La Orquesta Filarmónica de Cali inaugura su temporada 2026 el jueves 26 de marzo a las 7:00 p. m. en el Teatro Municipal Enrique Buenaventura, bajo la dirección del maestro Francesco Belli y con la participación del solista Iván Orlín Ariza.

Este programa es una celebración de la voluntad creativa y del compromiso del espíritu con la excelencia. Representa un encuentro con la nobleza del genio humano, aquel que logra materializar la belleza absoluta a través de una arquitectura sonora impecable. Este itinerario inicia con el Concierto para violín en Re mayor, Op. 35 del compositor ruso Piotr Ilich Tchaikovsky (1840–1893).

Concebida en 1878, esta obra es hoy la piedra angular del romanticismo, aunque su génesis fue un desafío de proporciones épicas. El legendario pedagogo húngaro Leopold Auer (1845–1930), el más influyente de su tiempo y mentor de los violinistas más célebres del Siglo XX, la rechazó inicialmente calificándola de “intocable”. Su veredicto, basado en una dificultad técnica que consideraba sobrehumana, casi condena la obra al olvido, sumándose a una crítica inicial tan severa que llegó a decir que la música “apestaba al oído”.

La redención de esta pieza llegó gracias a la tenacidad del violinista ruso Adolph Brodsky (1851–1929), el virtuoso que creyó en la obra cuando todos la daban por imposible. Brodsky no solo fue el primer solista en atreverse a estrenarla tras años de abandono, sino que logró develar la genialidad de esta obra, que permanecía oculta tras una densidad técnica casi inalcanzable.

Gracias a su valentía, el público será testigo de proezas asombrosas, como el uso de las dobles cuerdas: una técnica en la que el violinista toca dos notas simultáneamente con tal precisión que crea la fascinante ilusión de que dos instrumentos cantan al mismo tiempo, mientras los dedos de la mano izquierda se desplazan por el mástil a una velocidad de vértigo.

Tras una cadenza de absoluta soledad, la música se refugia en la Canzonetta, donde el uso de la sordina envuelve el teatro en un susurro melancólico, antes de estallar en un final basado en el Trepak, danza rusa de giros frenéticos donde el arco debe rebotar con una precisión matemática que deja a la audiencia en un estado de absoluto asombro.

Tras este despliegue de virtuosismo individual, la noche alcanza su plenitud con la Sinfonía n.º 7 en La mayor, Op. 92, compuesta por Ludwig van Beethoven (1770–1827) entre 1811 y 1812. En su estreno en Viena la obra provocó reacciones intensas; mientras músicos como Carl Maria von Weber se mostraron desconcertados ante sus ritmos obsesivos, el público quedó tan hechizado que exigió repetir el segundo movimiento de inmediato.

Friedrich Wieck (1785–1873), eminente pedagogo de piano y padre de la célebre Clara Schumann, llegó a sugerir que Beethoven se encontraba en estado de ebriedad, sin comprender que estaba ante el genio en la plenitud absoluta de su madurez.

El compositor Héctor Berlioz la consideró una “obra maestra de habilidad técnica, gusto, fantasía, ciencia e invención”. Esta sinfonía ocupa un lugar sagrado gracias a la marcada exigencia y perfección de Arturo Toscanini. Su interpretación como director de la Orquesta Sinfónica de la NBC (1951) se convirtió en el referente discográfico absoluto; fue tal la exactitud métrica y la furia controlada que el mundo bautizó esta lectura como "La Séptima de Toscanini“, elevando la visión del genio a la categoría de mito.

La Séptima es la más luminosa y deslumbrante de las sinfonías de Beethoven. Académicamente, la obra es un estudio profundo sobre la liberación del ritmo: aquí el pulso deja de ser un acompañamiento para convertirse en el protagonista absoluto de la composición. Encontramos una claridad visible, como un sabor a piedras preciosas: una luminosidad que se refleja entre las mil facetas de una poliédrica gema, sin declinar nunca.

El recorrido inicia con una introducción majestuosa que desemboca en una danza optimista, pero el verdadero corazón de la obra es el famoso Allegretto. Este movimiento es el gran desafío en la dirección de orquesta, pues exige un control dinámico perfecto: un ritmo constante que nace en un susurro y crece capa por capa hasta alcanzar una densidad expresiva sobrecogedora.

Richard Wagner, impresionado por los ritmos vibrantes, la calificó célebremente como 'la apoteosis de la danza’, elevándola a la categoría de obra divina. Esta sinfonía no es solo una obra de arte; es la esencia misma de la música como expresión de emociones.

Dicha jornada sinfónica en el Teatro Municipal constituye una experiencia de alta cultura donde la historia, la técnica y la pasión se funden en un solo escenario. Este recorrido sinfónico va desde el virtuosismo indomable del violín en Tchaikovsky hasta la energía rítmica que Beethoven inmortalizó y, Toscanini esculpió en el Siglo XX.

El programa será un encuentro inolvidable con la excelencia musical, donde el talento de la orquesta y la belleza de estas obras maestras brindarán al oyente una noche de música excepcional.