Columnistas
Desobediencia civil
Lo que no fortalece la democracia es invitar a desconocer, desde el primer día, el resultado que produjeron las reglas constitucionales.
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9 de jul de 2026, 02:27 a. m.
Actualizado el 9 de jul de 2026, 02:27 a. m.
La desobediencia civil nació para enfrentar dictaduras, no para desconocer elecciones.
La historia la reserva para circunstancias excepcionales. Gandhi la utilizó contra un imperio. Martin Luther King contra leyes abiertamente injustas. Siempre apareció cuando el Estado había cerrado todos los caminos institucionales y la ley dejó de proteger a los ciudadanos.
Por eso resulta tan inquietante escuchar llamados a la desobediencia civil contra un presidente que ni siquiera se ha posesionado. Si las elecciones fueron válidas para participar, también deberían ser válidas para aceptar su resultado.
La democracia tiene una regla muy simple: unas veces se gana y otras se pierde. Lo realmente democrático no es celebrar la victoria. Lo verdaderamente democrático es aceptar la derrota cuando así lo deciden los ciudadanos.
Colombia acaba de hablar en las urnas. Habrá quienes compartan el rumbo del nuevo gobierno y quienes lo enfrenten desde la oposición. Ambas posiciones son legítimas. Lo que no fortalece la democracia es invitar a desconocer, desde el primer día, el resultado que produjeron las reglas constitucionales.
La Constitución no dejó a los ciudadanos indefensos. Si un gobierno viola la ley, existen jueces. Si abusa del poder, existen organismos de control. Si incumple sus promesas, existe una oposición con plenas garantías para denunciarlo. Y si los ciudadanos consideran que fracasó, volverán a decidir en las siguientes elecciones.
Por eso la desobediencia civil no puede convertirse en la primera reacción frente a una derrota electoral. Su razón de ser es exactamente la contraria: actuar cuando todas las instituciones han dejado de funcionar, no cuando apenas comienza un nuevo gobierno elegido por millones de colombianos.
Colombia conoce demasiado bien el costo de reemplazar el debate por la confrontación permanente. Bloqueos, polarización, desconfianza y una sociedad cada vez más dividida. No deberíamos recorrer otra vez ese camino.
Una oposición firme es indispensable para cualquier democracia. Criticar al gobierno, vigilarlo y denunciar sus errores fortalece las instituciones. Pero una cosa es ejercer oposición y otra muy distinta sembrar la idea de que el resultado electoral solo merece respeto cuando gana mi candidato.
La verdadera prueba democrática no llega el día de la victoria. Llega el día de la derrota. Ese es el momento en que se demuestra si se cree de verdad en las reglas del juego o solo en los resultados cuando favorecen la propia causa.
La desobediencia civil merece respeto porque fue concebida como el último recurso frente a la opresión. Convertirla en la primera respuesta a un resultado electoral no protege la democracia. La debilita. Porque cuando dejamos de aceptar el veredicto de las urnas, lo que empieza a perder legitimidad no es un gobierno. Es el voto de todos los colombianos.
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