Sigue la ola de venezolanos en Cali: cuatro historias de supervivencia en las calles

Sigue la ola de venezolanos en Cali: cuatro historias de supervivencia en las calles

Octubre 26, 2018 - 11:45 p.m. Por:
Érika Mantilla Sánchez - redactora de El País
Migrantes venezolanos trabajando en los semáforos de Cali

Son cientos los migrantes venezolanos que a diario salen a trabajar informalmente en los semáforos de Cali. El oeste es uno de los sectores de la ciudad que eligen porque se encuentra cerca a la Terminal de Transportes.

Foto: Laura Sánchez / El País

En los semáforos del oeste de la ciudad ya no es extraño ver familias completas sosteniendo carteles con la frase "Soy venezolano". La mayoría, vende dulces y bolsas de basura cuando la luz está en rojo.

Los efectos de una migración masiva por la crisis que atraviesa ese país se ven en todo el continente. Las cifras de la Policía de Cali registran el ingreso promedio de 400 venezolanos por la Terminal de Transportes.

Y aunque muchos están de paso por la capital del Valle, una cantidad considerable conserva la esperanza de legalizar su estancia en Colombia y encontrar un trabajo.

"Un golpe de suerte"
Migrantes venezolanos trabajando en Cali 02

Grehemi Mijael Rojas, de 26 años, es uno de ellos. Para 'trabajar' usa una camiseta negra que se ha desteñido, sobre su pecho está la bandera de Venezuela, es una especie de uniforme que usan aunque no necesita porque los caleños han aprendido a reconocerlos.

Grehemi dice que no ha sido fácil, pero que cuenta con la bondad y la generosidad de la gente en Cali para sobrevivir.

"Tengo cinco meses aquí. Vendo bolsas para la basura, masmelos, caramelos o galletas, mientras consigo el permiso de trabajo", explica.

En Venezuela se empleaba como soldador, ahora confía en que algo aparecerá. Ese 'algo' es un golpe de suerte, una oportunidad.

"Soy soldador. Yo me censé cuando entré a Colombia, me dieron un código y me dijeron que esperara. Tengo que revisar a diario en sala de internet, a ver cuándo me sale. Pero no sé cuándo me lo entregarían", afirma.

En Venezuela las cosas no van a cambiar pronto, es su sentencia. Por eso renunció a la idea de formarse como profesional y se dedicó a sobrevivir. Él y la mayoría de los venezolanos ya no viven, invierten sus días para enfrentar a la adversidad que viene en todas las formas: la distancia de los seres queridos, la necesidad, la pobreza o el hambre.

"Mi esposa y yo hemos logrado reunir comida para enviar hasta Venezuela porque tenemos mucha familia allá. Ella está viajando a Cúcuta para entregarla y regresa con mi hijo, que tiene tres años".

Sobrevivir no es igual a vivir. Sobrevivir es esperar el final del día para contar las monedas de la venta o saltarse una comida para pasar la noche bajo techo.

"Vivimos en una habitación en el barrio San Nicolás. Pagamos $20 mil cada noche, más lo de los almuerzos y las cenas. No siempre lo reunimos, así que comemos una sola vez para guardar lo del alquiler".

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"Me quedé, aquí me va bien"
Migrantes venezolanos trabajando en Cali 01

Yunubisky Aristigueta es una joven mujer que pasó algunas noches en el gigantesco asentamiento de migrantes venezolanos localizado en el separador de la Calle 26.

En el mes de junio ese campamento fue desalojado por la Administración Municipal.

El pasado martes sus hermanos decidieron continuar viajando por tierra hasta Perú con la promesa de mejores opciones para trabajar. Ella no va a seguirlos, tiene la esperanza de construir su futuro en Cali.

"Llegué hace cuatro meses, vengo del estado Aragua. Allí trabajaba como encargada de un almacén de ropa. Luego cuando las cosas empezaron a complicarse tuve que emplearme en un restaurante".

Aunque no tiene permiso de trabajo ha laborado en un restaurante y en un billar. Asegura que por circunstancias ajenas a ella y sus empleadores no pudo continuar, pero en medio de un gesto tímido brilla una sonrisa de gratitud.

"Aquí trabajé en un restaurante, pero necesitaban a alguien que pudiera cocinar y contrataron a alguien más. Empecé a trabajar en un billar después. Ahora vendo dulces en los semáforos porque no pude seguir ahí".

La rutina de Yunubisky se dibuja a pie por las calles de Cali.

"A las 7:00 a.m. Salimos de Altos de Normandía. Nos quedamos en los semáforos de la Av. Cuarta y a las 11:00 a.m. ya vamos de regreso a la casa que alquilamos para cocinar el almuerzo. Después de eso bajamos y ya nos quedamos hasta la noche vendiendo por aquí".

Lo que reúne de las ventas y no gasta en comida se suma para la cuota del arriendo. "Vivo en una casa que arrendamos cinco personas. Son $300 mil al mes".

No son familia y en Venezuela sus caminos no se habrían cruzado. Hoy caminan juntos, cocinan juntos y saben que lo que le sobre a uno puede resolver la necesidad de otro.

"Llegué con mi hermano a Colombia, luego vino mi hermana. Ahora ellos siguieron pero me quedé porque aquí me ha ido bien. Estuve en el asentamiento de la Calle 26 y cuando desalojaron me fui al refugio con muchos otros. Ellos nos entregaron la plata del primer arriendo y desde entonces estamos ahí".

Una afirmación es consistente: la enorme mayoría de las ayudas que reciben los venezolanos en las calles de Cali son producto de la generosidad de los ciudadanos, pero también hay donaciones que provienen de entidades y fundaciones locales.

"Para los cinco debemos reunir $30 mil diarios, con eso comemos todos. Muchas veces podemos guardar la plata que ganamos porque la gente pasa y nos regala cosas. El mes pasado una fundación pagó el arriendo y nos regaló un mercado que duró quince días".

Esta joven asegura que sigue a la espera de un trabajo, aunque sin el permiso, podría pasar mucho tiempo antes de que pueda abandonar las ventas en los semáforos.

"No he solicitado permiso de trabajo porque no estoy censada. Cuando me enteré había terminado el plazo. Ahora no sé a dónde debo ir para obtener mis papeles".

"Aquí o en donde sea"
Migrantes venezolanos trabajando en Cali 03

El viaje de los venezolanos fuera del su país tiene un final incierto, pero su paso por la llamada 'sucursal del cielo' es un capítulo que escriben juntos.

Érika Mantilla - Laura Sánchez Castro / El País

El rebusque tiene un límite que Carlos Eduardo Nuñez no conoce. En Venezuela este joven era barbero. "Soy", dice y explica que así puede conseguir hasta $15 mil diarios.

"Tengo unos 20 días en Colombia. Soy barbero, a eso me dedicaba en Venezuela y ahora lo hago en el campamento que está frente a la Terminal. También me estoy quedando ahí".

No será por mucho tiempo, es su esperanza, y la de su familia que por Facebook insiste en que no tiene que pasar dificultades solo y en tierra ajena.

"Mi familia me ha dicho que regrese, pero ahora que sé cómo son las cosas aquí en comparación, estoy seguro de que voy a volver".

Encontrarse a tantos connacionales en Cali fue una sorpresa. Narrar las condiciones en las que vive la mayoría de ellos a su familia es el motivo de ese reclamo, pero Carlos afirma que no vale la pena vivir en Venezuela.

"Me gusta Colombia por el trato de la gente, pero voy detrás de una oportunidad de trabajo, aquí o en donde sea. No importa si no es como barbero". Y explica: "Aunque los venezolanos estamos en la calle en Colombia, son mejores condiciones que las de nuestro país".

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"Sin documentos"
Migrantes venezolanos lavando ropa en las orillas del río Cali

Mientras golpea unos jeans contra el pavimento húmedo a la orilla del río Cali, Darwin Meriño bromea con otros dos jóvenes. "Te va a ver tu mamá lavando", dice y las carcajadas de todos compiten con el ruido de la corriente.

"Estoy en Colombia hace 25 días. Llegué por Cúcuta, caminé siete días para llegar aquí y ahora vivo frente al Terminal de Transportes", explica.

Su ropa se seca sobre la yerba que bordea el río en la Avenida 2da Norte. En ese separador se acumulan los desechos que genera el campamento donde ahora vive. A la sombra de los árboles se sienta y espera mientras otros jóvenes llegan a fumar marihuana, Darwin los ve de lejos. Un perro labrador se acerca. "Esta es Valentina", corrige.

Él es otro venezolano que recurrió a las ventas ambulantes para conseguir dinero, por ahora guarda la mayoría porque evita pagar por comida y hospedaje. "En el día vendo caramelos, a veces arepas, depende del dinero que reúna antes".

"En comida solamente gasto si estoy muy lejos de la Terminal, porque mientras esté cerca puedo comer de las ayudas que traen todos los días", indica.

Una sonrisa amplia se le escapa cuando reconoce que no tiene razones para estar en Cali y que está aquí aunque podría estar en cualquier otro lugar. "Viajé con dos cuñadas, ellas se quedaron en Bucaramanga. No hay cómo trabajar, aunque la gente te ayuda", dice.

Darwin no sabe cuál es el trámite que debe realizar para conseguir un permiso de trabajo, ni siquiera tiene papeles que certifiquen su identidad.

"En Venezuela trabajaba como ayudante de mecánica pero aquí me piden el permiso de trabajo y no lo tengo porque me robaron en la zona cafetera. No sé cuál es la forma de volver a pedirlos".

El miércoles pasado residentes y comerciantes de zonas aledañas al Terminal realizaron un plantón sobre la Calle 26. Exigen a la Alcaldía reubicar a los migrantes asentados en cambuches y carpas sobre el andén de la Calle 30N.

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