El domingo en la noche estuve pegado a la transmisión electoral de El País. Cada vez que entraba un nuevo boletín de la Registraduría sentía el mismo vuelco en el estómago. 49,66 % contra 48,70 %. Unos 250 mil votos separando a un país de más de 50 millones. Lo veía con asombro: nunca había seguido una elección tan reñida, tan cerrada hasta el último decimal. Y mientras los números se acercaban, me quedé pensando en lo que esa cercanía significaba.
Porque lo que pasó esta semana no fue solo una elección. Fue una prueba de fuego. A pocos días de una contienda tan cerrada, el orden democrático se mantuvo en pie. Para quienes venimos de afuera y nos quedamos adentro, eso no es un detalle menor.
Las cifras ya las vimos. Lo que importa es lo que vino después: Abelardo de la Espriella se impuso sobre Iván Cepeda por ese margen mínimo, y a pesar de las fricciones de los primeros días, las impugnaciones de actas, los reparos sobre los escrutinios, el perdedor reconoció el resultado y el Consejo Nacional Electoral proclamó al ganador. Cepeda, por la norma vigente, ocupará una curul en el Senado. La maquinaria siguió girando.
Vale la pena nombrar lo incómodo, porque esta columna no escribe desde ningún partido. Hubo voces, incluso desde el poder, que sembraron dudas sobre el conteo antes de que terminara. Y aun así el sistema resistió. Eso solo quiere decir una cosa: que los procesos de la Registraduría y el CNE son tan rigurosos que terminan por no dejar espacio al cuestionamiento. Así funciona la democracia. La mayoría se impone, las instituciones la respaldan y el Estado continúa.
Lo digo con la distancia del expedicionario, no del nativo. He visto, en mi experiencia caribeña, cómo márgenes mucho más holgados que este han bastado para incendiar países enteros. Que aquí no haya ocurrido no es suerte. Es músculo. Es una institucionalidad construida a lo largo de más de un siglo de tradición electoral, que el pasado domingo demostró estar bien ejercitada.
Pero aquí está el detalle, y es donde quiero provocar al lector. Tendemos a creer que la fiesta de la democracia son las elecciones. No lo es. Las elecciones son apenas un día. La democracia es el ejercicio que no se detiene: el debate, la oposición, los aliados del oficialismo, la conversación incómoda en el parquesito de El Peñón. Como todo músculo, si no se ejercita, se atrofia. ¿Vamos a guardar ese músculo hasta la próxima elección, o vamos a seguir usándolo?
Al ganador le deseo la lucidez para gobernar cumpliéndole primero a la mayoría que votó por sus propuestas, sin olvidar a la otra mitad que no comulgó con ellas. Y a esa otra mitad, una oposición robusta y ruidosa, por las vías pacíficas que el domingo demostraron funcionar. Así se construye región, y así se sigue tejiendo a Latinoamérica como un modelo democrático que vale la pena defender.
Vuelvo al asombro de esa noche, al de ver una elección decidida por un puñado de votos. Esa cercanía, que en otras latitudes habría sido mecha de conflicto, aquí la tramitó una institucionalidad de más de un siglo que hizo su trabajo sin necesidad de gritar. Esa, y no el resultado, fue la verdadera noticia de la semana.