El fotógrafo y escritor estadounidense que se enamoró de Cali gracias a Kiss Me

El fotógrafo y escritor estadounidense que se enamoró de Cali gracias al motel 'Kiss Me'

Diciembre 17, 2018 - 10:37 a.m. Por:
Yefferson Ospina / Periodista de Gaceta
Kurt Hollander

Kurt Hollander, fotógrafo y escritor norteamericano.

Wirman Ríos / El País

Nos vimos en Eventos Liz, un club nocturno que –corrección política aparte- podría tildarse de institución. Es uno de los más antiguos de Cali, quizá también uno de los más visitados y ese día, justamente, celebraba sus 36 años.

Kurt, entonces, me contó que como parte de la fiesta él iba a realizar una exposición fotográfica llamada ‘Red Light’: una serie sobre las “artistas” -así las llama Kurt– haciendo sus performances de danza mientras los espectadores gritan.

Así que nos vimos ese día –septiembre de este año– allí, siete de la noche, la hora en que se inauguraba la exposición. Era, cuando menos, extraño. Una excentricidad improbable: un reconocido fotógrafo y escritor y cineasta neoyorkino presentando una muestra fotográfica en un club nocturno de Cali.

Cuando llegué había poca gente, pocas artistas, Kurt en una esquina solitario. Luego me enseñó las imágenes: fotografías con un desenfoque deliberado en las que se adivinaba a una bailarina junto a un tubo y el público de fondo. No sentamos a esperar. Pronto llegaron más personas, aparecieron más artistas con ropas más escasas, la dueña del club también, hubo torta, papas fritas, cervezas, algunos miraban descuidadamente las fotografías expuestas – en realidad se interesaban ante todo por las propias artistas o a las otras imágenes voluptuosas de los carteles pegados en todas las paredes -.

Liz, la dueña, saludó a Kurt con desmesura. Le dijo que las fotos habían quedado “muy hermosas” y luego no volvió a fijarse mucho en ellas. Hacia las 9 de la noche todavía no había demasiado gente y aún no se había hecho una inauguración oficial de la exposición: el fotógrafo hablando de su obra y los aplausos de los asistentes. Yo me despedí de Kurt y días después, cuando hablamos, me dijo que al rato empezó todo.
¿Y qué te dijeron de las fotos? - pregunté.

Bueno, la gente en realidad estaba pensando más en la fiesta – me dijo, sonriendo.

Kurt Hollander

Fotografía tomada en la exposición 'Red Light'.

Bernardo Peña / El País

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Se llama Kurt Hollander, sobrepasa el metro noventa, delgado, un arete en la oreja izquierda, poco cabello.

Vivió y creció en Nueva York en los 70 y 80, se hizo fotógrafo, escritor, también cineasta. A principios de los 90, cuando Nueva York dejó de “producir cultura para consumirla, cuando se convirtió en un gigante 'mall' para turistas”, decidió salir de esa ciudad y trasladarse a vivir a México.

Allí vivió durante trece años, editó la revista Poliéster – una publicación para “pintura y no pintura” -, se casó, tuvo hijos, enfermó, estuvo a punto de morir, hizo fotos, muchas, y publicó un libro que se llama ‘Formas de morir en México’. Después, en 2013, llegó a Cali. Desde entonces vive aquí.

Sentados en un café cercano a Bellas Artes, Kurt pide un expreso y yo una Coca-Cola. “Deberías apoyar más la economía local, no a las multinacionales”, me dice, y yo prefiero no decirle que Coca-Cola le compra el azúcar a los ingenios vallecaucanos y digo que tiene razón.
¿Cómo llegó a Cali? - pregunto, entonces.

Kurt me explica que durante muchos años ha estado desarrollando decenas de proyectos fotográficos y editoriales en muchas partes del mundo. En México, por ejemplo, hizo varias series fotográficas sobre la relación de la cultura mexicana con la muerte, otras sobre la influencia del narco en el arte popular mexicano, otras sobre la arquitectura popular de ese país, otras sobre la vida nocturna en Ciudad de México. Viviendo allí, viajó alguna vez en 2012 a República Dominicana y realizó una serie sobre las fachadas de las extravagantes construcciones dedicadas a los moteles que encontró en Santo Domingo. Le gustó el trabajo, buscó en internet por otros “moteles extraños” y Google le arrojó como primer resultado Cali, Colombia, Kiss Me.

- Así fue como supe por primera vez de Cali. Leí en Internet y me sorprendí mucho de las imágenes que encontré de la decoración de ese motel, así que en 2013 decidí inmediatamente venir a Cali. Viajé y estuve viviendo durante dos meses en Kiss Me y fotografiándolo. La verdad, nunca me sentí en un motel, sino en un museo de arte popular.
- Y entonces decidió quedarse a vivir.
- Sí, descubrí que Cali es una ciudad con una cultura popular muy rica, muy fuerte, y a mí me encantan las ciudades que son así.
- Descubrió a Cali por Kiss Me – le digo.
-Sí, por Kiss Me – responde.

No es infrecuente que suceda. Kiss Me se ha convertido en una especie de ícono, parte elocuente del todo. En abril de este año, por ejemplo, la revista Play Boy le dedicó un artículo titulado ‘Step Inside Latin America's Kinkiest Destination’, algo como ‘Dentro del destino más excéntrico de América Latina’, un reportaje sobre la ebullición de la vida en Kiss Me. Más artículos pueden leerse en The Daily Mail de Inglaterra, en CNN Internacional, o en el portal neoyorkino Vice. Kiss Me, como la salsa, como Andrés Caicedo, como el América, se ha encargado también de cimentar la reputación de esta ciudad por el mundo. O tal vez, de ponerla en el mapa del mundo, de hacerla existir.

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Kurt es un intelectual ‘outsider’, suponiendo que no haya en esa expresión una redundancia. Tiene un posgrado en Literatura y Filosofía del Centro de Estudios de Posgrados de City University de Nueva York. En los años 80, cuando vivía en Manhattan, fundó la revista ‘Portable Lower East Side’, una publicación en la que llegaron a aparecer textos firmados por un tal Allen Ginsberg – el genio de la generación Beat -, por la escritora feminista Grace Paley, el novelista comunista Alexander Trocchi, y otros tantos de los más incómodos y provocadores intelectuales de esos años, y de quienes luego se harían leyenda: Willie Colón y Henry Fiol también se contaron entre sus colaboradores.

Era una publicación sobre la profunda vida que crecía en los márgenes de la Nueva York de los anuncios: sobre activistas contra el VIH, sobre homosexuales, sobre el consumo de drogas, sobre homicidios, sobre el arte callejero.

En 1992 la revista fue usada por los conservadores de Estados Unidos para pedir el recorte a los dineros públicos que se estaban dando a las artes. “Ese dinero se está usando para obscenidades como estas”, dijeron. La revista perdió su apoyo financiero y dejó de editarse. Fue por esos años cuando Kurt empezó a notar cómo los proyectos de vivienda en los barrios de migrantes de New York elevaban los precios de los arrendamientos y muchos de sus habitantes empezaban a salir de sus vecindarios. “A finales de los 80 y durante los 90 los proyectos de vivienda y de embellecimiento de Nueva York buscaban hacerla una ciudad para turistas. Todo se encareció y mucha gente decidió abandonar la ciudad. Nueva York se fue convirtiendo en una ciudad para turistas, y con eso, en una ciudad que dejó de producir cultura para consumir cultura. Un gigante mall, por eso decidí salir de allá”.

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Uno de los libros que Kurt ha publicado se llama ‘El Súper’, y es una especie de ensayo fotográfico sobre dulces y alimentos mexicanos en el que analiza cómo las grandes cadenas de supermercados determinan paulatinamente lo que comemos y, como corolario, lo que somos. Otro se llama ‘Sonora, el Mercado Mágico’, y es un libro que retrata la estética kitsch del mercado de Sonora en México, conocido como el “mercado de la brujería” más grande del mundo.

Su libro más importante, sin embargo, es ‘Formas de morir en México’, un reportaje escrito y fotográfico en primera persona sobre todas las posibilidades de morir en México – de las cuales morir asesinado es apenas una de la menos probable -, y en la que narra su propia experiencia al adquirir una bacteria estomacal por consumir agua sucia.

“En Ciudad de México todo te mata muy lentamente. Es una ciudad con más de 20 millones de habitantes, donde el aire está horriblemente contaminado, en donde el tráfico es imposible, en la que las condiciones de higiene y salubridad son pésimas, en donde el agua está sucia. Yo contraje una bacteria en mi intestino que fue muy grave, me puso muy mal, al borde de la muerte, y terminó en una colitis ulcerativa crónica. A partir de esa enfermedad decidí investigar sobre todas esas formas insólitas en las que Ciudad de México va matando a sus habitantes, que en realidad no son la violencia por el narcotráfico. Y descubrí, por ejemplo, que Ciudad de México ocupa el puesto número uno en infecciones gastrointestinales en todo el mundo. ¿Por qué? Sucede algo particular. Muchas de las tuberías por las que viajan las aguas de los retretes están rotas o tienen fugas, y los desechos humanos se filtran e impregnan la tierra bajo la ciudad.

Durante las temporadas de lluvia, las aguas negras muchas veces emergen a la superficie de la Ciudad de México, inundando los hogares y repartiendo enfermedades. También tiene una manera de filtrarse de regreso a las tuberías que llevan agua limpia, así que mucha gente toma, en realidad, agua contaminada”, explica Kurt.

El libro, a partir de fotografías y textos, muestra la relación que tiene el aire, el alcohol, el agua y la comida con las principales causas de muerte en México, enfermedades cardiovasculares, hepáticas y gástricas. Pero también, el libro está impregnado de su manera irrenunciable de mirar y de juzgar el mundo. En 2015, cuando lo presentó en la Feria Internacional de Libro de Guadalajara, Kurt dijo: “vivía en New York y me parecía una ciudad fantástica, pero con el tiempo vi morir a la ciudad, se encarecieron los precios y las franquicias fueron acabando con los negocios tradicionales, vi cómo una ciudad murió: los habitantes emigraron y ya era una ciudad para turistas. Llegué al D.F. y me encantaba como permanecían las tradiciones, los mercados, las cantinas de más de 70 años, las mezcalerías… pero hace unos 20 años los Estados Unidos invadieron la ciudad hasta sofocarla y matarla: la mitad de la comida era gringa, los McDonalds suplantaron a las fondas y los Walmart han ido acabando con los mercados”.

De eso, de los monstruos de la globalización, también va su libro.

Kurt Hollander

Fotografía de su serie 'La santa muerte', tomada en México.

Kurt Hollander / Especial para El País

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En Cali Kurt ha hecho series fotográficas de la Feria, del centro de la ciudad, de la vida nocturna, de bailarines de salsa, también de los bares en los que aún se escucha boleros o salsa o música antillana en discos Long Play, y los ha publicado en medios internacionales como Vice, The Guardian o The Huffington Post.

En The Guardian, el principal medio de Inglaterra, publicó en 2015 un artículo acompañado de varias fotografías sobre el centro de Cali, titulado ‘Ciudades Resilientes, cómo Cali busca convertir su distrito 'Red Light' en Ciudad Paraíso’. El artículo es, además de un análisis sobre el modo en que en la ciudad se busca llevar a cabo el proyecto de renovación urbano llamado 'Ciudad Paraíso', una indagación sobre cómo El Calvario se convirtió en lo que es y toda la memoria cultural que guarda esa zona de la ciudad, aún en medio de sus ruinas y fracasos.
Ahora tomamos un café en un pequeño local adentro de la Galería Alameda. Es un café que Kurt visita a menudo. Le gusta la galería, su olor, las frutas, esa vida levemente salvaje.

- ¿Qué es eso que tanto le ha fascinado de Cali?
Su español, salvo por su acento, no tiene defectos.
- Cali es una ciudad que produce cultura, es una ciudad que aún no está invadida por la globalización. Eso me gusta.
- Es extraño. Mucha gente puede tender a pensar que Cali sufre un retraso cultural y económico, justamente, porque la globalización nos ha llegado a medias.
Kurt sonríe, luego, habla desbocado.
- La globalización en realidad lo que hace es destruir las artes y la cultura de las ciudades. Yo sé de qué hablo, yo habité dentro del monstruo en que se convirtió New York y antes de que fuera lo que hoy es. Entre los años 60 y 80 es cierto que New York era peligroso y tenía muchos problemas sociales, pero fueron también los años durante las cuales fue más rico culturalmente. Allá nació la salsa, tuvimos grandes cineastas, se hicieron algunos de los escritores más importantes de Estados Unidos en el siglo XX, y muchos de los artistas plásticos que hoy son de culto. Luego en los 90 llegaron las grandes corporaciones y la ciudad lo único que hizo fue convertirse en un lugar para turistas...
- Y, entonces, cómo ve a Cali.
- Cali no tiene eso. Es una ciudad que tiene vida en las calles, en la que no hay miles de turistas encareciendo los arriendos y viviendo solo de paso. No, aquí hay gente produciendo cultura: música, baile, pintura, grafitis, mucho de lo que ocurre en Cali es genuino, la comida, los bares, los cafés. Ciudad de México era así, hasta que un día cualquiera ibas a tomarte un café y solo encontrabas el Starbucks. La historia siempre ha mostrado que la cultura la producen las personas, no las grandes corporaciones, y que es de la cultura popular de donde salen las grandes obras.
- Bueno, pero una de las políticas en la ciudad es intentar convertir el turismo en todo un “renglón de la economía”, como dicen...
- Pero eso puede ser muy peligroso. Mira lo que ocurre en Europa, en ciudades como Barcelona o Venecia, en donde la gente propia tiene que salir de sus casas porque el turismo eleva los arrendamientos, eleva el precio de la comida, eleva todo, y luego en esas ciudades ya solo viven turistas que van de paso...

No sé si es posible que en Cali suceda algo parecido, pero sé que en innumerables paredes y muros de Venecia hay graffitis que no salen en las postales. Dicen cosas como “Fuera turista”, “No más gentrificación”, “Venecia no es un centro comercial”, y bastaría una pequeña búsqueda en internet para comprender que la denominada 'gentrificación' es uno de los problemas sociales más graves de Europa, centro turístico del mundo.

- Lo que digo es que Cali tiene una cultura popular muy rica, y eso explica por qué ha tenido artistas tan importantes como Fernell Franco, el escritor Hernán Hoyos, Luis Ospina, Andrés Caicedo, Carlos Mayolo, por qué sigue produciendo músicas nuevas como la salsa choke y por qué es reconocida en todo el mundo por sus bailes.
- Pero según su razonamiento, eso que se llama progreso social de algún modo acaba con esa cultura popular,- digo.
Kurt se toca la cabeza, hace el gesto de quien ha pensado demasiado el asunto. Luego:
- Cali tiene muchos problemas de homicidios y pobreza, nadie los puede negar. Lo que digo es que los caleños deberían cuidar lo que es suyo, todo lo que tienen, han creado y siguen creando -, dice, como para no tener que decir nada más.

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Ahora escribe un libro que titulará ‘La vida alegre’, y que él define como una exploración de la cultura popular del sexo y la vida nocturna de Cali. El libro, explica, tendrá capítulos sobre la arquitectura del amor, la ciencia del amor, la religión y el amor, la música y el amor, las palabras y el amor, todo, todo, en Cali visto a través de su experiencia y sus investigaciones. Para hacerlo lleva más de cinco años fotografiando y entrevistando en la ciudad.

- Me interesa mucho esa relación que los caleños tienen con el amor, con la pasión, con el cuerpo. Conozco muchas ciudades en todo el mundo, y puedo decir que en ninguna otra parte he visto eso. Cómo negarlo, es parte de sus grandes atractivos - dice Kurt, el tipo que descubrió a Cali gracias a Kiss me.

*Puede contactar a Kurt Hollander en el correo: kurt.hollander@gmail.com.

Kurt Hollander

Fotografía tomada en el bar Evocación y publicada en The Guardian.

Kurt Hollander / Especial para El País

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