Los sueños que se hacen posible para los beneficiarios de la Fundación Club Campestre
En cuarentena quedaron sin ingreso 250 jóvenes de barrios populares que viven de apoyar a los socios en actividades deportivas en el Club Campestre. Aunque no son empleados, la Fundación les garantiza su alimentación y estudios. Una campaña silenciosa de efectos sonoros.
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24 de may de 2020, 07:55 a. m.
Actualizado el 28 de abr de 2023, 09:22 a. m.
Además de ser un lugar de esparcimiento para 1640 socios, el Club Campestre de Cali es también una fábrica de sueños posibles para personas de escasos recursos.
Antes de que el país entrara en cuarentena, 250 jóvenes llegaban a diario desde el distrito de Aguablanca, Alto Jordán y toda la Comuna 18 para servir como boleros, palatineros, caddies, banderoleros y cuanto servicio existe en deportes como el polo, tenis o el golf, buscando una ganancia que les permita un mejor vivir a sus familias.
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Esa fue la promesa que Diego Martínez le hizo de niño a su padre fallecido, cuando sin saber cómo, asumió el compromiso de sacar adelante a su mamá.
Fue alumno destacado en el bachillerato hasta que en décimo grado llegó la ayuda divina, quizá un tráfico de influencias desde el cielo de su padre, y un amigo le habló de la Fundación.
Cuatro meses después estaba recibiendo inducción para ser bolerito de tenis, por ser menor de edad, y ya completa dos años como beneficiario.
“No trabajo en el club, pero ellos velan por mi educación. El año pasado salí de bachillerato y me ayudaron a entrar a la universidad y estoy en primer semestre de tecnología y diseño empresarial” cuenta Diego, de 17 años.
Como todos sus compañeros se ha sentido bendecido y veía cada día claro el camino para honrar la promesa a su padre, hasta que llegó la pandemia.
“Mi mamá se quedó sin trabajo y cerraron el Club Campestre, pero ni así nos desampararon. Cada dos semanas nos dan los bonos para ir a mercar y están muy pendientes de nosotros. El Club ha sido nuestro soporte”.
Todo este trabajo, de acuerdo con Julián Sardi, presidente de la Fundación Club Campestre de Cali, es gracias al apoyo de la Junta directiva del Club y a los socios que han hecho posible ayudar con bonos y mercados a 600 familias. “Son 250 beneficiarios del club, además de contratista y vecinos del sector. Hemos entregado 2800 mercados y pensamos seguir con esta ayuda hasta que las condiciones mejoren”.
Muchos de los beneficiarios llegaron desde complicados lugares del Pacífico y terminaron haciendo ‘hoyo en uno’ porque además de recibir una propina diaria, han logrado el cartón de bachiller y un título universitario.
Juliana Maya, directora ejecutiva de la Fundación, explica que es un proceso cronológico porque “llegan como boleritos estando en el colegio y en la Fundación les ayudamos a mejorar el desempeño académico, les monitoreamos las calificaciones y les damos formación en desarrollo humano”.
“Cuando eligen su carrera les damos auxilios para pagar los semestres; tenemos alianzas con universidades e instituciones de calidad donde además les dan descuentos y al final del proceso les ayudamos en lo posible a conseguir empleo”, señala Maya.
Aunque no son empleados del Club Campestre, los jóvenes beneficiarios reciben a diario su alimentación y la Fundación se encarga de pagarles sus aportes de ley para la pensión.
La Fundación es incluso más importante que el Club, dice Fernando de Francisco, presidente de la Junta Directiva del Club Campestre, por los recursos importantes que maneja de aportes de los socios. “Muchos de estos jóvenes son graduados en ingeniería y otras carreras y trabajan en empresas importantes de la región. Ayudamos a formar ciudadanos de bien y personas que podemos recomendar con los ojos cerrados porque tienen la cultura del trabajo y la educación”.
Ya es profesional en lenguas modernas
Tan pronto se esfumó el ‘sueño venezolano’ la familia de David Murillo, que para entonces era un niño, regresó de nuevo a Cali para rebuscarse en su propia tierra.
John Freddy Caicedo, un profesor de tenis amigo de su familia lo recomendó en el Club Campestre para hacer el mismo oficio que en el fútbol realiza el ‘recogebolas’ y ser beneficiario de la Fundación.
Una vez pasó la entrevista y realizó el proceso de ingreso en el Club, para entonces bordeaba los 12 años de edad, le empezaron a pagar sus estudios y le proporcionaron los útiles hasta terminar el bachillerato.
“Estuve seis años como bolero de tenis hasta que cumplí la mayoría de edad y llevo cinco años como caddie en el golf. Y luego de terminar el colegio la Fundación me ayudó para ingresar a la universidad y hacer mi licenciatura”, cuenta Murillo, un joven residente en el distrito de Aguablanca.
“A través de la fundación he recibido formación en música, en manejo de emociones, apoyo psicológico y eso ha sido un gran complemento en mi formación. Yo acabo de terminar todas las materias para graduarme en agosto como licenciado en lenguas extranjeras, inglés y francés, en la Universidad Santiago de Cali”.
Luis David se encuentra adelantando su práctica como profesor de inglés en el colegio Claret y ha sido también beneficiario de bonos alimentarios en medio de esta pandemia.
“La fundación ha sido una plataforma para lograr mis metas. Las perspectivas en mi entorno social no eran las mejores y uno espera solo la oportunidad de trabajar; aquí nos la han dado y nos han permitido estudiar”.
Ha podido avanzar en sus dos carreras
Los años y la experiencia le han enseñado a Jonathan Izquierdo que lo más importante de ser beneficiario en el Club Campestre no es el dinero que recoge a diario con los socios sirviendo como banderolero en la cancha de polo. El principal activo es lo que recibe de la Fundación.
“Los ingresos sin duda son muy importantes, pero es todavía más significativo el apoyo, el sentirse parte de una institución pese a que no eres trabajador, y contar con esa ayuda; que financien tus estudios, relacionarse con la gente y ampliar tus horizontes. Eso es sin duda más valioso”.
Su niñez no fue fácil en el municipio de Funes, Nariño. Se crió con su abuela y llegó en medio de condiciones muy difíciles en el 2013 al barrio El Retiro, en el distrito de Aguablanca, aunque hoy ve todo como “hechos afortunados que le brindó la vida”.
Sin un centavo en el bolsillo llegó para estudiar filosofía en la Univalle y la única manera sería alternarlo con un trabajo y fue cuando supo que buscaban empleados en el campo de polo del Club Campestre.
“Una vez llegado, me vi beneficiado con apoyo económico y psicológico. La Fundación ha sido mi soporte porque estoy a punto de terminar filosofía mientras avanzo con mi carrera de economía y ni siquiera en esta cuarentena nos olvidan porque sigo recibiendo ayuda alimentaria”.
“Nunca en mi pueblo imaginé que existía un deporte de alto rendimiento y con tantas exigencias que involucrara a los caballos. Mucho menos que gracias a ese deporte una persona que viene de un pueblito, como yo, pudiera llegar tan lejos como he logrado gracias a la Fundación”.
“Estaré eternamente agradecido con la Fundación”
Los jóvenes del pueblo en que nació Luis David Medina, Bajo San Juan San Miguel (Chocó), ignorado hasta en los mapas, solo tienen plan A y Plan B: raspar coca o enrolarse en las filas de la guerrilla.
Pero rebelde, como fue desde niño, torció el destino y a los 13 años encontró un plan C y fue huir hacia Cali en busca de mejores alternativas.
Un primo le habló de la Fundación Club Campestre y los beneficios que ofrecían. “Lo primero que pensé fue: ¿será que eso es verdad? Bacano si lo dejan a uno ganar dinero y además le ayudan con el estudio. Entonces le pedí que me llevara la hoja de vida“.
“Si la Fundación Club Campestre no hubiera aparecido en mi vida, no sé ni qué sería de mi. De seguro no sería la clase de persona que soy ahora”.
Como era aún un niño cuando llegó, empezó de bolero recogiendo pelotas de tenis y con eso obtenía la propina con la que subsistía. A los 17 años se fue a vivir solo en un estudio en el sector de Meléndez, en el sur de Cali.
“Ahora como soy mayor de edad, ya cumplí los 19 años, soy caddie de segunda; soy el que sale con los jugadores de golf ayudándoles con la talega, pasándoles los palos, atendiendo lo que necesiten y por eso recibimos una propina y ese es mi sustento”, cuenta Luis David.
Pero el susto con la cuarentena no corría por cuenta del coronavirus. Su mayor temor era que sin la propina diaria no tendría como subsistir en los días de aislamiento obligatorio.
“La Fundación no deja de sorprenderme porque pensé que no nos iban a ayudar en la cuarentena porque no somos empleados del Club Campestre y nos han dado varios bonos de alimentación, gracias a Dios.
Se acumulan otras deudas, pero la comida no me ha faltado en la casa”.
Además de ayudarle a terminar el bachillerato, ahora apoyan sus estudios como técnico en agente de viajes y turismo, pero espera ingresar en poco tiempo a la Universidad del Valle para alcanzar el sueño de ser administrador de empresas y seguir siendo el orgullo de su familia. “Como dice el lema de la Fundación, están cambiando vidas porque a mi me la cambiaron y a muchos muchachos que de otra forma no tendríamos una oportunidad. Me gusta lo que hacen y solo tengo palabras de agradecimiento eterno con toda la gente del Club Campestre y de la Fundación”.
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