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Detener los insultos

Septiembre 14, 2020 - 11:40 p. m. Por: Aura Lucía Mera

O detenemos los insultos y la polarización demente o todos seremos responsables de que la mecha se prenda y sus llamas arrasen con todo lo que encuentren. Y no habrá buenos ni malos, todos los colombianos seremos culpables y nadie podrá tirar la primera piedra de la inocencia porque todos hemos tirado pedradas de odio.

Nos hemos olvidado de que todos somos hermanos de patria, sin importar las diferencias económicas, las profesiones, las creencias, la raza, la sexualidad, la edad, la geografía. El campesino de Nariño es tan hermano del pescador del Caribe, como del ejecutivo de la Capital o el vendedor de la Plaza de Cayzedo de Cali. El recolector de café de alguna vereda caldense es hermano del guajiro que habita en su ranchería. El samario hermano del caucano, el santandereano del chocoano. Los campesinos del desierto de la Tatacoa hermanos de los mamos de la Sierra Nevada. Los fanáticos del ajiaco, hermanos de los fanáticos de las hormigas culonas; los que no pueden prescindir de la arepa’e huevo, hermanos de los que desayunan con chicharrón. Las etnias que trabajan las chaquiras de colores, hermanas de las que pulen esmeraldas para exclusivas joyerías.

Los herederos del mañana son los niños que pasan hambre en Tumaco y los que se educan en los más exclusivos colegios privados. Los gamines que limpian vidrios en los semáforos y los que pasan los fines de semana en sus fincas. Los niños-no-futuro, analfabetas y desnutridos, y los niños bilingües y asistentes a jardines infantiles donde aprenden a leer, socializar, etc. Los adolescentes que visten a la última moda y los que se protegen del frío con un saco de lana raída y mugrienta. Los jóvenes que ya han viajado a otros países y los que no saben que existe un mundo diferente más allá de la montaña y la parcela. Los que jamás, como diría León de Greiff, “han visto el mar”.

Los uribistas, los santistas, los petristas. Los reinsertados, los disidentes, los mamertos, los fascistas. Los vándalos, los soldados, los civiles. Los empresarios, los obreros, los avicultores, los mineros. Los enfermos, los sanos, los barbudos, los calvos.

Todos somos hermanos de patria. De este país privilegiado con tres cordilleras, dos océanos, valles y nevados, selva y llano. Todos tenemos derecho a vivir en paz, a respetarnos, a tener igualdad de oportunidades, a convivir sin matarnos.

Tenemos que dejar los insultos, las mentiras, la ambición desmedida del poder, la corrupción y la venganza. La verdad absoluta no existe. La justicia absoluta tampoco, como afirmaba Javier Cercas, el escritor español. La violencia solo trae más violencia y la sangre llama a más sangre.

Estamos en un punto de no retorno y los culpables somos todos, por acción u omisión, por agresiones verbales o silencios cómplices. Por desconocernos como Nación y vivir fragmentados. Por andar escarbando la mierda como las gallinas y no saber volar como las águilas para tener una mirada amplia y objetiva desde las alturas y divisar nuevos horizontes. Por no mirar qué clase de vida queremos legar a nuestros descendientes, qué clase de patria. Es el momento de escoger si el legado son más fosas comunes, más desaparecidos, más desplazados, más inequidad y más odio, o un mundo más amable donde quepamos todos y nos demos la mano, respetando creencias y formas de pensar.

No es con el odio por motor de arranque. Es abriendo el corazón al perdón, a la reconciliación. Un gran pacto nacional es lo único que nos puede salvar de la hecatombe. La pandemia, el confinamiento, el desempleo, el hambre, la intolerancia y la violencia intrafamiliar son combustibles explosivos. Estamos a tiempo. ¡Reflexionemos y permitamos hablar al corazón!

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PD.
Adelante, gobernadora Clara Luz Roldán. Le envío de corazón una descarga de energía positiva. Cuente con los ciudadanos de este Valle invencible. ¡Aquí nos tiene!

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