Brujería y hechos paranormales: los secretos de un sepulturero en Cali

Brujería y hechos paranormales: los secretos de un sepulturero en Cali

Noviembre 04, 2018 - 08:00 a.m. Por:
Leidy Campos y Luisa Ramírez, del Semillero de Periodismo USC - El País
José Trujillo, sepultero

El caucano José Trujillo ha llegado a cavar una cantidad máxima de siete fosas, hacer ocho cremaciones y cinco exhumaciones al día. Para él, trabajar doce años entre los muertos le ha permitido sustentar a su esposa y a sus dos hijos.

Hernando López, especial para El País

José Trujillo camina entre tumbas y tierra seca todos los días. Como de costumbre, saca en bolsas rojas los restos de personas que años atrás fueron sepultadas. De enterrarlas, exhumarlas o cremarlas también se ha encargado él.

Este caucano que vive en medio de hileras de placas de mármol adornadas por lirios, claveles, fotografías y cruces, ha pasado los últimos 12 de sus 30 años de vida siendo sepulturero en diferentes cementerios de Cali.

A las 6:30 de la mañana, como casi todos los días, este hombre de tez morena que reside en el barrio Portal del Jordán de Jamundí, con su esposa y sus dos hijos, cruza la enorme reja negra de la entrada al panteón del Cementerio Metropolitano del Norte, llega al vestidor de trabajadores y se pone el enterizo de overol y la gorra de color habanos y las botas negras que lo distinguen como uno de los diez sepultureros que trabajan en ese camposanto.

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Durante su jornada de diez horas, este payanés de ojos negros y mirada recia, realiza diferentes tareas.

Ajustándose sus guantes de cuero y tela, y su tapabocas, cava, pala en mano, una fosa de 2,3o metros de largo por 1 metro de ancho y 2,90 de profundidad, dos horas antes de cada servicio de inhumación (enterrar un cadáver). En ese hueco reposará un ataúd, tarea que hace a cualquier hora del día, ya sea bajo lluvia o fuerte sol.

José también se encarga de cubrir con cemento las bóvedas una vez que se ponen los restos de cadáveres, los cuales ya llevan cinco años bajo tierra. Además, prepara la sala crematoria para convertir en cenizas lo que una vez fue cuerpo.

“Yo introduzco los muertos en la sala de cremación para ponerlos en el túnel donde se ingresa el ataúd. Ya adentro, saco el cuerpo en una caja de cartón corrugada, similar a un ataúd, lo pongo en la parrilla y lo meto al horno crematorio. El tiempo en ese espacio -entre una y dos horas- dependerá del tamaño y volumen del difunto.

Los huesos, como no se calcinan, se dejan enfríar en una mesa para luego meterlos en la trituradora que los muele hasta que quedan en polvo”, explicó José, mientras caminaba por los alrededores de la Sala de Cremación del lugar.

Desde sus 18 años, este bachiller del Colegio Central de Jamundí está entregado a este oficio, una decisión que tomó luego de finalizar sus estudios, porque sus amigos y familiares también realizaban esta labor.

Aunque su trajín diario transcurre en medio de la calma del camposanto, como sepulturero le ha tocado vivir episodios no tan pacíficos. Recuerda un momento que cambió su pensamiento radicalmente y dejó de temerles a los muertos, para empezar a tenerles más miedo a los vivos.

“Cuando yo trabajaba en el Camposanto San José, en Siloé, me tocó meterme en el hueco con el muerto, porque dos bandas contrarias se encontraron en el cementerio y dieron bala por todo lado, fue en lo primero que pensé para salvarme”, evoca con un tono de sorpresiva tranquilidad.

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Ha tenido que estar presente también en los llamados ‘servicios violentos’, aquellos entierros de personas que han sido asesinadas cruelmente por estar involucradas en actos delincuenciales.

En estas circunstancias, el personal del cementerio toma medidas de prevención para estar alerta ante cualquier problema que ocurra durante el servicio, sin embargo, los sepultureros como José deben quedarse a realizar y concluir su trabajo.

“Casi siempre en esos días uno realiza la labor en medio del humo de la marihuana, inclusive, hay ocasiones en donde los familiares no dejan bajar el cuerpo a la fosa y uno debe esperarlos hasta tres horas para que terminen de dar el último adiós; estas son situaciones a las que me he tenido que adaptar”, afirmó.

Profesional de la muerte

A pesar de que ya lleva tiempo en el oficio, aún no se acostumbra a ver el dolor de las familias de los difuntos a la hora de él bajar el ataúd casi 3 metros bajo tierra.

“La primera semana de trabajo fue muy dura para mí, yo llegaba a mi casa marcado por las experiencias que vivía cuando veía a un niño llorar por el papá, a una mamá por un hijo o a una familia entera por su abuelo. Yo nunca había estado cerca de tanto muerto, pero luego ya me pareció normal”, relató José.

Al principio, sus padres y su esposa le decían que no se dedicara a este oficio, porque según ellos, los cementerios tienen un ambiente muy pesado y un aura peligrosa, “pero aquí es muy tranquilo, este es un lugar de paz y prácticamente este cementerio se ha convertido en una segunda casa para mí y todos los sepultureros”, afirmó.

Cada día, después de realizar entre ocho y quince servicios en promedio -ya sea sepultar, desenterrar, y cremar- en el Cementerio Metropolitano del Norte, José y sus compañeros deben realizarse una limpieza corporal y dejar su ropa en desinfectante justo antes de salir.

“Luego de nuestra jornada de trabajo debemos estar completamente limpios, en la empresa dejamos todos los implementos que usamos y los uniformes, y para estar protegidos de cualquier infección que podamos adquirir, nos aplican seis vacunas al año”, explicó.

Sin duda, para este hombre que a través de su conversación deja entre ver su humildad, valentía y nobleza, lo más duro de su oficio es tener en sus manos la labor de inhumar, exhumar y cremar a niños, pues no solo es difícil realizar el proceso sin pensar en sus dos hijos, sino también en tener el cuidado apropiado para tratar los pequeños cuerpos de la manera más especial, puesto que los padres se encuentran muy sensibles en esos momentos de pérdida.

Ya hace un año que José vivió en carne propia el dolor de la muerte.

La tarde del 12 de octubre de 2017, entre familiares y amigos, tomó su pala, como de costumbre, para sepultar al hombre que lo vio crecer: su abuelo. “Fue durísimo para mí, sentía un vacío grandísimo, nadie quiere que se le vaya un familiar, queremos que el cuerpo siempre esté ahí, pero llega el momento en que uno tiene que soltarlo”, comentó José con la voz entrecortada.

Brujería y sucesos extraños

Trabajar a diario con la muerte lo ha llevado a encontrarse con rastros de diferentes tipos de brujería: cabezas de marrano con las que se invoca el demonio de la destrucción, la muerte, la enfermedad, la ruina, o a Satanás y Lucifer; pescado relleno con nombres en una cinta para hacerle un ‘amarre’ a alguien y casarse con esa persona. También ha encontrado gallinas muertas, pues adeptos a la santería, las sacrifican para lograr un deseo que ambicionan.

“Una vez sacamos a un señor que practicaba conjuros, supuestamente venía a desenterrar objetos con los que se realizan estos actos de magia negra, pero lo que hacía era enterrar animales para hacer brujería”, relató José Trujillo.

Aunque no es miedoso sí da cuenta de sucesos algo extraños que le ocurren en su lugar de trabajo, como cuando hace la siesta. A veces se despierta por sentir que lo tocan, o escuchar el susurro del viento que trae voces desconocidas y que mencionan su nombre, pero cuando abre sus ojos, ¡no hay nadie alrededor!

Para José, su vida y la de su familia depende de los muertos, de enterrar, desenterrar y cremar. Básicamente gracias a los difuntos tiene estabilidad económica; a pesar de no saber qué se pueda encontrar al final del pasillo, él disfruta y defiende su trabajo, ya se acostumbró a su rutina y no desea irse.

“La vida entre los muertos me ha enseñado a no tenerle miedo al fin de mi existencia, pues ricos o pobres terminamos en el mismo lugar, en bolsas desechables. La muerte es necesaria, no podemos ser eternos”.

Carlos William, sepulturero

Carlos William Castañeda Sánchez, quien lleva 27 años como sepulturero, le relato a El País cómo funciona su labor durante un día en el Camposanto Metropolitano del Norte. Vea aquí su historia.

Cámara y edición: Laura A. Sánchez / El País

Tenga en cuenta

Inhumación: Es enterrar el cuerpo de una persona muerta.
Exhumación: Es desenterrar un cadáver o restos humanos.
Cremar: Incinerar, reducir un cadáver a cenizas.

Mientras la exhumación de los adultos se realiza después de cinco años de la inhumación, la de los niños es después de los tres años de haberlos enterrado.

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