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La grieta que Colombia no puede desperdiciar
Yo sentí todo esto desde lejos, con esa mezcla de rabia e impotencia que da observar por una pantalla lo que no se puede tocar, ni cargar, ni abrazar.
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17 de ago de 2026, 01:29 a. m.
Actualizado el 17 de ago de 2026, 01:29 a. m.
El país lleva una semana lamentando a Cali y Pereira, y de reojo a los pueblos del vasto Pacífico, aunque el temblor no hizo esa distinción: partió primero la tierra de San José del Palmar, el pueblo chocoano que la mayoría no sabía ubicar en el mapa, y sacudió igual la de Buenaventura, que Colombia solo recuerda cuando hay un paro que atender o un titular de violencia que llenar.
Yo sentí todo esto desde lejos, con esa mezcla de rabia e impotencia que da observar por una pantalla lo que no se puede tocar, ni cargar, ni abrazar. No tengo derecho a fingir que entiendo el dolor de quien perdió su hijo, su padre o madre, su familia entera, su casa, su patrimonio… Tengo, eso sí, la obligación de pensar en lo que sigue, porque de eso vivo y para eso escribo.
Antes de mirar al Pacífico, Cali debe reconocer lo que llevaba años ignorando. En 2021, según Cali Cómo Vamos, la ciudad tenía apenas 3,2 metros cuadrados de espacio público por habitante, lejos de los 9 que recomienda la OMS; un déficit que comparte con Pereira y Manizales. El terremoto solo desnudó este problema crónico. Reconstruir sin corregirlo —sin parques, andenes anchos y sombra en cada cuadra— sería fallarle a la ciudadanía por segunda vez.
El dinero no es el obstáculo en esta crisis; el Banco Mundial giró de inmediato los 200 millones contratados y ya se ofrecieron otros 1.300 millones que aún no se materializan. Solo para reconstruir Cali, Eder calcula diez billones de pesos y tres años de trabajo, una cifra en constante aumento. Por eso, el verdadero desafío es administrar los fondos sin que se pierdan en los peajes de siempre. La solución es tan lógica como drástica: ante la falta de confianza institucional, el país debe operar temporalmente bajo reglas internacionales.
Ceder gobierno real sobre un pedazo del territorio a otro país no cabe en la Constitución colombiana, ni debería caber, pero algo más sencillo ya existe, y se llama Zona Económica y Social Especial, un régimen que hace que una empresa pague mucho menos impuesto de renta si se instala en un territorio que el país siempre trató como frontera. Ya se aplicó en Buenaventura, aunque la ventana para sumar empresas nuevas se cerró hace un año. La pregunta ya no es si funciona, sino si el país se anima a reabrirla y llevarla más lejos en medio de esta crisis.
Este modelo debe extenderse a nivel nacional. Las capitales cuentan con mejores herramientas que sus periferias, así que la solución real es aplicar esta misma estrategia en las regiones rezagadas. El respaldo financiero de una nación aliada durante una década blindará el proyecto frente a los gobiernos locales de turno. Mantener este rigor fiscal y urbano es un requisito operativo para igualar las condiciones de los municipios marginados con las del resto del país.
Quizá no haya gratitud posible, pero la tragedia abrió una grieta para saldar deudas históricas. Nada repara lo perdido. Sin embargo, si las densas ciudades ganan su espacio, el Chocó las vías postergadas y Buenaventura una ciudad digna junto al puerto, la misma tierra que los rompió los habrá sacado del olvido. Es una promesa mínima, y apenas comienza.
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Claridades: Diseñamos una estrategia de protección financiera para Cali hace un año. El objetivo era blindar recursos antes de una emergencia, pero el proyecto sigue estancado. No sorprende, solo resigna: la prevención suele perder contra la urgencia. Instrumentos así deben activarse por pura convicción institucional, no cuando el tiempo para reaccionar ya se agotó.

Consultor internacional, estructurador de proyectos y líder de la firma BAC Consulting. Analista político, profesor universitario.







