Las estadísticas sobre incendios forestales en el presente año en el Valle del Cauca son sencillamente aterradoras. Según la Corporación Regional Autónoma, CVC, durante la actual temporada seca cerca de 300 incendios devastaron cientos de hectáreas, que aún están siendo contadas, en los cerros de municipios del Valle del Cauca como Jamundí, Roldanillo, Yumbo, Ginebra, Bugalagrande, Zarzal, La Unión, Riofrío, Yotoco y Cali.

Y vale la pena poner la lupa sobre tres aspectos que resaltan de forma particular, en medio de las llamas, de esta lamentable situación.

El primero es lo que está ocurriendo en Cali, donde ya se comprobó que en el último mes la ciudad fue víctima de un ataque sistemático, planeado por manos criminales, con el propósito de promover invasiones en la zona de ladera.

Los ‘tierreros’, nombre que se les da a esas organizaciones delincuenciales, estuvieron detrás de por lo menos doce incendios que se dieron de forma casi simultánea en septiembre, entre ellos el que arrasó con más de 200 hectáreas de vegetación en la zona de Altos de Menga.

Son mafias que se aprovechan de la necesidad y la desesperación de miles de personas de bajos recursos a las que el Estado no les ha logrado proveer las condiciones para acceder a una vivienda digna.

Pero lo más preocupante es que, como lo reveló un reportaje de la Unidad Investigativa de este diario, en ellas estarían participando miembros de comunidades indígenas del Valle, así como organizaciones de abogados que usan la fachada de defensores de derechos humanos, e incluso desmovilizados de la guerrilla que se acogieron a procesos de paz y que hoy disponen de recursos oficiales para su protección.

Ante esto, urge que la Fiscalía General de la Nación investigue estas denuncias y establezca los nexos mafiosos que se han creado para atacar a Cali e invadir sus cerros.

Por otro lado, en medio de las cenizas, llama la atención el reverdecer de la solidaridad de los vallecaucanos. Ha sido realmente esperanzador ver a miles de personas, en Cali y otros municipios de la región, movilizándose de forma espontánea para combatir el fuego o para empezar a recuperar de las zonas afectadas por las llamas.

Ese es un gesto valor, digno de reconocimiento, en medio de una sociedad que ha estado profundamente fracturada por cuenta de dinámicas políticas y sociales, pero que ante la adversidad ha vuelto a encontrar los caminos de la unión y la acción colectiva.

Y el tercer elemento a destacar es, sin duda alguna, el heroísmo de los cuerpos de bomberos quienes, con pocos recursos y un enorme valor, le han hecho frente a emergencias monumentales. Es hora ya de que el Departamento preste más atención y aporte más inversión para fortalecer a este y otros organismos de socorro, cuyos integrantes en gran mayoría prestan su servicio como voluntarios. Siguiendo su valeroso ejemplo, todos debemos unirnos para cuidar al Valle.