No es fácil entender por qué las sociedades se suicidan. La explicación no es simple ni única; requiere un entramado de distorsiones que alteran la percepción de la realidad. Se logra imponer una narrativa en la que muchos sienten que caen por un abismo, a pesar de tener los pies firmes en la tierra. Esta ficción, que ignora los logros institucionales para hiperbolizar lo negativo, induce a los más fanáticos a corroborar el mito del desastre mediante la violencia: marchas destructivas, bloqueos que empobrecen y acciones armadas que asesinan. Para imponer esta visión no se requieren mayorías; basta con una minoría radical que amedrente a una población que termina resignada al silencio.

Así se implantó el bolchevismo en Rusia, el nazismo en Alemania, el castrismo en Cuba y el maoísmo en China. Así dominaron los talibanes en Afganistán y los Kim en Corea. El precio siempre es el mismo: hambrunas, matanzas y un sufrimiento enorme, excepto para las élites que centralizan el poder. Es un suicidio colectivo porque, en su origen, muchos creyeron, votaron o toleraron una evolución que empezó en el discurso y terminó en la tragedia de los hechos.

En el epicentro de este colapso reside siempre un perfil psicológico devastador: el narcisismo maligno. Es una patología donde el ego se funde con la sociopatía, la paranoia y el sadismo. El líder se obsesiona por la admiración y denuncia constantemente complots para asesinarlo, lo que estimula el placer de humillar a quienes no le rinden culto.

Hoy, este patrón se asoma en figuras como Gustavo Petro e Iván Cepeda. En ellos, la política deja de ser el arte de lo posible para convertirse en una cruzada de ‘salvación’ personalista. Petro, con su mesianismo redentor, y Cepeda, con su superioridad moral, encajan en la descripción clínica: la convicción de que su voluntad es la “voluntad del pueblo”. Cualquier contrapeso —la prensa, la justicia o el técnico que advierte un error— es visto como un conspirador que debe ser destruido.

El daño que generan es incalculable porque el narcisista maligno prefiere ver las instituciones en ruinas antes que admitir una equivocación. Al final, el Mesías no salva a la sociedad; la devora para alimentar su propia leyenda, dejando tras de sí una nación que descubrió, demasiado tarde, que su voto no fue una esperanza, sino una sentencia.