Cómo nos cambia la vida en cuestión de minutos. Hace una semana el país entero comentaba los detalles del cambio de gobierno y el discurso de posesión presidencial antes de ir a dormir y de empezar una nueva semana. Un día después, Colombia sufrió una de las peores calamidades de su historia.

El terremoto del pasado lunes cambió para siempre las vidas de cientos de familias. Rompió hogares, separó a padres y a hijos, y dejó a miles de personas en la peor de las incertidumbres. Hasta ahora, Medicina Legal reporta 298 personas fallecidas por este desastre, de las cuales 129 vivían en Cali. Otras 423 personas permanecen desaparecidas bajo los escombros mientras escribo este artículo. Es imposible articular dos palabras seguidas en medio de esta catástrofe, mientras tantas personas buenas sufren.

Pero del desastre solo podremos salir por un camino construido por la solidaridad de millones de colombianos que todavía –a pesar de todos los intentos de los políticos por hacerlo imposible– siguen siendo capaces de sentir el dolor ajeno. Los hospitales han tenido que aclarar que los cerca de 80 bancos de sangre del país están llenos en su totalidad y las alcaldías han pedido que los miles de ciudadanos sin experiencia de rescate pero con vocación y empatía se queden en sus casas para evitar desórdenes y riesgos.

Las redes sociales se han llenado de videos de colectas y rifas y donaciones para las casi treinta mil personas afectadas por el terremoto. Los centros comerciales han instalado puntos de acopio y los estadios detuvieron los espectáculos para prestar sus instalaciones para la congregación de voluntarios. El presidente y la primera dama viajaron a los lugares más afectados, abrazaron a los sobrevivientes y en un par de llamadas concretaron millonarias donaciones de empresarios que también sintieron como propio el dolor de sus compatriotas.

Y en nuestra larga lista de víctimas, que suma tantas décadas y motivos, los colombianos ahora abrazan la memoria de personas que jamás conocieron pero que hoy sienten el dolor de sus familias como si fuera propio. Como país lloramos la pérdida inexplicable y desgarradora de dos de las trillizas Saavedra, Isabella y Sofía, así como de sus padres y su tío; de doña Amparo y su nieta Violeta que la visitaba en Cali; de Juan Felipe Giraldo, que se iba a casar esa misma semana con su novia; de don Darío Patiño, padre del periodista José Fernando Patiño; de Daniela Largo, que fue rescatada con vida pero falleció horas después; de la familia del colega Carlos Aponte, y de tantos padres, abuelos, hijos, amigos y madres que hoy dejan un país incompleto y en el más profundo luto.

Hace una semana, la vida transcurría con la más confiable tranquilidad. Y esa es precisamente la trampa de lo cotidiano: que no sabemos cuánto durará, pero asumimos que será eterno. Hoy, las vidas de miles de personas en San José del Palmar y Roldanillo, Salento y Pereira, Cali y Dagua, Buenaventura, Nuquí y tantos otros municipios del país cambiaron para siempre. Desde la impotencia de la distancia, todos los colombianos nos unimos para llorar por cada familia fracturada y para volver a sentir ilusión ante cada reencuentro de los sobrevivientes con sus seres queridos que los buscaban.

Reconstruir a Colombia tomará un largo tiempo y un esfuerzo aún mayor. Por eso, lo que más debemos pedir a cada persona solidaria que busca apoyar a las víctimas no solo es que done, sino que no pierda la vocación de seguir aportando y ofreciendo ayuda en los largos meses que hasta ahora empiezan.

FERNANDO POSADA