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Los vientos aleccionadores de agosto

En solo un par de días se pasaba de la satisfacción del triunfo a la atención del dolor y la incertidumbre.

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Eduardo José Victoria Ruiz.
Eduardo José Victoria Ruiz. | Foto: El País.

16 de ago de 2026, 01:15 a. m.

Actualizado el 16 de ago de 2026, 01:15 a. m.

Difícil encontrar más lecciones en tan poco tiempo. Acababa de pasar el Mundial de fútbol, sin duda exitoso al punto que nos tuvo hipnotizados un mes frente a las pantallas. Su presidente Gianni Infantino, el día de la premiación, caminaba al lado de Trump como uno de los hombres más poderosos del planeta. Muy pocos días después varias asociaciones de federaciones nacionales del balompié se aliaron para oponerse a propuestas comerciales de Infantino al punto de ponerlo en la cuerda floja con riesgo de destitución. Como se pasa de fácil de la gloria a la adversidad.

En Colombia, el 7 de agosto Abelardo de la Espriella y José Manuel Restrepo llegaron a Cali para tomar posesión frente al Congreso en pleno de sus cargos de presidente y vicepresidente de la república, respectivamente. Cali se lució, en seguridad, alojamiento, protocolos, limpieza. Nuestra gobernadora y nuestro alcalde lo hicieron muy bien y tendieron un necesitado puente con el nuevo gobierno. Sin embargo la sonrisa de satisfacción se borraría a las 7:34 a.m. del lunes 10 de agosto con un terremoto de consecuencias históricas. Muchas vidas, viviendas, centros de salud, comercios, quedarían arrasados o seriamente afectados por el sismo telúrico.

Para el nuevo Presidente de la República era su primer día hábil de trabajo y todos sus planes ahora se deberían volcar a atender los miles de damnificados en varios departamentos de Colombia. Nuevamente en solo un par de días se pasaba de la satisfacción del triunfo a la atención del dolor y la incertidumbre.

Gran parte de los colombianos pasábamos de las expectativas favorables de un gobierno que nos devolvía la esperanza a unas condiciones complejas empeoradas por el déficit fiscal y alto endeudamiento que dejó el saliente. ¿Cómo atender adecuadamente una avalancha de familias sin techo, sin ingresos, con obligaciones en entidades financieras, con sus edificios vecinos a punto de ser demolidos y especialmente con tantos amigos y conocidos bajo los escombros?

Para completar la ondulación emocional, en medio de la depresión colectiva surgía una solidaridad inenarrable. Todos poníamos agua, comida, guantes, cascos, dábamos albergue al amigo desprotegido que lo requiriera, las filas de socorristas se hicieron interminables. ¡Que enorme sentido de solidaridad hemos demostrado los caleños!

El Presidente, su Vicepresidente y el gabinete, la gobernadora Dilian Francisca, el alcalde Eder y sus equipos, todos trabajando sin descanso. Tomando medidas muchas veces impopulares, pero respondiendo a la seguridad y al sentido común. Unas cuantas voces se levantan con sesgos ideológicos simplemente porque hacen parte de la oposición. En medio de tanto dolor, son aves carroñeras que se alimentan de la desventura y no de la gestión esperanzadora. Los conocemos, no vale la pena gastar tinta nombrándoles.

Ver tanta juventud activa en los diferentes frentes donde hay necesidad; apreciar esa solidaridad colectiva; planear nuevas fuentes de financiación para volver a tener vivienda y aprovechar espacios para renovación urbana, nos llenan de esperanza. Ciudades como el Distrito Federal en México el siglo pasado o Lisboa hace más tiempo, debieron su esplendor a la recuperación después de los terremotos.

Es posible que este terremoto nos haga repensar a Cali, con más oportunidades, espacios que representen nuestro espíritu, darle más vitalidad al centro y otras zonas con servicios públicos existentes. Puede ser que la naturaleza, dura e implacable, nos esté obligando a trabajar más unidos, con metas comunes y un sentido de pertenencia más sólido frente a la ciudad. La Madre Tierra tiene una sabiduría que no debemos menospreciar. Ella clama, llora, pidiendo revisión de nuestras actuaciones , y tiembla frente a nuestra indiferencia.

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