¡Atascada!

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¡Atascada!

Junio 22, 2020 - 11:40 p. m. Por: Aura Lucía Mera

Domingo 21 de junio, Día del Padre. Hace años no coincidían el día ni la fecha. Pienso en todos los padres que ya no están, todos los de mi generación. Hoy domingo celebramos el día de nuestros hijos convertidos en padres y el día de los nietos que ven a nuestros hijos como padres, como lo hicimos nosotros. El círculo de la vida es perfecto, no se detiene jamás.

El mío se fue en silencio un domingo 21, Día del Padre, comienzo del solsticio del verano, un día especial, en que se conjugan el cosmos, las leyendas, y las tradiciones. Un día de luz. Para mí su partida fue una despedida de amor. El adiós definitivo un Día del Padre, un regalo doloroso y simbólico para sus tres hijas. El adiós definitivo del Padre, en su día. No podía ser de otra manera, era El Padre.

Desde ese momento, ya hace muchos años, tengo un hueco oscuro y vacío dentro de mí, que no he podido llenar con nada. Sé me quedaron atascadas tantas cosas para decirle. Cosas que cuando estaba a mi lado fui incapaz. Me fui alejando emocionalmente de él, el ídolo de mi infancia, el ídolo de mi vida. Me fui alejando porque no me sentía capaz de verlo envejecer. Me fui incrustando en una concha de silencio cobarde, así dolía menos, o era lo que yo creía. Pero pasan los años y sigo atascada sintiéndome culpable de haberlo abandonado. Por cobardía, por temor a mi dolor, insoportable y callado, de verlo alejarse por su edad. Llegué en un momento a sentirme traicionada. Los papás no pueden envejecer. No tienen ese derecho. Tienen que ser inmortales como los héroes de los cuentos infantiles, siempre triunfantes, siempre activos, siempre marcando la ruta segura, esa que soluciona todos los problemas y jamás se rinde. Como los capitanes de esos navíos que desafían todas las tormentas y siempre llegan a puerto.

Pero eso ocurre solamente en la fantasía, y yo me agarré de la fantasía hasta que ese día domingo 21 -yo estando con parte de mi familia en Nueva York, cuando lo íbamos a llamar, al atardecer, porque no habíamos podido comunicarnos de mañana, después de haber escuchado los coros de la Iglesia de Saint John, ir a almorzar a Little Italy, brindar por él, ya en el hotel entró la llamada como un cuchillo afilado que rompe, las vísceras. Contesté el teléfono. La noticia fue tajante. Mi cuñado, el portavoz –“Su papá acaba de morir”. Se oscureció parte de mi mundo. Nada volvió a ser igual.

Aterrizar el 22 directo a la funeraria. Abrí el ataúd para acariciarlo y besarlo. Su rostro en paz, su presencia impecable, como fue su vida, con su traje de paño inglés, gris de rayitas. En la maleta venía su regalo, unas camisas inglesas que todavía las guardo. Le pertenecen. Pedí un papel y un lápiz y le escribí una carta. Abrí de nuevo la caja y se la puse en sus manos. Tal vez la leyó.

Cuantas veces en mis visitas a Cali no lo acompañé a comer. Prefería quedarme arriba viendo televisión. No me sentía capaz de verlo frágil. Cuántas tardes, él en su habitación y yo rondando por la casona sin entrar a acompañarlo, sabiendo de su soledad. A veces me atrevía a acariciarle la cabeza o tomar en mis manos sus manos generosas. Pero no podía hablarle. El silencio mío era mi manera de sobrevivir. Sí, fui cobarde.

Le mando besos cuando hay luna. Le hablo mentalmente todo lo que nunca le dije. Uso antes de dormir unas gotas de su colonia favorita Roger Gallet par a entrar en mi mundo del sueño con su olor. Es una forma de sentir su compañía y su protección.

Han pasado muchos años. Ahora soy yo la que camina hacia la meta, pero se me saltan las lágrimas al escribir esto. Me perdonan los lectores, pero estaba atascada y tenía que soltarlo. Domingo 21 de junio, Día del Padre. Respiro hondo. ¡Me siento más liviana! Para mi es importante compartir.

PD. Inicio mis veinticuatro horas este domingo, un poco más, ligera de equipaje. ¡Tenía que ser así!

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