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Jairo Aristizabal Ossa, el eterno narrador de las cosas buenas de Cali

Octubre 25, 2020 - 06:00 a. m. Por:
Santiago Cruz Hoyos, editor de Crónicas de El País
Jairo Aristizabal Ossa

Todos los días Jairo Aristizábal Ossa emite su programa desde YouTube. Uno de sus propósitos es orientar a los caleños sobre las medidas de bioseguridad en estos tiempos de pandemia. El estudio lo montó en su casa. “Llevo 7 meses en un encierro riguroso”, dice.

Especial para El País

Hubo un tiempo en su niñez, que transcurrió en una casa de la Carrera 4 con calle 22 del barrio San Nicolás de Cali, en el que Jairo Aristizábal Ossa simulaba que el embudo con el que debía echarle el petróleo a la estufa era un micrófono.

— La historia es que mi padre muere unos meses después de yo nacer, deja una plata, mi madre se vuelve a casar a los dos años, y el hombre que llega, el padrastro —es una historia muy compleja— acabó con el capital. Entonces nosotros cocinábamos con petróleo. Yo iba a comprar a la tienda el galón, y para pasarlo al frasquito que tenían las estufas, había un embudo. Y ese embudo, no sé por qué, cuando lo cogía imaginaba que era un micrófono. Enseguida me ponía a narrar las noticias de los periódicos. Así que no es una frase para acomodarte ahí: el fútbol, y la radio, en mi caso vienen desde el vientre de mi madre.

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Jairo nació hace 74 años, en Medellín. Aunque llegar al mundo en la capital de Antioquia se debió a una urgencia familiar. Su padre, Antonio, al que le decían ‘el compadre’, era de esos paisas que acostumbraban a recorrer Colombia para ganarse la vida. En Cartago fundó una de las primeras fábricas de tabaco, y tanto en Antioquia, como en Caldas, tenía fincas. Estando en Medellín enfermó, lo que hizo que la madre de Jairo, Josefina Ossa, una pintora al óleo que nunca se animó a trascender aquel talento, decidiera viajar desde Cali a cuidar a su esposo. Por eso Jairo nació allá. Un par de meses después estaba de vuelta en la casa del barrio San Nicolás.

— Mi primer tetero fue un champús. Yo me considero vallecaucano. He palpitado esta región. Todo lo que soy culturalmente se lo debo a Cali y al Valle.

Lo del fútbol fue una herencia del barrio. En San Nicolás vivía Manuel Correa Valencia, ‘Papelito’, dirigente del América. Y uno de los tíos de Jairo, Gabriel Ossa, era muy amigo de él. Entre los planes de la infancia estaba visitar esa casa para escuchar las historias del equipo. También ver partidos en las canchas que quedaban donde hoy está el centro comercial Chipichape. E ir al estadio.

Cuando Gabriel, su tío, tenía dinero, ingresaban a oriental. Cuando no, Jairo entraba por la tribuna de gorriones, donde había una tabla de lado a lado. El que pasara sin agacharse no pagaba la boleta. Hubo días en los que Jairo debió encorvarse sin que el portero lo notara.

En el estadio hacía lo mismo que con el embudo: jugaba a narrar los partidos. Llevaba un cuaderno en el que, con un engrudo que él mismo preparaba, pegaba los recortes de los periódicos con las tablas de posiciones de los equipos, la lista de los goleadores, entre otras estadísticas. Jairo era de los que sabía cuántos puntos le llevaba el primero al séptimo o al catorce.

— Desde niño fui – sin saberlo – un periodista en ejercicio.

A la radio llegó en 1969, cuando tenía 23 años, y después de haber trabajado como ‘control’ en la empresa de buses Gris San Fernando y ser mensajero de la cooperativa de Avianca, en Bogotá, donde llegó a ser el director de archivo. La emisora en la que debutó se llamaba Radio Tricolor, y estaba ubicada en el edificio Sierra del centro de Cali. Allí se hizo amigo de los locutores y los administrativos, quienes lo contrataban “para hacer vuelticas”.

Uno de los turnos de locución comenzaba a las 12:00 de la noche, y terminaba a las 6:00 a.m. Todo consistía en anunciar discos. En la radio a ese puesto se le conoce como ‘bombillo’. Una noche el locutor no llegó y el administrador de Radio Tricolor le dijo a Jairo: “¿por qué no le ‘jalás’ a eso? Vos ya sabés abrir el micrófono y manejar la consola”. Jairo aceptó. El programa se llamaba Colombia Canta y allí estuvo feliz, así no le pagaran sueldo ni nada.

Dos años más tarde llegó a La Voz de El País. Era la emisora del periódico que ahora publica en su página web un podcast que se llama igual. En La Voz de El País Jairo se encargaba de leer con su prodigiosa voz las columnas de opinión. Entre ellas ‘Merlín’, la columna de Álvaro Lloreda, o la de Jaime Correa Holguín, o la de Alfonso Bonilla Aragón. Pronto se dio cuenta de que Cali era una ciudad en la que todo el mundo se conocía, y bastaba un anuncio en la radio sobre una obra social, que la solidaridad brotaba.

— Cuando yo leía a Jaime Correa Holguín, un hombre muy cívico, o a Alfonso Bonilla Aragón, recuerdo que hablaban de una Unidad de Acción Vallecaucana. Y de esa Unidad surgieron muchas campañas cívicas. Eso desemboca en lo que te quiero decir: la solidaridad del caleño, del vallecaucano, ha estado en el día a día. Hemos estado a disposición de los demás. Tenemos una ascendencia muy especial hacia el apoyo, una solidaridad espontánea, a flor de piel. Lo comprobaba en cada convocatoria que hacía desde La Voz de El País.

En las columnas que Jairo leía nació la idea de que la ciudad se postulara a los Juegos Panamericanos de 1971, por ejemplo. Todo comenzó por iniciativa de “los prohombres” que escribían en la prensa: Jorge Herrera Barona, Alfonso Bonilla, Armando Bohórquez, Alcides Nieto Patiño, quien aún es recordado por la posdata con la que remataba sus artículos: “Cali necesita un velódromo. No es necedad, es necesidad”.

— Y el velódromo está ahí, así como se hicieron los Panamericanos, de donde se originó Coldeportes cuando los dirigentes en Cali vieron el apoyo que recibían de sus gobiernos las delegaciones extranjeras. Cali ha sido una ciudad que se une ante grandes causas. En los Panamericanos la gente se apropió de los Juegos. En los barrios pobres se pintaron las casas. Fue una fiesta como nunca se había vivido. Los ciudadanos sentían el compromiso de recibir bien a las delegaciones, de que no les faltara nada, de apoyar a los organizadores, y a partir de ahí Cali empezó a ser llamada la capital deportiva de América. ¿Por qué? Porque fuimos solidarios, nos ayudamos entre todos, algo que se ha perdido.

Jairo Aristizabal Ossa

Jairo comenzó narrando trozos de los partidos preliminares que se jugaban en el estadio Pascual Guerrero.

Especial para El País

En el estadio, Jairo se colgaba un equipo al hombro, algo así como un morral con una antena, con el que narraba trozos de los partidos preliminares. Fueron sus “pinitos”. Hasta que Rafael Araújo Gámez, el narrador en propiedad de Caracol, se fue de la emisora para un programa famoso: ‘La guerrilla deportiva’. Jairo se quedó con Óscar Rentería, y el gerente convocó a una reunión de urgencia. Llamó a los mejores narradores para contratarlos: Paché Andrade, Jorge Eliécer Campuzano, ‘El emperador’ Marco Antonio Bustos, Armando Moncada. Ninguno aceptó. Así que el gerente de Caracol le dijo a Rentería: “arranque con Jairo”. Él sintió que aquello era el culmen de su carrera y no se amilanó, pese a los gallos que le salían.

Como siempre pretendió narrar con exactitud cada acción del partido, para que quien lo escuchara “viera” el juego- a Jairo lo llamaban ‘la precisión en la jugada’ – cuando llegaba el gol no tenía suficiente aire para cantarlo. Entonces se le salían gallos.

Para solucionarlo, buscó a una profesora de canto y piano, que había estado en la Scala de Milán. Ella le dijo que bastaba aprender a manejar la respiración con el diafragma, que está en el estómago. Se llamaba Arcadia Saldaña. Mientras la profesora tocaba el piano y le daba las notas musicales, do, re, mi, fa, sol, la, Jairo, acostado, debía respirar con una Biblia sobre su estómago, o un diccionario Larousse. El ejercicio consistía en sostener los libros arriba, y luego bajarlos para tomar aire.

— Eso me dio la oportunidad de crear una manera particular de cantar los goles para no llegar atropellado a la última puntada. Entonces me inventé: la – me – tiooooo. En ese ‘o’ prolongado recogía aire y comencé a tener grandes momentos. América me graduó como narrador porque transmití aquel 19 de diciembre de 1979, cuando el equipo consiguió el primer título. Esa noche, después de cantar los dos goles, uno de Cañón y otro de Lugo, y decir naceee el campeónnn de Colombiaaaa, mi trabajo había terminado. Pero no sé por qué, le arrebaté el micrófono a Jaime Ortiz para narrar la vuelta olímpica. Y comencé con una frase, que tampoco sé de dónde me salió: “América, tierra firme. Pero esto parece que se contradice, esto se está moviendo, el estadio se mueve, yo siento que la tierra se mueve”. Esa frase me dio el eje para narrar esa vuelta olímpica que los americanos la tienen como una reliquia.

Mientras narraba esos títulos, y cinco mundiales, 7 copas Américas, unos 7000 partidos, Jairo le iba poniendo apodos a los jugadores. Nunca le gustó relacionar a los futbolistas con sobrenombres de animales. Más bien pretendía que sus apodos fueran grandilocuentes. Al lateral Gerardo Bedoya, lo comenzó a llamar, por su liderazgo en la cancha, “el general”. Al delantero Víctor Bonilla lo veía siempre aplomado en las entrevistas, todo un señor, así que le puso ‘Don Víctor’.

Con los apodos Jairo ganaba cada vez más oyentes, y aquella sintonía la canalizó para lo que se propuso desde sus inicios: apoyar causas civiles, difundiéndolas desde el micrófono. Como la construcción de la Fundación Valle del Lili, o el Instituto para niños Ciegos y Sordos. O ideas que se le ocurrían de la nada: la Canasta de Regalos, una gran convocatoria a la ciudad para que donara obsequios en Navidad, o regalarle una torta a Cali en su cumpleaños 450.

Harinera del Valle le donó la harina una vez hizo el anuncio en su programa, y el Mundo de los Pasteles preparó la torta, de una tonelada. Era tan grande, que ocupó la circunferencia de la cancha del Pascual Guerrero. 30 mil personas fueron al estadio, y todas comieron torta.

Hasta que Jairo vivió un episodio que lo “noqueó”. Era sábado, su hija venía de un examen que debía presentar en Palmira de su carrera de medicina, y el carro en el que venía junto a su novio y dos estudiantes más se volcó en la recta. Ella y su prometido murieron.

Jairo entró en tal depresión, que se alejó de la radio. Pero esos son asuntos para hablarlos en otro momento, dice.

El caso es que con el tiempo, pese a esa herida que sigue viva, se fue adaptando a los nuevos tiempos de los medios, las nuevas plataformas. Jairo está en todas. Y con su programa, la Sala de Jairo, pretende recuperar esa solidaridad colectiva de Cali, que está ahí, tal vez dormida. Entre las secciones del programa hay una para anunciar vacantes. Jairo no olvida el llamado que dejó el filósofo Pedro Chang: “recuperar la Cali que se nos fue”.

Labor social

  • En 1981, Jairo Aristizabal fue reconocido por la Cruz Roja Colombiana por su “colaboración” con la entidad.
  • En 1999 recibió además el ‘Reconocimiento al aporte en beneficio a la comunidad’.
  • El Conejo le otorgó la medalla Raúl Echavarría Barrientos a toda una vida periodística. 
  • Tanto en 1984 como en 1986 recibió menciones de honor en los premios Alfonso Bonilla.
  • Fue director de Antena 2, donde conformó uno de los mejores grupos deportivos, junto a ‘Pacho’ Velez, ‘Chango’ Cardenas, ‘Cafefo’, entre otros. 
  • Hasta Celia Cruz les hizo un jingle: “La emoción del fútbol comenzó, con Jairo Aristizábal Ossa, y otra vez azúcarrr”.
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