La Matraca: que 50 años no es nada...

La Matraca: que 50 años no es nada...

Septiembre 28, 2014 - 12:00 a.m. Por:
Lucy Lorena Libreros | Periodista de GACETA

La culpa es de Clímaco Parra, un campesino manizalita que en octubre de 1964 se mudó con toda su familia a esta ciudad para instalarse en una casa esquinera del barrio Obrero. Medio siglo después, y con los mismos tangos y boleros de entonces, el lugar se convirtió en algo que su dueño jamás cortejó: La Matraca, el último rincón tanguero de Cali.

“Ese tocadiscos suena como una matraca”, le gritó un cliente, desde su mesa, a don Clímaco Parra Restrepo. El hombre hacía su mejor esfuerzo todos los días, incluidos los domingos, para que la aguja rodara con suerte sobre el tocadiscos de 78 revoluciones, marca Garra, comprado hacía poco. A veces lo lograba, y entonces Gardel y Libertad Lamarque dejaban escapar nítido el espíritu pendenciero de sus canciones. Otras veces no tenía suerte. Otras más, como ese día. ¡Una matraca!.. Clímaco, caldense raizal, sabía bien de qué se trataba: era ese cajón pesado de madera, de sonido burdo y ensordecedor, utilizado sin falta al comienzo de las procesiones religiosas de Semana Santa en los pueblos rezanderos. El hombre sin embargo se tomó el apunte con gracia. Porque Clímaco era hombre tranquilo. Le huía a la contrariedad, a la pelea. Desde entonces, esa esquina del Obrero, de la Calle 22 con 11, no tuvo más destino que llamarse así: La Matraca.Aquello ocurrió una tarde de 1964. Y aún por ahí, sobre una repisa del lugar, reposan dos matracas pequeñas para que a nadie se le olvide la génesis de todo. Ha pasado medio siglo desde entonces y la anécdota hoy le pertenece a Jaime, el hermano menor de los diez hijos de Pedro Luis Parra y Aura Tulia Restrepo, que en esa época de violencia política huyeron hacia Cali con su familia, desde Manizales, persiguiendo la prosperidad de una ciudad menos chica. En esa esquina de colores vivos, al estilo de las casas de Caminito, el famoso callejón porteño argentino, está Jaime ahora. Dueño hoy de La Matraca, pide limpiar la mesa donde se sentará a recordar: es una mañana de jueves de septiembre y varios hombres, a los que él parece dirigir con la mirada, apuran su trabajo para culminar la ampliación —la décima y última en estos 50 años— que deberá quedar lista en octubre. Todo el mes, cuenta Jaime dichoso, habrá programación para celebrar medio siglo de tantos y de milongas.No siempre fue así. Aquí no siempre se escuchó música. Lo que funcionaba en esta esquina, antes de que Clímaco se la comprara a su primo Óscar Gómez, era un granero de barrio popular, construido en guadua y bahareque, tan pequeño y estrecho que cabía en la mirada. Jaime no tendría más de 8 años cuando veía madrugar a Clímaco —con quien se llevaba 20— rumbo a la galería de Santa Helena para surtir de carnes y verduras el negocio. Jaime, mientras tanto, limpiaba el piso de mosaico, el mostrador y las pocas mesas, unas cinco. Después, fiel al encargo de su hermano, hacía girar algunos discos de Carlos Gardel, de Alberto Podesta, de Agustín Magaldi, de Los Tres Diamantes o de Los Trovadores del Cuyo. Boleros y música tradicional argentina que hacían parte de la colección personal que el dueño del lugar había traído desde Manizales. Una música arropada en esos años por las clases populares de un país cuya banda sonora parecía amarrada con las cuerdas de los tiples. Al lado de bambucos y pasillos, el tango lucía, pues, como un invitado de mal gusto con sus cantos de matones de cantina. Género ‘menor’ de mitología de puñales y de muerte, con extraños códigos de amor y desamor, de honor y de coraje, que movía a los corazones de la gente humilde a lamentar las desventuras que no les ocurrieron y las culpas que no cometieron.Una música ajena, sí, extranjera, también. Algunos incluso la tildaban de pagana. Pero cuyos orígenes eran similares a la realidad de ese barrio Obrero, de calles rotas, cuyos habitantes habían aprendido a despertarse con los primeros silbidos del tren de Ferrocarriles del Pacífico que pasaba a pocas cuadras, en lo que hoy es la Calle 25.El tango, lo sabían todos aquí, había nacido a finales del Siglo XIX en los barrios más peligrosos de Buenos Aires, en el mismísimo muelle de La Boca, donde vivían marinos y gentes que emigraban de Europa. Décadas más tarde el tren, que recogía mercancía en Buenaventura, dejaría en Cali las voces de Gardel y otros intérpretes tangueros prensadas en ‘long play’ que se regaban por las calles. De eso se enteraría el propio ‘Zorzal criollo’, a quien 1.200 caleños, boleta en mano, se quedaron esperando el lunes 24 de junio de 1935 en las afueras del Teatro Jorge Isaacs. Ese día, a las 2:57 minutos de la tarde, el avión que traería a Gardel desde Medellín explotaba en el aeropuerto Olaya Herrera. La ciudad se quedó esperando para siempre al hombre de ‘Volver’ y ‘Por una cabeza’. Pero aquí, en el Obrero, Clímaco intuyó que a esa Cali tanguera, a esa Cali de taxistas, zapateros, maestros de construcción y trabajadores del ferrocarril, le faltaba un sitio para desaguar el alma de tanta música de arrabal.Un día, pues, el granero dejó de ser granero y se convirtió en fuente de soda. El plan consistía en sentarse a escuchar música y empujar unos tragos de cerveza o aguardiente. Tal como ahora, el día estelar es el domingo. Jaime ha seguido recordando y cuenta que “sin que Clímaco se lo propusiera, el domingo se convirtió en el más concurrido. Tenía que sacar asientos a la calle y poner música hasta tarde porque la gente no paraba de llegar”.Hoy, como hace 50 años, en La Matraca sus 14 meseros saben bien que es más fácil cerrar un viernes o un sábado. Jamás un domingo. Jaime lo resume así: “No se puede entender qué es La Matraca, si no se disfruta el último día de la semana”. Un domingo usted, seguro, encontrará en la mesa 8 a don Arcesio Valencia, expiloto de 104 años. El cliente más viejo del lugar y el más consentido. Años atrás, acá venía a parar con alguna de las tres novias que decía tener. La última de todas fue ‘La India’. Pero la mujer le dejó al viejo un mal de amores.La que ha escuchado sus penas es Leyda Santa, para todos el alma de La Matraca. Una bacterióloga que solía venir siendo muy joven para aprender sus primeros pasos de baile de salón y quien, ante la muerte de Clímaco en 1995, se propuso junto a Jaime Parra transformar el lugar en lo que es en el presente: un centro cultural cuya tradición es conocida incluso en el Instituto de Investigaciones del Tango y la Academia Nacional del Tango de Buenos Aires.Un domingo ocurren cosas así: usted puede coincidir en la misma mesa con Álvaro Ospina, a quien todos llaman El Paraguero; con El Tosco, famoso bailarín, o con Ana Cristina Monroy, bailarina de la vieja guardia. Podrá tropezar en la pista con Orlando y Ludivia o con Nelly, ‘La milonguera’. O tal vez tenga la suerte de hacerlo frente a Víctor Cuero para comprobar con sorpresa cómo sus 90 años no le impiden deslizar el cuerpo y envolver una cintura femenina por el mero gusto de bailar. Sucede que un domingo aquí, en La Matraca, la gente aplaude a Rubiela Ruiz, La Americana; a don Dubán Franco y a Martha Salazar de Echeverry, que rondan ya los 80 años; a ese dúo maravilloso que son ‘Las juntas’, integrado por las hermanas Myriam y Luz Mery Rodríguez, o a Áymer Álvarez, reportero gráfico que entre baile y baile va tomando fotos para memoria suya, para memoria de todos. No se le haga raro tampoco si ve en alguna mesa a Angelino Garzón, a la ex fiscal Vivian Morales o a empresarias de finas maneras como Clara Serra. El zapatero con el médico. El embolador con el ingeniero. Esa es realmente la magia de esta esquina de colores extraviada en una calle popular. Tampoco se le hará raro descubrir que las calles de afuera tienen también a sus propios personajes. Que lo diga Álvaro Gómez, que vive en la casa contigua, donde funciona su vulcanizadora El Enano. Cuando la economía familiar se lo permite, se escapa un domingo a La Matraca. A veces dos. Ha sido así durante los 20 años que lleva viviendo en el barrio.Lo propio hacen Jorge Hernán Ospina y Adolfo Chávez, zapateros, que se visten con sus mejores ropas ese día para separar mesa temprano. Asisten sin “la cantaleta de las esposas. Porque esto aquí es muy sano. Uno no viene para encontrar amores”, asegura Jorge Hernán. Leyda ríe. Porque La Matraca sí ha sido cómplice de asuntos del corazón. Algunos contrariados, otros duraderos. Fue lo que les sucedió a Edwin Chica y a Lina Valencia, a la postre fundadores de la Escuela Tango Vivo. Aquí se conocieron. Aquí se enamoraron. Edwin había llegado a Cali para dar unas clases de baile, pero desde que conoció a la que convirtió en su esposa supo que no podría devolverse y que la historia de amor de ambos se escribiría con baile, pese a que él tenía en el pie izquierdo cuatro platinos y 28 tornillos por culpa de un accidente de tránsito. No lo saben otros vecinos que se conforman solo con mirar por fuera desde las ventanas, tal como los caleños de antaño en las casas donde se organizaban los ‘agüelulos’.Porque cuando la rumba dominguera está en su clímax, decenas de curiosos como la modista Olga Henao cogen puesto en una de las dos ventanas “para ver bailar a las parejas. Eso es lo bonito allí dentro: uno ve que todos bailan con todos, como si la gente que estuviera adentro fuera de la misma familia”.Santos Discépolo lo dijo ya hace casi un siglo: “el tango es ese pensamiento triste que se baila”.También están los que disfrutan en la distancia de las melodías que salen del tocadiscos de La Matraca. Era lo que hacía, por ejemplo, doña Ismenia Cabrera, a quien la muerte sorprendió a los 80 años, sentada en el antejardín de su casa mientras escuchaba los boleros y valsecitos criollos que aprendió a tararear desde la infancia. Era la misma música que colocaba don Clímaco medio siglo atrás. Sus discos existen aún. Suenan aún. Hacen parte de la colección de 8 mil acetatos que atesora La Matraca en un estante que domina el lugar desde la pared del fondo. Cada cierto tiempo, contará Jaime, él mismo se encarga de sacarlos de sus estuches de colores para limpiarlos. Otras veces le ayuda Alberto Pulgarín, el discómano que lo acompaña desde 15 años y que conoce con certeza dónde hallar un tema de Agustín Magaldi, de Hugo del Carril, de Astor Piazzolla, de Mercedes Simone o de Osvaldo Pugliese.Alberto y Leyda son quienes programan la música cada vez que este rincón abre sus puertas. Los que saben que cuando los asistentes andan muy tímidos, sin deseos de salir a la pista, nada es más efectivo que una buena canción de Celina y Reutilio. Que el bolero más pedido es ‘Volver a empezar’, en la voz sedosa de Alberto Beltrán. Que la gente se sabe de memoria esa melodía tan argentina de “linda mi negra, dónde andará”... Sentir que es un soplo la vida, que veinte años no es nada, cantaba Gardel a comienzos del Siglo XX. Hoy Jaime mira su negocio y sigue preguntándose cómo terminó a la cabeza de un sueño que su hermano Clímaco nunca cortejó: fundar el último rincón tanguero de Cali.

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