CALI

Dulzura: la historia de la caleña que creó escuelas donde todos caben

Pionera de la educación incluyente en Cali, aceptó en clase a niños con Síndrome de Down, sordera, TDA, cuando nadie más lo hacía. El ángel del “todos caben”.

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Gloria Botero educadora, fundadora del colegio La Arboleda. | Foto: Bernardo Peña/ El País

25 de abr de 2020, 10:50 p. m.

Actualizado el 28 de abr de 2023, 11:51 a. m.

Escondidos. Confinados. Fuera de la vista de todos y sin salir de casa. Condenados a no recibir una educación, y a que ellos y sus familias sufrieran el ostracismo, el rechazo y el juicio social.

Así vivían muchos niños con Síndrome de Down en la Colombia de los años 70. Gloria Botero, recién graduada como fonoaudióloga en la Universidad del Rosario, regresaba a su Cali natal para comenzar su vida laboral, y se topó con el drama de muchas familias cuyos hijos, por razones diversas de salud o desarrollo, no eran aceptados en la escolaridad convencional de la época. Inspirada en ellos, creó el primer kínder especializado de Cali, cuando la palabra “inclusión” no estaba de moda y tardaría varias décadas en estarlo.

Recuerda a una pequeñita de 3 años de edad, a quien muchos daban por caso perdido pues gritaba, emitía sonidos que nadie comprendía y corría sin control en una especie de estado salvaje e indómito. Gloria tuvo fe en ella cuando nadie más la tuvo. Se trataba de una niña con pérdida de la audición, y se dedicó a enseñarle. Hoy en día esa niña es una mujer de más de 50 años, maestra, madre, esposa, profesional brillante, y una de las amigas más cercanas a su corazón. Cómo no amar a la maestra que te cambió la vida. Cómo no amar al pajarito al que le vendaste las alas.

Pero cómo termina una persona siendo Gloria Botero, me pregunto. ¿Uno nace, crece y termina salvando el mundo de muchos por que sí? ¿Cuál es el origen de una vocación docente como la de esta compulsiva fundadora de jardines, maternales, kínder especializados y hasta colegios? ¿Hubo algo en su infancia que explique la hazaña?

Gloria, quien no considera que haya hecho nada extraordinario más allá de servir, se remonta a sus primeros años de vida para rastrear la génesis de su misión. Recuerda que su madre fue adoptada, que su abuela era una mujer generosa y fuerte, moderna y adelantada a su época, que le dio infinito cariño y la rodeó de ternura.

De niña, en su casa del barrio Versalles, Gloria pasó mucho tiempo con una vecinita que sufría de sordera, y para ponerse de acuerdo en las comitivas y los juegos infantiles tuvo que diseñar estrategias, darse a entender y comprender, usar lenguaje de manos, señas, sonrisas y empatía, esa palabra hoy tan de moda que significa ponerse en los zapatos del otro, en la realidad del otro, en los sentimientos del otro.

Pero hubo algo más: al hermano de Gloria le diagnosticaron una enfermedad que afectó temporalmente la movilidad y le impedía levantarse de la cama. Como el niño no podía ir al colegio, Gloria aprendió a leer y escribir de forma precoz, para convertirse en la maestra de su hermano mayor. Regresaba del colegio, se subía a la cama de su hermanito y le recitaba paso a paso la lección, con ayuda de gestos y maromas que hicieran más entretenida la clase.

Con las hojas sobrantes de los cuadernos, la pequeña Gloria fabricaba sus propios cuadernillos de enseñanza niña a niño, y diseñaba tareas, planas y todo tipo de “material pedagógico”.

Como nació sin grandes habilidades corporales, pues era la típica niña que se tropieza, que cae, que no lanza el balón lejos, que corre lento, que no hace la medialuna y jamás llega primero a la meta, al sentirse tan torpe concluyó que su cuerpo le servía solo para sostener la cabeza. Y vaya si la cabeza estaba llena de ideas: “Cuando fundé mi jardín lo primero que hice fue traer terapeutas ocupacionales, para que los niños tuvieran el apoyo necesario”, dice.

A los 16 años salía del colegio y se iba para los barrios de invasión del sur de la ciudad y les enseñaba a leer a esas madres cabeza de familia que luchaban por subsistir. Años más tarde las hijas de esas mujeres llegaron a ser asistentes y maestras en los jardines Bam Bam que fundó Gloria. Así es la vida, agradecida. Con unas gotas de lluvia y de las grietas del asfalto crecen flores hermosas.

Se casó con el muchacho vecino que miraba desde la reja de su casa. “Salía al verlo llegar de la finca con su papá, yo tenía 5 años y él 16 y me regalaba un dulce. Me casé con él a mis 22 años, enamorada. Fuimos felices, el amor irreal e idílico que aparece en las películas, aunque no fue fácil pues él tuvo cáncer dos veces. Si hablamos de dulzura ninguna como la de mi esposo, quien solía comprar fruta madura para alimentar a los guatines”, explica quien no tuvo hijos propios, pero fue una segunda madre para sus dos hijastros, así como para los alumnos que generación tras generación desfilan por los jardines y maternales Bam Bam y el colegio La Arboleda que fundó. El niño que más la amó fue Farid Mondragón, quien sufrió terribles celos infantiles cuando Gloria se casó. Nunca más se dejó meter un gol de esos.

Ella no se detiene, se levanta a primera hora y hace ejercicio, trabaja todo el día y acaba de fundar el maternal de La Arboleda. Nunca dejó de usar medias veladas, que los niños encuentran raras pero suaves: ella les deja acariciar sus pies con sus manitas. Son las piernas de una campeona que no ganó trofeos deportivos, pero sí la medalla a la dulzura.

Una gran generación

Gloria Botero destaca que varias de las mujeres de su colegio, el Sagrado Corazón del Valle del Lili, y otras tantas de su generación se dedicaron a la docencia en Cali con gran vocación de servicio, como Liliana Tenorio, Silvia Carrasquilla, Esther Navia, o la gran Marisa Uribe líder en temas de primera infancia e inteligencias múltiples. Ellas y tantas que no cabrían en el espacio de una página han llenado de oportunidades a generaciones de caleños.

Periodista apasionado por los deportes, los goles, la literatura y la redacción digital. Vinculado a mi casa, El País, desde el 2013.

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