Me fascinan los trancones

Me fascinan los trancones

Agosto 12, 2019 - 11:40 p.m. Por: Aura Lucía Mera

He desgastado mucho tiempo por no aceptar las cosas. Por perder los estribos, por tener la tolerancia a la frustración en cero, por tratar que el mundo entero girara alrededor mío, por querer cambiar a las personas sin saber que la que tenía que cambiar era yo.

De un terapista hace muchos años, el que me ayudó a abrir los ojos a mi realidad, a mi enfermedad de la adicción, a encontrar un camino propio hacia la espiritualidad, a dejar de blasfemar y vivir resentida y llena de rabia, le aprendí, repito, que la mente es como un molino que siempre está girando. Si lo alimento con agua cristalina se nutre de ella, si lo alimento con mierda lo mismo. De mi depende, el molino no escoge.

Por eso mismo decidí cambiar mi actitud ante los trancones, dejaron de convertirse en un martirio, llegando a los sitios hecha una furia, botando humo, y el tema principal se convertía en eso, en despotricar contra el sistema y darle más cuerda a la rabia.

Decidí una ecuación simplista pero que me funciona. Hay trancones porque existen más carros que calles, porque Cali creció como le dio la gana, con el permiso de curadores que, valga la redundancia, permitieron construir edificios y más edificios, jaulas y más jaulas a borde de andén. Jamás hubo un POT de verdad, pensando en la ciudadanía y en la ciudad. Años y años, sucesión de alcaldes y ninguna planeación seria, salvo en la primera administración de Rodrigo Guerrero, la alcaldía de Ospina y la actual de Armitage. Tal vez ya demasiado tarde. Ya el daño está hecho, así es y así tengo que aceptarlo.

Pero para mí el tema es otro. Amo los árboles. Decidí en cada trancón poner música clásica en el radio de ‘gazpacho’ de mi Renault color idem, y me dedico a observar las hojas de los árboles casi llevando el ritmo de las sinfonías, sonatas o flautas de la época medieval.

Sobre todo le sigo la pista a las ceibas, árbol que me despierta un amor incondicional. Miro sus troncos grises y fuertes como patas de elefante y esas ramas que se van abriendo majestuosas, retadoras. A veces tienen barrigas embarazadas, otras extienden sus ramajes más delgados hacia nosotros como queriéndonos abrazar. Algunas suben casi hasta el infinito, soberbias, altivas, cambiando de colores, desnudándose y volviendo a resplandecer.

Sus hojas se mecen a ritmos diferentes, tal vez conversan entre ellas, mientras nos observan desde su altura con compasión, mirando a los que nos creemos ‘reyes de la creación’ atrapados dentro de objetos rodantes que exhalan gas carbónico, atascados, sudorosos, emputados, pitando enloquecidos, como moscas enredadas en telarañas de concreto, que miran siempre hacia abajo sin dirigir sus ojos hacia arriba, hacia sus ramas, sus hojas y el cielo infinito que les sirve de techo.

He logrado convertir La Cañasgordas y La San Joaquín desde la Icesi hasta la 100 en una sinfonía, cada día diferente. Las palmas llevan sus cadencias con sensualidad, tranquila, las hojas de árboles pequeños a veces alcanzan compases frenéticos, o permanecen estáticas como al acecho de un nuevo ritmo. Ya están en florescencia los que engalanan la ciudad de amarillo, naranja, violeta, los que esparcen perfumes delicados. El pasto recién cortado nos envuelve de un aroma a limpieza, es como transitar bajo follajes mágicos que nos están invitando a unirnos en su música mecida por la brisa o la lluvia que les otorga un poder misterioso. Luego me interno en la 14, hasta la 50, que me lleva entre sombras y melodías hasta el Oeste y me recibe el parque del Acueducto con otras ceibas frondosas que me quitan la respiración.

Pd: Los cito a unirse a estas sinfonías. Simplemente es alzar los ojos, no cuesta nada.

Pd: Alejandro Eder crece en audiencia. Su programa de gobierno es a años luz el mejor. Además de la garantía de honestidad y saber rodearse de los mejores en sus áreas. Tenemos la oportunidad, de nuevo, de escoger bien.

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