Cali tiene un niño de 8 años capaz de resolver cien problemas matemáticos en tres minutos y 53 segundos. Su nombre es Doménico Reina y acaba de ubicarse entre los diez mejores de su categoría en la Mental Math World Cup 2026, una competencia internacional en la que participaron 8100 niños de 56 países. Su logro es motivo de orgullo para su familia por supuesto, para la ciudad y el país, pero también debería ser un llamado de atención. Porque mientras Colombia tiene dificultades para enseñar matemáticas, no ha construido un sistema educativo capaz de reconocer y potenciar a quienes demuestran habilidades extraordinarias en esta área.
La contradicción es evidente. En las pruebas PISA, el país ha obtenido resultados preocupantes en matemáticas, una de las competencias fundamentales para el desarrollo científico, tecnológico y económico. Al mismo tiempo, niños como Doménico deben encontrar, con ayuda de sus padres, las oportunidades educativas que necesitan para desarrollar su capacidad intelectual. Y, pese a sus logros, ni siquiera tiene una beca. La mensualidad de su colegio, donde cursa sexto de bachillerato, ronda los 8 millones de pesos. ¿Qué posibilidades tendría un niño con capacidades similares si su familia no pudiera pagar esa educación?
Pero el problema no es que existan estudiantes que aprendan más rápido que sus compañeros, como el caso de Doménico. El problema es que el sistema educativo no sabe qué hacer con ellos.
Esa pregunta expone una desigualdad que Colombia no debería ignorar. La identificación y el desarrollo de las capacidades excepcionales no pueden depender de la capacidad económica de los padres, de que una institución educativa tenga docentes preparados o de que una familia esté dispuesta a convertirse en investigadora de normas, rutas de atención y alternativas pedagógicas. El acceso a una educación pertinente debe ser una garantía del sistema, no una carrera de obstáculos que cada familia deba recorrer por su cuenta.
Las respuestas del Ministerio de Educación a un derecho de petición promovido por la familia de Doménico y la Fundación Gwap revelan vacíos preocupantes. La entidad reconoce que no cuenta con una evaluación para determinar si los mecanismos de identificación, caracterización y atención funcionan adecuadamente en todas las secretarías de Educación. Tampoco dispone de un indicador nacional que permita establecer si los estudiantes registrados como excepcionales reciben efectivamente estrategias pedagógicas diferenciadas. En otras palabras, el Estado puede identificar a algunos de estos niños, pero no tiene herramientas suficientes para comprobar si está respondiendo a sus necesidades.
En Cali, sin embargo, hay avances que deben reconocerse. La Secretaría de Educación tiene identificados a 240 estudiantes con talentos excepcionales en las instituciones oficiales y trabaja en una ruta de atención que contempla los Planes Individualizados de Formación. Esta estrategia permite profundizar en las áreas de mayor habilidad de cada estudiante y flexibilizar sus procesos de aprendizaje. Sin embargo, la propia dependencia reconoce que no tiene identificados a los estudiantes con capacidades excepcionales de colegios privados, por lo que no aparecen registrados en ningún sistema.
En ese sentido, Colombia necesita pasar de las declaraciones de inclusión a una política pública verificable, en la que juegan un papel clave el Ministerio y las secretarías de Educación. No se trata de separar a estos niños del resto de los estudiantes ni de privilegiarlos por encima de los demás, pero sí reconocer que la equidad educativa no consiste en ofrecer exactamente lo mismo a todos, sino en garantizar que cada estudiante reciba las oportunidades y los desafíos que necesita para desarrollar sus capacidades.
Esta discusión también compromete el futuro del país. La soberanía científica y tecnológica no se construye únicamente con laboratorios, universidades, inversiones o discursos sobre innovación. Depende, en buena medida, de la capacidad de una sociedad para descubrir y promover el talento de sus niños, sin importar si nacieron en una familia con recursos o en una zona rural o marginal (por cierto, ¿qué pasará con los niños con capacidades excepcionales de las comunidades afro e indígenas, ubicadas en sitios alejados del país?). Una nación que no identifica a sus estudiantes con capacidades excepcionales, o que no les ofrece una formación adecuada, corre el riesgo de desperdiciar parte de su potencial científico, matemático, creativo y tecnológico.