¡Cambio de aire!

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¡Cambio de aire!

Diciembre 02, 2019 - 11:40 p. m. Por: Aura Lucía Mera

Desde el ventanal miro al Cotopaxi, ese coloso nevado que sigue vomitando fumarolas de vez en cuando, denuncia al universo el calentamiento global mostrando, cuando le da la gana de descubrirse, su costado occidental herido como si la garra de una bestia nauseabunda le hubiera arrancado de cuajo su manto sagrado, siempre blanco y brillante.

Siento que un escalofrío me latiga la columna vertebral; veo con mis propios ojos el comienzo irreversible de una muerte anunciada, la del Planeta. Leo con terror que la Línea Ecuatorial es la más frágil y vulnerable en esta destrucción lenta e irreversible, y esta maravilla natural, el volcán activo más alto del mundo se yergue a escasos kilómetros del equinoccio. Solo cuando las tormentas y ventiscas lo envuelven regresa su pared herida, negra, muerta, a vestirse de blanco. Pero unos días de sol le bastan para mostrar la llaga.

Visito el Cotopaxi desde hace más de tres décadas. He seguido su curso año tras año. Desde épocas en que la nieve cubría sus faldas hasta acariciar esa meseta del Limpiopungo, un valle infinito donde pastan caballos y toros salvajes a cuatro mil metros sobre las olas del mar. Lo he visto teñirse de naranja y rosa cuando el sol se despide detrás del Quilotoa y su cráter turquesa. Lo he visto en noches de luna llena brillante ostentando esa luna en medio de su cuello como la hostia sagrada encima del copón. Lo he visto vomitar ceniza y fumarolas rojas de ira. He sido testigo del desplazamiento forzoso de cientos de habitantes y etnias que viven en sus alrededores.

Conozco de cerca sus leyendas y misterios. Sé de sus caprichos voluptuosos, cuando desnuda impúdico su belleza, cuando se deja acariciar por nieblas veladas y danzarinas que lo abrazan, y cuando permite que nubes de algodón como espumas lo adornen bajo un cielo azul añil. Lo quiero. He subido hasta su refugio donde el oxígeno escasea pero la magia ordena a los pulmones llenarse de pureza. Lo miro y me dejo hipnotizar desde el ventanal de San Agustín, ese tesoro incaico, preservado en un hotel-boutique único en el mundo. A través del cristal lo espío y espero con paciencia que me permita mirarlo y maravillarme de nuevo. Que me permita de nuevo sentir la presencia de ese Dios creador que lo inventó.

Leo las noticias de Colombia, leo y elimino whatsapps a lo loco. Noticias reales y malintencionadas. Me parece que estamos dando vueltas como los bueyes y las mulas en la noria, empantanados, sin liderazgos civiles ni gubernamentales, ni empresariales; cada cual golpea su cacerola con diferente son y nadie concerta nada. Como si nadie se percatara de que el tsunami se acerca por culpa de todos.

El gabinete presidencial es de ponerse a llorar. La indecisión permanente y las frases vagas del mandatario ídem. Es como ver una carrera de carritos chocones, divertido si no fuera el futuro del país el que está en juego. Las marchas hasta ahora pacíficas y democráticas ya cumplen su ciclo. Se llegó el momento de tomar decisiones.

Por favor, presidente Duque: tome el timón. Amárrese los machos. La historia jamás le perdonará si Colombia enfurecida se desmadra. Escuche. Actúe. Usted se debe a más de cuarenta millones de ciudadanos y no a un grupito fundamentalista, resentido y torpe.

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