna comunidad sostiene por mucho tiempo, y recuperarla depende, más que de buenos modales, de aprender otra vez a estar en desacuerdo sin necesidad de odiar a quien piensa distinto.

Ninguna de estas distancias es definitiva, y esa es la parte que más vale celebrar en un cumpleaños. Cali no necesita construirse de nuevo, tiene de sobra la sustancia sedimentada en generaciones que convirtieron cada dificultad en razón para empezar de nuevo. Se necesita voluntad, sentido estético junto a técnica y mejores técnicos, planes de embellecimiento que sobrevivan a una alcaldía, y la corresponsabilidad de quienes habitan cada cuadra, para cuidar con fervor el detalle más pequeño de lo que ya es.

***

Claridades: Y ya que estamos en confianza, dejo sobre la mesa si alguien en el Plan Cali 500+ sabe todavía qué significa, en la práctica, subir a Cali a otro nivel. Después de casi tres años reuniendo a media ciudad para soñar el futuro, hasta donde se ha hecho público no hay un solo proyecto de alto impacto que lo demuestre, y sospecho que ese silencio se debe menos a la falta de decisión que a la falta de claridad sobre qué se está buscando.

Consultor internacional, estructurador de proyectos y líder de la firma BAC Consulting. Analista político, profesor universitario.

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