La compasión implica el ser capaz de reconocer y conmoverse por el dolor ajeno cuando se está frente a una situación que lo amerita. Pero cuando el que demanda compasión es un sociópata, hay que entender que se trata de una situación muy diferente. Para empezar, hay que identificarlo:
* Falta de conciencia moral que le permite no amar a nadie, no compadecerse del sufrimiento de los demás y nunca sentir arrepentimiento o culpa por el daño ocasionado.
* Extremadamente amable. Seductor de oficio.
* Una pasividad ‘inofensiva’ acompaña todos sus actos.
* Por conveniencia, se congracia con quien sea, con lo cual se gana rápidamente la confianza de mucha gente ingenua, desinformada o con un pobre criterio.
* Experto en aspavientos artificiales y sobreactuados con los cuales atrae y confunde. Dotado de una gran capacidad de convicción que puede llegar a hechizar audiencias susceptibles.
* Irresponsable. Mentiroso. Vive una vida fantasiosa que, no pocas veces, termina creyéndose.
Infortunadamente, los criterios anteriores no permiten hacer el diagnóstico del sociópata de manera sencilla, pues, por un lado, se trata del gran maestro de las disculpas, el ocultamiento y el disimulo, y por el otro, muchas veces los factores descritos no son siempre evidentes. Por ello, a veces ni el ojo más entrenado lo descubre de entrada. El sistema médico no suele detectarlo y aun para los especialistas se vuelve una tarea difícil si no hay una historia confiable de sus actos.
Una forma posible de identificar al sociópata consiste en determinar si ha logrado generar compasión en los demás, después de haber cometido voluntariamente actos perjudiciales que han producido daño o dolor.
Dos ejemplos, de entre muchos, sirven de ilustración.
El funcionario que durante el ejercicio de sus labores manipula, distorsiona, engaña o transgrede normas de la manera más aberrante. Y una vez enfrentado a innegables acusaciones, lo niega todo con gran desfachatez y pretende aparecer como la víctima de acusaciones falsas y malintencionadas. Este personaje tan común, sobre todo en la política y en el submundo de los pillos, es un sociópata, que logra generar lástima en las legiones de ilusos que lo siguen y a quienes ablanda con sus quejas calculadas.
El otro ejemplo corresponde al allegado que pone en peligro la estabilidad de toda la familia por sus conductas irresponsables. Cuando a este personaje le estalla la realidad en la cara, y no puede seguir negándolo todo, de manera automática adopta la posición de víctima, elige el sentirse incomprendido y acusa a sus allegados de criticarlo injustamente. Desde el momento en que sus parientes manifiestan lástima, el sociópata queda en libertad para seguir acomodando los hechos a su amaño y de allí en adelante, manipularlos a todos sin compasión.
La única alternativa para evitar esta manipulación es armarse de valor, confrontar al sociópata con claridad y poner al descubierto las acciones malintencionadas que ha realizado por mucho tiempo. Solo así evitaría la trampa de tenerles compasión, pues con ello lo único que logra es ignorar su condición torcida y hacerlo más peligroso.