No acababa el mundo de lamentar que la guerra en Ucrania completó cuatro años sin una posibilidad real de acabarse, cuando el pasado 28 de febrero el planeta asistió al inicio de un nuevo conflicto armado, por cuenta de los ataques de Estados Unidos e Israel a Irán, que tan solo ese primer día causaron la muerte de al menos 165 personas, muchas de ellas niñas, debido a que un misil cayó sobre un colegio.

Y resulta inadmisible que, en medio del escepticismo que genera la mediación de la Casa Blanca y de los fallecimientos que algunas explosiones siguen ocasionando en Gaza, cuando Israel parecía estar acogiendo el cese el fuego pactado en octubre del año pasado con el territorio palestino el gobierno de Benjamín Netanyahu se haya unido al de su homólogo estadounidense, Donald Trump, para lanzar misiles contra otra nación, esta vez la iraní.

Es como si el mundo se hubiera condenado a sí mismo a ir de confrontación en confrontación, provocando dolor, violencia y muerte, en un afán autodestructivo que no es capaz de encontrar una manera pacífica y consensuada para dirimir las diferencias entre los pueblos.

Está claro que una porción importante de los habitantes de Irán estaban cansados de los abusos de un régimen que les había arrebato la libertad, entre otros derechos humanos, pero el punto es si los bombardeos lanzados por Washington y Tel Aviv eran la única o siquiera la mejor opción para detener el régimen que desde 1979 lideraba el abatido líder supremo Ali Jamenei.

Sobre todo porque una de las razones que han esbozado los agresores para justificar el ataque en trece lugares diferentes de Teherán, además de otras doce ciudades de Irán, es que ese país poseía uranio enriquecido “equivalente a once bombas” y podría haberlo utilizado para crear armas en tan solo una semana, lo que pondría en peligro la supervivencia humana en una parte importante del planeta.

Entonces, claramente la apuesta fue la de jugarse el todo por el todo en su propósito de destruir ese mineral, corriendo el alto riesgo de que, como está ocurriendo, su accionar derivara en una ofensiva del ejército iraní que ha lanzado misiles contra Israel y países de la región donde Estados Unidos tiene presencia militar, como Qatar, Baréin, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita. Y, por supuesto, en medio de gran crispación, la comunidad internacional se pregunta ahora hasta dónde llegarán las agresiones de parte y parte.

Así que, entendiendo a los ciudadanos de Irán que vieron en la caída de Jamenei el fin de la opresión a la que han sido sometidos por décadas, es momento de que el mundo le dé una última oportunidad a la Organización de Naciones Unidas -creada para evitar que las diferencias entre los países llegaran a una guerra-, puesto que no ha logrado frenar la invasión de Rusia a Ucrania como tampoco pudo detener la hambruna a la que fueron sometidos los habitantes de Gaza por Israel, para mencionar solo dos de los conflictos armados que azotan actualmente al planeta.

Sin embargo, es claro que parar la confrontación que ya completa cinco días va a resultar muy complicado para el ente multilateral, dado que el anuncio de que el hijo de Jamenei será quien asuma el poder en Irán está lejos de garantizar que la represión al interior del país vaya a terminar y que se detenga la creciente escalada militar que tiene lugar en Oriente Medio.