Con todo el respeto y la solidaridad que me merecen las víctimas y los afectados por el terremoto del 10 de agosto, me atrevo a usar la misma palabra para calificar lo que está sucediendo con la tasa de cambio. Hay terremotos que matan personas, derrumban edificios y dejan familias sin techo; hay otros que pueden derrumbar empresas. Colombia acaba de sufrir uno de los primeros y está comenzando a experimentar otro, menos visible pero potencialmente muy costoso: el terremoto cambiario.
El dólar va en caída libre y ya está por debajo de $3100. Esta acelerada caída pone a tambalear a las empresas exportadoras que venden en dólares pero que pagan en pesos sus costos; se pone en riesgo su supervivencia y el impacto más grave de este terremoto lo sufren los miles de trabajadores que emplean.
La aritmética es contundente y unos ejemplos la muestran. El sector floricultor exportó el año pasado unos US$2300 millones y con la tasa de cambio promedio del año pasado ($4053) recibió unos $9,3 billones. Si exportara lo mismo a la tasa de cambio actual solo recibiría $7,3 billones, es decir que tendría menores ingresos por $2 billones. Por eso ya varias empresas de este sector están pensando acudir a la ley de reorganización, o inclusive a la liquidación. Son 200 mil empleos en riesgo en este sector, de los cuales el 60 % son ocupados por mujeres rurales y madres cabeza de familia.
En el sector cafetero, del que dependen 500.000 familias en el país, la pérdida de ingresos es todavía mayor. El año pasado recibió $23,5 billones, y hoy recibiría $5 billones menos. Otros sectores agroindustriales como el azúcar, la palma de aceite, el aguacate o el banano, exportan menos, pero tienen similares pérdidas de ingresos proporcionales a sus ventas. Es cierto que tienen algunos costos en dólares que amortiguan un poco el impacto, pero no hay duda de que sus utilidades se derrumban.
Un caso dramático es el de Propal, una empresa emblemática, con más de seis décadas de historia, que acaba de solicitar su liquidación judicial. Su propia explicación señala entre las causas el dumping de los precios internacionales, el aumento de los costos, pero la revaluación del peso fue el último sacudón que derrumbó una estructura ya debilitada.
No solo se afectan los exportadores de bienes, también los de servicios como el sector turismo que el año pasado generó ingresos por US$ 9500 millones. Aquí el problema es doble porque no solo recibirían menos pesos (unos $8 billones) si vendieran lo mismo, sino que van a venir menos turistas porque Colombia se vuelve más costosa con un dólar bajo.
Mención aparte merece el sector de hidrocarburos porque, además del impacto directo sobre las utilidades Ecopetrol, hay una réplica sobre las finanzas públicas nacionales por los dividendos que deja de recibir el gobierno, y sobre las territoriales por la caída de las regalías que van a departamentos y municipios.
A diferencia de los terremotos físicos, en el cambiario también hay ganadores: se contiene la inflación, el consumidor puede comprar más barato, los importadores se benefician, las empresas con deuda externa pagan menos pesos y las materias primas y maquinaria importadas cuestan menos. Pero la vulnerabilidad externa y fiscal del país exige que se corrijan las grietas de la estructura económica antes de que colapse porque los perdedores son más.