La enfermedad silenciosa

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La enfermedad silenciosa

Julio 15, 2018 - 05:00 a. m. Por:
Carlos E. Climent 

Roberto tiene 60 años, está recientemente jubilado y lleva varios meses sin gusto por la vida. Ha visitado médicos de diversas especialidades. Como no le encuentran patología alguna le recetaron vitaminas, reconstituyentes y hormonas que, como era de esperar, no le han servido para nada. La esposa concluye que: “Se le acabaron las ganas”.

En un momento en el cual la humanidad se beneficia de los grandes progresos de la ciencia médica para tratar, por los medios más sofisticados, enfermedades graves pero relativamente infrecuentes, es inconcebible que exista un escepticismo tan grande sobre la existencia y el tratamiento moderno para la enfermedad más común y relativamente más sencilla de tratar: la depresión. Se trata de una enfermedad que, en sus múltiples presentaciones, sigue siendo ignorada tanto por el sistema médico como por la sociedad en general, a pesar de ser la enfermedad que más sufrimiento produce a nivel global. Vale la pena recordar que es la enfermedad médica que genera una mayor incapacidad en el mundo, muy por encima de los accidentes que aparecen en segundo lugar.
Las razones que se han planteado para explicar este desinterés por una enfermedad tan real, son las mismas de siempre:

*Es un trastorno silencioso que no identifica nadie y que va sumiendo al enfermo lentamente en desánimo, tristeza y aislamiento. El paciente no hace ruido. No se queja. No entiende qué le pasa y termina paralizándose.

*Como no hay “dolor, tumor, ni sangre” ni nada evidente, se concluye que nada urgente está ocurriendo.

*Los allegados se limitan a comentar: “Pobre Roberto, está rarísimo”. “Se volvió más chocho que nunca”. “Se pegó una envejecida tremenda y ya no se lo aguanta ni su mujer”.

*La sociedad siempre niega el papel de la psiquiatría y de los psicofármacos. Es una negación irracional e inconsciente que se origina en el temor ancestral a la “locura” (enfermedad mental). Y concluye equivocadamente que la mejor forma de alejar ese miedo es negando la existencia de esa posibilidad.

El fenómeno de la negación en el caso de Roberto incluyó también las conocidas frases de cajón de los irresponsables, o simplemente desinformados, de siempre:

“Usted no tiene nada”. “Ponga de su parte”. “No vaya a tomar medicamentos porque son peores que la enfermedad”. “Ni se le ocurra irle a consultar a un psiquiatra porque mínimo lo encierran”, etcétera.
Una de las luchas más arduas de esta profesión consiste en tratar de convencer no necesariamente al paciente deprimido sino a sus parientes sobre la realidad de una enfermedad médica que es tremendamente incapacitante si no se trata. Quien logra superar la resistencia de sus propios allegados se beneficia del tratamiento y se evita ese recorrido devastador por el infierno de la depresión. Invariablemente los afortunados que reciben los beneficios de la ciencia, expresan su agradecimiento por el alivio de unos síntomas que ellos, en sus horas más negras de aislamiento, consideraban sin solución y con el suicidio como su única salida.

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